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Tantas veces recuerdo mi juventud, como una vieja dormida, que en ocasiones no estoy segura de la edad que tengo. He de mirar mi curriculum y el tiempo que me ha llevado escribirlo, mis manos y su piel tostada, los cambios en las fotos de mil veranos, para darme cuenta de que estoy en una década que parecía inalcanzable. Valoro el presente y adoro el futuro que me espera, pero eso no me evita suspirar.  Cuando vemos la frescura de la juventud que huye de los institutos cada tarde, buscando libertad y adrenalina, cuando vemos una pareja besándose en un parque, una chica “in” con su carpeta al pecho y su minifalda ondeando en las escaleras del metro…. Esos flashes de juventud, de carne tersa, de sonrisas aún mal maquilladas por la inexperiencia, de primeros cigarrillos, de botellón infame en parkings de supermercado…todo, tarde o temprano, nos inyecta  “la nostalgia del emigrante”.

Yo una vez fui fan de Madonna y adorné mi cuerpo con cruces y vaqueros rotos. Aún conservo la camiseta del “Blond Ambition Tour“, esa melena rubia cubriendo media tela y media cara de divinidad. También tuve mi etapa grounge (ay, Pearl Jam, qué buenos fuisteis). Fueron mi uniforme las camisas de leñador y las botas militares (que aún hoy llevo, ventajas del rock y el gótico, siempre, siempre, botas, aun con vestido de noche). No voy a profundizar mucho en mi etapa de llevar camisetas de Public Enemy porque, gracias a dios, fue corta, ni tampoco en las hombreras, que llevé, como muchas chicas de entonces (aunque avergüence), hasta con el chandal.

Todo eso tiene un nombre, corto, como sus años, pero intenso: INSTITUTO. En él, uno deja atrás lo conocido, las caras que estuvieron contigo desde los cinco años y la ropa llena de tierra, hasta los trece y los primeros granos. Aún recuerdo el día en que me fui a matricular. Primera duda: un idioma o dos. Dos, por supuesto. Toda empollona ha de autoexigirse más. Qué gran decisión. Y no sólo por tener francés de segunda lengua (que estuvo bien y tuvo sus obras de teatro), sino porque esa elección me hizo caer en 1ºI, y con ello, coincidir con un grupo que para siempre, llenaría mi corazón y mi biografía.

Hay un detalle en el que no reparamos por aquel entonces. Todo aquel con sangre extranjera fue a parar a esa clase del instituto Vega del Jarama. En ese momento agradecí la riqueza cultural, todo un hito chic y progresista que me fascinaba. Pero si hubiera sido hoy.. ¿lo hubieramos llamado segregación? Un argentino, un medio jordano, una medio filipina, un filipino entero, una medio japonesa (servidora)… vamos, la cream de la cream internacional. Pero aquel concentrado de Babel… no sé si fue casual. Lo dejo ahí para el que quiera debatir.

El enfrentarte a caras nuevas, a tener que aprenderte nombres, conceptos nuevos, nuevas normas, horarios (uy, eso de jornada continua, qué novedad…) era como empezar en una nueva oficina. Fichar de forma estricta, cada uno en su escritorio, jefes variados y mucho más distantes, eso no era una empresa familiar, ya era una central en toda regla (aunque no la multinacional que supuso la universidad, que ya hablaré de ella en otra ocasión). Mis nuevos compañeros de trabajo tenían nuevos apellidos y nuevas maneras de vivir. Algunos provenían de colegios “rivales” (ay, esos partidos de balonmano de la EGB contra el “Miguel Hernandez” o el “Goñalons”, cuando tirábamos falta… tirábamos a matar….), otros de Madrid, hubo incluso alguno que para hacerse notar, preguntó por la biblioteca… (dejo caer la reseña, él sabrá quién es), y yo pensé “uf, habrá que aplicarse, que hay empollones a la vista y esto es como un contrato de prueba”. En seguida olvidé la idea.

