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     A veces, por influencias del inconsciente, cuando miro un escaparate y producto de mi vanidad, busco mi reflejo en él… veo una niña con un vestido amarillo. Pequeña, con cara inocente, pelo negro por los hombros y calcetines blancos. Ella me mira sin saber qué hay detrás, qué repostería gourmet o ropa estravagante me quiero comprar. Sonríe, parece que le caigo bien, me mira con una confianza como de saberlo todo de mi, qué me tocaba hacer en estos últimos años, mis gustos, mi carácter, mis miedos… Ella suspira tranquila. “Estoy en un buen momento”, me dice con la mirada, “me gusta el cole, ¿sabes?”, “estoy aprendiéndolo todo, todo, para que luego tú hagas cosas interesantes con lo que yo asimilo, estoy aprendiendo a ser tú, a divertirme, a coger conocimientos, alegrarme, ponerme triste, asustarme, correr por el patio, conocer amigos, escribir nuestra biografía desde el principio…”. “Tranquila, amiga, estoy empezando el libro con buena letra, luego te irá bien, ya lo verás, aunque el resto de los años que me quedan, los que tú ya has vivido, tengan cosas difíciles, te irá bien y yo, desde mi presente, que es tu pasado, siempre te querré, hagas lo que hagas. Yo te perdono lo que hayas hecho mal, amiguita….”.

     Cuando miro ese escaparate siento una punzada de nostalgia. Aquel vestido amarillo que a mi madre le gustaba ponerme, siempre de amarillo (total yellow como se dice ahora….), cómo cambiaron luego las cosas, esos armarios llenos de ropa negra y mi madre suspirando lo mismo de siempre, “ay, qué joven para ir de negro, ay siempre igual, ay, que se decolora, ay, dejaré las camisetas en agua con sal, que parece que agarra el color….”. Esa niña nunca volvió, vivió unos grandes años llenos de aventuras, rodeada de niños estupendos que tampoco volvieron jamás, niños que ahora son hombres y que tal vez, en sus escaparates de barrio, vean de cuando en cuando algún chavalín de jersey con bolas o chandal de rayas en la manga… Esos niños de nuestro pasado, sus diarios, sus recuerdos… son los culpables de lo que somos hoy, de nuestro valor o cobardía, de nuestra capacidad de amar o de hacer daño, de nuestro egoismo o caridad, de nuestro valor como personas…. Si no se me recuerda como un gran niño… es que no seré nunca un gran hombre.

    Puedo recorrer perfectamente el camino que hacía cada día: esperaba el sonido del telefonillo, bajaba corriendo en busca de mis amigos, seguíamos la calle Vergara y comprábamos un bollo en la pastelería Caribe, pasábamos al lado de aquel edificio gris en cuyo tejado mi padre y yo, tantas veces, habíamos colado balones las tardes de domingo… avistábamos los rosales de la valla del colegio, su puerta de barrotes rojos, el estrecho pasillo cubierto por un porche, el hall, la escalera que conducía al piso superior y por tanto, a los cursos de los “mayores” (aquel periodo inalcanzable por el que todos pasamos al final….). Y así cada mañana, indiscutiblemente salvo enfermedad (y no tanto como los niños de ahora, que  con medio moco se quedan en casa….). Esa era una rutina excitante y llena de sorpresas, que nos entrenó para la rutina más aburrida que vendría después, en el mundo laboral. Todos llegábamos a tiempo, nadie entendía lo de llegar tarde y poner excusas tontas, nadie hacía peyas porque eso no entraba en nuestra mentalidad de niños sanos sin pervertir. Nos sentábamos desde antes de que llegara el profe, preguntábamos al de delante qué tal el fin de semana, si vió el capítulo de “Verano azul” o “Falcon Crest”, ay madre, fíjate Maggi Gioverti qué muerte más tonta tuvo, mira que coger el anillo de la rejilla de la piscina…. Oye, y la escena de “El misterio de Salem´s Lot” en el que el niño vampiro visita a su amiguito , flotando tras la ventana y rascando el cristal con esa voz tan… tenebrosa….. Dudo mucho que ningún niño de nuestra generación haya podido olvidar esa escena….. Las noches de niebla profunda ya no serán nunca lo mismo. Oye, oye, y cuando Michael Landon era nuestra ejemplo de bondad con esa serie de “Autopista hasta el cielo”, madre mía, siempre era todo ternura y final feliz. Los sábados por la tarde había dibujos a la hora de comer, teníamos programas musicales como “Tocata”, donde cantaban los que empezaban o ya eran famosos. Aún recuerdo la niebla sobre la pista y esos movimientos ochenteros de cadera que tenía Ana Torroja ( para mi la puerta del Sol siempre tendrá marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes y alguno que otro cura despistao…). En clase nos pedíamos cintas de cassette, las copiábamos luego en casa ( qué buenos eran los boli Bics para rebobinar). La música de nuestra infancia, de nuestra generación siempre será memorable y por mucho que después haya investigado sobre rock progresivo, gótico orquestal, compositores franceses del siglo XX o pop japonés…. mis grupos de la EGB serán los favoritos de mi corazón.

