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    Bertita nunca fue muy agraciada. Tampoco el estilo inculcado por su madre la salvó de las risas de los chicos del colegio, esos gritos llamándola “friky, que pareces una amish de las pelis…”. Ella no sabía lo que era un friky, ni un amish. Luego se lo preguntó a su madre, que tampoco lo sabía. Y siguió vistiendo mal y siendo fea. Pero los años pasaron y poco a poco, con los consejos de las revistas y un poquito de televisión, la cosa mejoró. Un día, ilusionada por una nueva falda adquirida en la planta de oportunidades de unos grandes almacenes, acudió al trabajo con ganas de deslumbrar. Era la falda adecuada.

 -Ay hija, pero cómo se te ocurre. Qué horror, qué estampado. Si parece el forro de una sombrilla de cuando era pequeña, si es que no vas a la moda nunca, la falda es un requetehorror, vamos, vamos, lechona qué ocurrencias tienes algunas mañanas…

  Mari Puri era su compañera de la mesa de al lado. Siempre tan candorosa en sus recibimientos matutinos. Siempre tan…. rapidita en hacerte un scanner. Bertita nunca lograba un comentario positivo a cerca de su aspecto o de cómo trabajaba. Pero esa mañana… con la ilusión que le hacía ponerse aquella falda que ella había catalogado como bonita, con esas flores que tanto le gustaban… y de su color favorito…. La falda era… la prenda de su vida. Cuando la vió colgada entre otras más anodinas supo que tenía que comprarla. Si no, otra se la llevaría y perdería la oportunidad de poseerla. Adoraba aquella prenda. Pero….. Mari Puri opinaba que era un H-O-R-R-O-R. Y lo dijo bien claro, rauda, nada más pisar la moqueta del despacho. El corazón se le detuvo por quince segundos. Milagro seguir viva después de la asistolia social que había sufrido. Pero es que…. tan claro lo tenía Mari Puri que quizá tuviera razón. ¿Y si era fea la falda? ¿Y si le quedaba mal? ¿ Y si la idea era mala, como todas las ideas que ella tenía en todo en esta vida?¿ Y si ella misma era un horror? ¿Y si siempre lo había sido desde niña…? Mari Puri criticó un “detallito”. Pero Bertita tuvo un dolor…. de los de verdad. El día, la semana, tal vez la vida, se le habían chafado. Por unas flores estampadas en algodón. Mari Puri era muy clarita. Solía serlo. Era una gran experta en cometer…. SINCERICIDIOS.

     El término sincericidio era algo nuevo para mi hasta que se lo escuché a una amiga, bastante pizpireta y atenta a lo que se cuece en los estudios sociales. Después, como con otras palabrejas, me dió por curiosear en San Google y , voilá, allí aparecía en innumerables publicaciones. En todas ellas se afirma que la sinceridad, cuando se aplica haciendo daño, es sincericidio. Y, puestos a analizar, quién no ha sufrido algún sincericidio en su vida. A todos nos ha quedado mal alguna prenda pese a la ilusión que nos hacía ( por ser regalo de un ser amado, tener algún detalle de valor emocional, ser de nuestro color favorito o haber supuesto una ganga que nos enorgullece). Y si nos queda realmente mal, podemos agradecer un comentario útil y sutil para cambiar el efecto que provoca en los demás ( eso si queremos, claro). Pero una cosa es un “anda, llevas falda nueva, mmm, es .. mona, pero no como la de ayer, esa SÍ que es bonita y te queda bien…” a  un “puff, fatal, fatal, pero tú creías que te iba a quedar bien, con ese color tan horrendo, que te va a hacer el culo más grande de lo que ya lo tienes y se te van a ver las lorzas debajo de esa licra, anda, anda, no te lo pongas más, que estás loca…”.  ¿Hay o no hay diferencia en el efecto que produce en nosotros ese comentario? No digo que no se nos pueda decir la verdad, pero todo ello con respeto, mimo, y si no es necesario hacernos sentir mal porque eso no nos va a salvar la vida, pues que se callen los demás y que no nos amarguen el día. Igual importa más la ilusión que me hace  que algo me lo haya regalado mi amor o que sea el vestido de mi boda. Claro, que yo nunca compraría lo siguiente (y si lo hiciese, agradecería un comentario como el primer ejemplo..):

   Evidentemente el sincericida puede equivocarse y criticar, con maldad y recochineo, algo que no es cierto. Eso ya es el colmo de los colmos. Quién no ha recibido un comentario espontáneo y maligno sobre algo lleno de buen gusto. Todos nos imaginamos qué personas cumplen el perfil de sincericida ( amigas de compromiso, compañeros de trabajo, progenitores con afán de protagonismo, vecinos envidiosos, familias políticas complicadas, personas de la infancia cuyo futuro no fue tan prometedor como el de uno, marujas de supermercado…). ¿Pero cómo reconocer el sincericidio en si? He aquí una lista de puntos cuasi-infalibles para detectarlo y no morir presa de la crítica:

1) Cuanta más ilusión te haga un hecho, más probabilidad de recibir un sincericidio. Si has recibido un cum laude en el doctorado que tanto te costó sacar adelante, los comentarios tipo “pues tu tema no era tan complicado”, “uy, cum laude se lo ponen a todos”… son sincericidios.