En este tipo de sitios, a veces te encuentras profesores que casi rozan el “oh, capitán, mi capitán”, de “El club de los poetas muertos“. Hablo de mi profe de biología de primero, un señor que nos hablaba del calendario de ovulación de su mujer y su no-necesidad de utilizar preservativo…, de cómo había que repasar todos los días lo visto en días previos (y para ello debíamos hacer un resumen en un cuaderno para cada asignatura, de lo visto en toooooodos los días previos, imagínense el resumen del último día de curso, casi bíblico). Nos hacía escenificar mitocondrías, células, núcleos, y demás elenco del ciclo de Krebs (dios, me acabo de dar cuenta de que… ahora mismo, si me lo pidieran, no sabría dibujarlo en un papel, con lo BÁSICO que era por aquel entonces.., ay madre, la memoria). Fue un gran profesor, no por dar la materia bien, que lo hizo, sino por inculcarnos el deseo de esforzarnos y de saber, meternos el chip de la curiosidad, de la autonomía de pensamiento sin rozar la anarquía, nos hizo ser más adultos.

En eso consiste el instituto, en llegar a hacer las cosas porque quieres y te conviene, no porque te lo impongan. Mi madre, japonesa donde las haya, siempre me estimuló a sacar la máxima nota en un exámen, no porque fuera obligatorio, sino porque si se podía sacar un 10 y yo tenía esa capacidad, ¿por qué no sacarlo? Así de simple. La nota máxima existe, no es una quimera, y la capacidad de hacerlo está en la mano de uno, de su esfuerzo, de correctas técnicas de estudio, etc…. si a un chico le dices “aprueba porque sí, porque te lo digo yo, porque no te queda otra”… y encima no le explicas cómo hacerlo, no le das ejemplo como padre…. poco hará. Desde niña siempre me ha gustado fijarme en las casas de los demás, en cómo viven… aún hoy en día, por mi profesión, tengo la oportunidad de ver muchos salones, muchos dormitorios, muchas vidas ajenas. Y aún hoy  me sigo sorprendiendo cuando veo una casa en la que no hay libros. ¿Cómo queremos que los hijos lean si el padre no lee? Si el adolescente no te ve sentándote con él, con un periódico o un libro de recetas, aunque sea, no cogerá el hábito. Normal. Si un padre no crea un ambiente cómodo para estudiar y por contra, sólo enciende “Sálvame” en la tele o critica de forma agresiva al vecino, cual vieja del visillo, o es maleducado con el resto de la familia, si holgazanea, si presume de conseguir cosas sin esfuerzo o engañando…. el hijo hará lo mismo. “Uy, yo cuando no está el jefe, es que no hago nada, que lo haga el pringao de mi compañero”, se suele oir. Pues eso, papá dame dinero, que ya estudiará el pringao del clase, ese que no sale por las tardes y tiene cara de mohino. Muy bien. Cuando el “mohino” tenga trabajo y tú no, no te muestres resentido con el mundo. La vida nos coloca a cada uno, donde merecemos.

     En el instituto se aprenden muchas cosas. Una de ellas es la amistad con conciencia, esto es, no por compartir una rutina de años obligatoriamente tienes que ser amigo de alguien o salir por las tardes, ya de adolescente tienes los gustos muy claros, sabes lo que te llama la atención de alguien o te repugna, lo que quieres que te engañen y lo que tú quieres dar.  Yo tuve la gran fortuna en encontrar a Ronald, Dani y Fernando. Con ellos realicé los únicos hurtos menores de mi vida (esas cintas vírgenes de cassette en Pryca y el famoso salero que escondí en un sujetador y salió propulsado al suelo justo cuando cruzábamos delante del hombre de seguridad, quién debió pensar que yo estaba votando una pelota, porque no me hizo mucho caso…. esa propulsión, jajaja, y el famoso salero, que aún hoy debe conservar mi madre en su cocina…..). Mención a parte hago de mi amigo Javi, al que conocí previamente pero cuya amistad maduré con los años como con los buenos vinos. Cada uno a su manera ha supuesto un eslabón en la cadena de mi madurez y de mi presente (y estoy segura de que también de mi futuro). En esas edades comienzas a tener conversaciones “profundas” y aún hoy las recuerdo con cariño. Tuve la suerte de ser de las últimas generaciones “sanas”, porque tiempo después, el insti se llenó de humo de tabaco, alumnos catalogables de todo menos de estudiantes, de dejadez, de vaguería, de promociones en las que aprobaba menos de una clase de cada 8 (contando turno diurno y nocturno). Acabar COU se convirtió en algo casi inaudito y con la ESO, todo fue aún a peor. En mi época, de cada 8 clases repetían  por curso 4 ó 5 personas. Hoy en día, raro es el que estudia y aprueba, con el riesgo que conlleva de acoso por parte de los que no lo hacen. En el pasado te admiraban por aprobar, hoy… eres un apestado.