     (Tenía, debía poner una foto de Depeche Mode. La pondría aunque estuviera hablando de recetas de ensaladas….).

    Las mesas eran pequeñas y verdes, fáciles de escribir si utilizabas lapicero. ¿Hace cuánto que no utilizamos un lapiz en nuestra edad adulta….? Recuerdo que había un niño en mi clase que me robaba toooodos los lápices, daba igual si eran negros o de colores. Mi padre, el pobre, por las tardes hacía una muesca en la parte de arriba y ponía mi nombre para que fueran fácilmente reconocibles y difíciles de hurtar…. Nunca supe para qué me robaba tantos. Yo le decía la verdad, que eran míos, y él me daba patadas en las espinillas, medio en broma medio en serio (aunque yo, volver a casa con moratones, volvía, y luego mi padre me preguntaba que qué era eso…). 

    En el periodo de la EGB ( mucho mejor sistema educativo que la ESO, ya que yo recuerdo un amplísimo vocabulario de inglés de esa época y cabos y afluentes de ríos….), todos nos hicimos medio adultos juntos. Evolucionamos desde la primera soledad ( porque en el jardín de infancia, como se llamaba antes a las guarderías, uno no es tan consciente de que le han dejado solo..) hasta la necesidad de compañía ya sea de amigos o del sexo contrario ( uno comienza a aprender a ver a los chicos como algo más que los que juegan al fútbol en el recreo…). Aprendimos a leer y escribir juntos,  uff las famosas tablas de multiplicar, el verbo-sujeto-predicado y los archifamosos y útiles complementos circunstanciales, la cantinela de las preposiciones, escribir sobre los mapas mudos, la prehistoria y las lascas, las sociales con sus tundras y el clima continental, el inglés con los -ing endings, las células y las mitocondrias, las figuras de plastelina y las manualidades con punzón (madre mía, hacía años que no pensaba en el punzón y sus dibujos de puntos craquelados…. qué actividad taaaaaaaan rara y hermosa).  Aún tengo por casa de mis padres el famoso semáforo que tuvimos que hacer, un cenicero en barro barnizado donde escribí “papá”, para el día del padre, fotos de la obra de teatro en la que hice de bruja de Blancanieves (mis padres se trabajaron mi gorro con un paraguas negro, era totaaaaal). Ahora mismo, no sé por qué, me ha venido un flash sobre un calendario de adviento de párvulos y estoy a la 1:40 de la madrugada frente a un ordenador…… qué cosas, qué cosas tiene la memoria.