2) Cuanto más pronto te hagan un comentario, más sincericida es. El malvado no espera a que tu hijo crezca para criticar su carita, ya de lactante te dice “ay pobre, con lo pequeño que es y ya… es así… bueno, bueno, no pasa nada, igual os saca buenas notas luego, que oye, eso es lo que importa, ¿no?, porque con la cara ya no hay remedio, ay pobre, si parece de otra especie…”.

3) Cuanto peor le va al interlocutor y mejor te vaya a ti, más sincericida puede ser esa persona. La envidia no sólo tiñe de verde el corazón de las personas, también le da un “toquecito” a las frases. “Anda, acabaste la carrera, te casaste, tuviste hijos, un coche y un perro majete, ahhhhhhhh, oye, tu mujer está hermosota, si quieres le paso la dieta Dukan que a mi suegra le fue bien….”.

4) Cuantos más oyentes haya para un comentario, mayor es la probabilidad de que sea sincericida. No es lo mismo decirle a una amiga “anda, acompáñame al baño que no quiero ir sola”, para luego decirle “nena, que tienes una semilla del Big Mac en el diente” que, de otra forma, decirle delante de toda la reunión de antiguos alumnos del colegio (con la mesa llena de envidias por tu ausencia de calvicie o gordura): “nenaaaa, que tienes un pedazo de semillón en el diente que pareces el cuñaoooo”.

5) Si el ambiente es tenso entre ambos interlocutores, de esos de cortar el aire con cuchillo, los sincericidios serán la norma. Esa jefa o supervisora con la que no te gusta subir en ascensor porque no sabes qué decir ni a dónde mirar; esa persona del grupo a la que toleras cuando te la encuentras en una reunión de ocho, pero con la que no podrías tomarte un café a solas; ese cuñado sibilino al que no quieres ver fuera de las Nocheviejas; esa vecina del cuarto que te espía para investigar si bajas al perro por el ascensor o por el montacargas (como ella sugirió en la última reunión de la comunidad). Con todos ellos, ojo al comentario. Aún recuerdo cuando a mis padres les criticaron en una reunión de vecinos, en nuestra antigua casa, porque nos duchábamos todos los días, los TRES miembros de la familia, cuando el agua entraba dentro de la comunidad y entonces suponíamos un gasto tremendo para los demás ( claro, por eso nunca dejábamos nosotros mal olor en el ascensor y otras personas sí).

6) Cuanto más amargado sea el comentarista, más sincericida es. No se puede entrar en un bar y que te diga la dueña “anda queeee, estás más gordo, bribón, te cuidas bieeeeen”. Pues no. Y que tengas un mal matrimonio, una hija mal criada y choni total, un yerno que es un trozo de carne con ojos, un negocio que te da mucho dinero pero te tiene entre cuatro pareces todo el santo día, que te estés haciendo vieja, que la vida no te de ya sorpresas, etc, etc, etc, no te justifica esa “sinceridad” mal entendida.

7) Mal de muchos, consuelo atacando. Los que tengan pareja sin hijos, con una vida cómoda e intensa, llena de actividades que hacen feliz, seguro que han escuchado (al igual que yo), esos comentarios por parte de conocidos con hijos, tipo “ay no sabes lo que te pierdes” (provocando que te cuestiones si de verdad te estás perdiendo la bomba y tú sin saberlo); “pues hija, cuidado que se te pasa el arroz, que mira QUÉ edad tienes” ( metiéndote el miedo de la cuenta atrás, la autoconciencia de tu EDAD, haciéndote pensar en paellas sobrecocinadas y con el arroz pastoso…); “pufff, pues como te pongas tarde, a ver cómo aguantas luego toda esta guerra, no tendrás fuerzas, es que no podrás ni bajar a tu hijo al parque, y cuando él tenga 15 tú tendrás 80 y no os entendereis, y te sentirás una anciana, y te arrepentirás de los años que esperaste por comodona….” ( haciéndote creer que en logística no tienes ni idea); “uy, eso de hacer tus actividades así, como los jovencitos… denota que no superaste los veinte años y los quieres estirar, infantil, pardilla…” ( avergonzándote entonces de llevar ropa de “jovencita”, hacer “actividades de jovencita” y tener unos horarios “locos de jovencita”, vamos, que en tío eres un viejo “chochote”.). Pues bien. Cada uno que tenga los hijos o las hipotecas cuando le plazca. Aquí (yo creo), no hay un horario de fichar oficial, estatal y vigilado por los Cuerpos de Seguridad del Estado.

 Podría estar siglos y siglos sacando puntos a la lista. Pero vamos, que morir por sincericidio no merece la pena.  Salvo que te salve la vida. Pongo un ejemplo: tu pareja te quiere matar y para ello envenena tu postre preferido con matarratas. Tú, inocentona, picas el anzuelo. Y de pronto, al conyuge, le atacan los remordimientos (ay, y ahora quién me va a aguantar, uy, que luego ya no podré ir al club de golf si me detienen…). Así que confiesa. Y te dice que te acabas de comer veneno. Pues hombre, es un sincericidio. No por reconocer un crimen sino porque la verdad de saber que tu pareja te quería matar, duele. Pero esa sinceridad, salva. Así, bien empleada está.  También lo está si se le avisa a una novia de que poníendose el anterior vestido mostrado, arruinará su boda.

   Sincericidas del mundo, quédense con su opinión que denota muchas cosas y ninguna buena. Cada uno que se ponga la falda que quiera, que a veces, el estampado-sombrilla, hace ilusión. Viva el frikismo y el buen corazón. Abajo los criticones y la envidia verde-manzana.

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