    El instituto es, sobre todo, el periodo del despertar al amor. No sólo al sexo y a la madurez corporal con los cambios que conlleva, sino a fijarte de manera emocional en una persona. Da igual si es en alguien definitivo o no, siempre, a esas alturas de la vida, te parece que el chico en el que tu corazón ha depositado el boleto de lotería es el auténtico, el único que vive sobre la faz de la tierra, el único que existirá en tu vida venidera, el probable padre de tus hijos y co-pagador de tu hipoteca. Así es la frescura del amor en tiempos de acné y cine de palomitas, eterno mientras dura. Las miradas de recreo, esas visitas a la biblioteca por las tardes cuando podrías estudiar en tu casa perfectamente, esos amigos intermediaros que te dan información sobre lo que hace o deja de hacer tu ser idolatrado, esos mensajes tipo “pues a Fulatina también le gusta el mismo”, o “pues él dice que está por ti” ( gran frase de la juventud que luego no se vuelve a repetir, como la de “te ajunto”). El latir de tu corazón cuando el susodicho pasa cerca, cuando te mira o crees que lo hace, cuando se dirige a ti verbalmente por vez primera… Luego, con los años, acabas pensando “pues fíjate que tonta era por creer que yo era alguien especial porque me “hablaba” Fulanito…”. Especial es una sin que nadie te tenga que hablar. Pero en esas edades la autoestima está muy mal baremada y la palabra de otros, “muy al alza”. Pero todos esos protocolos de arreglarte, hablar, escuchar, esperar, suponer, dudar, palpitar… son bonitos en su sencillez e inocencia. Todos, en mayor o menor medida, debemos tener un lugar en esos bancos de parque, aquellos tronos de madera tallada en nombres y corazones que ya no significarán nada, cuyos clavos oxidados pernoctarán por los siglos de los siglos bajo nalgas púberes temblando de emoción, bancos testigos de besos, palabras honestas (o desonestas), secreciones humanas, discusiones, declaraciones de amor, bautizos hipotéticos de nombres inverosímibles para bebés no natos, lloros, tragedias y alguna que otra viñeta de humor. Y el que no haya tenido ese lugar por no haber gozado de la oportunidad, que lo busque ahora. La perspectiva desde un banco de parque al anochecer es curiosa, el universo entero parece tan sólo un envoltorio para la vida auténtica que se gesta sobre la madera o la piedra. El amor parece más íntimo, su clandestinidad más salvaje. El que no haya gozado de un banco que salga hoy, esta noche, en su búsqueda, con o sin pareja, que goce de sus sombras, que se transforme en una de ellas y viva esa oscuridad del anonimato. Yo fui sombra en un banco en una época de mi vida: pasé inviernos con falda sin medias, con las pantorrillas cianóticas  padeciendo el frío, sin ir al baño durante horas porque la naturaleza es sabia y te anula ese tipo de reflejos cuando el amor es lo que importa. Ahora bien, después vienen otras etapas: la de los cafés de Madrid, las tertulias con la pareja, la de los viajes, la de las hipotecas, y por fin, la de las bodegas con chimenea, un buen vino, un brazo cálido que te da amor y seguridad y una mirada bajo la manta a cuadros que te hace sentirte viva y adulta, adulta en el verdadero sentido de la palabra. Y no cambiaría por nada del mundo mi sitio en el sofá con chimenea, nada en mi paraíso personal. Pero para apreciarlo, para saber vivir, la escalera se ha de escalar desde el principio, y los bancos de madera son y serán, un buen primer escalón.