    Recuerdo a todos, todos mis compañeros. Alguno vivía en mi calle, lo que facilitaba salir a jugar por las tardes bajo los soportales. Ningún adulto se planteaba nada raro por dejarte fuera de su campo de visión. Todos corríamos por el barrio con pocos años, con 8 ó 9 incluso, corríamos y corríamos, jugábamos al escondite, a la comba, a la goma… En mi calle vivían Cristina y Ana, en otra perpendicular, Elena. Nombres normales y sin embargo, recuerdos excepcionales. No hacíamos nada extravagante, nada de Wii ni de Nintendo, tan sólo tocar al telefonillo y bajar con ilusión las escaleras del portal, de dos en dos escalones, para pasar la tarde y charlar, gastar calorías trotando, y en definitiva, crecer juntos. Luego estaban los que venían a buscarme, Jesús, Mariano, David… Grandes chicos que se hicieron grandes hombres. A Patilla le traían sus padres en coche desde una granja muy lejana ( era el ÚNICO QUE VENÍA EN COCHE, el único, tomen nota papás de ahora). Recuerdo que un hijo siempre cumplía lo que sus padres imponían, daba igual que te trajeran en cochecito de bebé porque llevaras escayola o que tuvieras que llevar un jersey beige todos los días, por decisión materna. Daba igual que tuvieras tus primeros “pelitos de chica en las piernas” porque si tu madre te decía que te tocaba falda corta, te tocaba. Daba igual. Los padres mandaban. Pero nosotros no ridiculizábamos a nadie, no había bulling ni terminología inglesa para nada (salvo la moda aquella de jugar al beisball en el recreo…). Ay, el balón prisionero, el retroceso, las cuatro esquinas del porche, el churro-mediamanga-mangaentera, policías y ladrones, jugar a vender aceitunas en los olivos del recreo y que te pagaran con aceitunas…. los toboganes amarillos, el fuerte de madera, aquel desnivel por el que me caí al toque de la sirena y que me dejó la cara morada el día de mi cumpleaños. Mi patio, mi territorio, mi libertad.

     A veces es extraño ver cómo la vida avanza. Hace poco, en el Facebook, me reencontré con varias personas que pertenecían a aquel mundo, para mi congelado en el tiempo, que fue el colegio. Y nada, nada en el tiempo se paraliza de verdad. La gente se hace mayor, las caras cambian, las carnes a veces adelgazan y otras veces se tensan, se tienen hijos, no uno sino incluso dos, hay bodas, divorcios, trabajos, cambios de domicilio, calvicies, arrugas…. Pero un punto en común no cambia nunca: la nostalgia. Aquellos tiempos sencillos sin responsabilidad, sin prisas ni crisis, en el que los únicos malos eran aquellos que decían la frase “o me das tu bollo o no juegas con nadie”. No sé por qué acabo de acordarme de esta escena. Se repetía muchos recreos y aunque yo no era una gran sufridora de la mala en cuestión ( sí, sí, mujer, agraciada en aquella época, no tengo por qué dar nombres, supongo, espero que ella recuerde que era lo que ahora se denomina “pandillera”, era una lider de grupo a la fuerza, no porque los demás la votasen libremente…), pues bien, aunque yo no padeciera mucho su divismo, sí recuerdo que a otros los marginaba, los echaba de la lista de “personas con las que se podía jugar”. Pero quitando esas cosas que de niños no son tan pequeñas, pero que ahora nos parecen débiles ensayos de sufrimiento, esa época era dulce y cómoda, y todos, todos, creo que añoramos su ternura, las vivencias compartidas y el hecho de hacernos mayores juntos con una rutina familiar. A mis compañeros de infancia, de estudios, de juegos en la “U”, de rutas matutinas, de primeros cines de sesión doble y bolsas de kikos y piruletas de corazón, a los que venían conmigo cada verano a la pisci, a los que arrancaban majuelos del patio, a los que chupaban las flores de “pan y quesillo”, a los que saltaban al potro en gimnasia, a los que respetaban a los profesores, a los que vinieron al entierro del hijo de uno de ellos, Cesar, mi compañero de piano, gran niño, a los que bebían Tang, a los que comían Phoskitos y llamaban así a una profe… A todos, todos, os tengo un cariño especial, incluso a los que eran algo “malos” en esos tiempos, a todos os tengo en una parcela de mi corazón de niña y eso no se puede borrar, aunque el tiempo, la crisis y las prisas a veces me hagan sentirme otra persona. No, yo sigo siendo la niña del reflejo en el escaparate, la que viste de amarillo.

     “Traquila, amiga, ya ves que siempre sigo aquí, donde tú recuerdas. Soy tu ayer y tú eres mi mañana, me gusta cómo eres y lo que has hecho hasta ahora, no te preocupes por tus fallos. Lo daba por hecho. Y no me regañes con los míos, que te han conducido por el camino correcto. Tranquila, seguiré aquí para cuando vuelvas a mirar sobre el cristal. No me olvidarás. No puedes. Te dejo por un ratito, que estoy jugando entre los olivos del patio y me están esperando los niños de otros reflejos. Te dejo ya, que me lo estoy pasando fenomenal”.

     Me distancio un metro del escaparate. La niña ya no está. Tan solo queda un patio solitario.

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