   Aún recuerdo una de esas noches, con mi primer novio de adolescencia, en el parque de mi barrio. Charlando de cosas de instituto, vimos una sombra. “Ah, parece Juan el Mona”, dijo él. “Ah, ni idea de quién es”, respondí yo. “Pues el que cuida del cementerio, todo San Fer le conoce, pobre, es rarete”, afirmó el susodicho. Así que Juan el Mona se fue acercando, despacio, como paseando por el campo, con sus manos en la espalda, como quien va ensimismado, despacio, acercándose a nuestro banco, cada vez más, cada vez menos metros entre él y nosotros, poco a poco… poco a poco… hasta llegar a medio metro. Nos miró, pasó de largo y tal como vino, dió media vuelta volviendo a la profundidad de la noche. De pronto vimos algo que no tenía que estar allí: no había tenido sus manos entrelazadas a la espalda… LLEVABA…UN HACHA. Ese hombre, cuidador del cementerio viejo, con cara de…. ido, en la noche nochera que diría Lorca, se había acercado a NOSOTROS, no a otra gente ni a otro banco, a NOSOTROS expresamente, había meditado en nuestra cara (“oh que te busquen en mi frente juegos de luna y arena….” debió pensar él, como Federico en su Romance de la Guardia Civil), y había portado un hacha que no utilizó… pero podría haberlo hecho. ¿Por qué llevaba un hacha de noche? ¿Por qué tuvo que estar en ese mismo punto espacio-tiempo? Atrás quedó el tiempo de los bancos y los Juanes con hacha, atrás quedó la anécdota y el miedo juvenil. Ese hombre igual vive aún, igual no, sólo él lo sabrá. Dudo que un día me encuentre una lápida en la que quede escrito “Juan el Mona, tu hacha te recuerda”.

    Las vivencias juveniles son así, intensas. Aún si me paro a pensar, tengo los latidos del corazón en la garganta de cuando corría, campo a través de noche, volviendo a casa de la discoteca para poder llegar a la “hora señalada”. Ay, Paladium dichoso. Una hija cumple. Por supuesto. Aunque conlleve correr varios kilómetros. Luego pasa lo que pasa y las noticias de la tele nos alarman. De joven no razonas en los peligros. Hoy hay cosas que no haría, siendo más fuerte y más experimentada. Ay, la adrenalina de la juventud. También recuerdo el primer fallecimiento por inconsciencias al volante. Cuando pienso en aquel amigo que se estrelló de madrugada, que murió por haber cambiado su cinturón del coche por otros de rally, cuando no murió nadie más que él… Era joven y adicto a la vida y su propia juventud le mató. Siempre que me acuerdo de él pienso en la misma canción, “Forever Young“, de Alphaville.

http://www.youtube.com/watch?v=t1TcDHrkQYg

    Llegó la selectividad y con ella, la clausura de un tiempo de hombreras, pantalones de chandal llevados por dentro del calcetín,  vaqueros de pata de elefante, tupés rellenos de “papel pinocho” (YO NUNCA LO HICE, POR RESPETO A MI MISMA), zapatos de punta de payaso, chapas de Acid House, invitaciones de discoteca sólo para las chicas, exámenes que sabías perfectamente que te iban a salir bien (ay, esa certidumbre se disiparía en la universidad), amigos fieles que hacían travesuras en la última fila de clase, bocatas de tortilla en los descansos, mil clases de música e idiomas por las tardes, horas de llegada a casa, primeras broncas con los padres, primeros arrebatos, primeras parejas que luego quedarían como nombres en un diario en el corazón, primeras salidas en serio por las calles de Madrid, primeras cenas en chinos… todo, todo, tiene su peso, y su correcta gestión hace de ti un adulto de provecho. Hoy todo queda lejano pero en días como hoy, cuando uno recuerda su instituto, siente nostalgia de su frescura y sencillez, ya no tan amplia como en el colegio pero sí con un toque de libertad que da esa edad.  Cuando veo un banco en un parque recuerdo el frío, siempre recuerdo la piel con sus dibujos amoratados en forma de mapa. Siguiendo sus líneas podías encontrar una piel tersa y joven y una musculatura capaz de recorrer el largo camino hasta donde estoy hoy. El mapa de mi vida, de la de todos, tiene esos colores y esos matices. Aquellos bancos quedaron un día vacíos y otros inquilinos ocuparon nuestro lugar. La lluvia, estos días, habrá mojado otros corazones que algún día sólo sentirán un pequeño temblor al recordar sus sombras.

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