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A veces la historia no tiene datos documentados de cómo sucedieron los grandes eventos de la humanidad y tan sólo nos queda utilizar la lógica o la imaginación para rellenar las lagunas a nuestro beneficio. No hay claros escritos sobre el auténtico Jesucristo (todo son suposiciones sobre un hombre de la época), creemos que el ser humano pisó la luna por una retransmisión que aún hoy en día, se nos presenta sosprechosa…., y según leyendas, que no se pueden refutar con contundencia, Japón fue creada por dos dioses, Izanagi e Izanami, hermanos que descendieron desde el cielo a la isla de Onogoro y tras copular, crearon el archipiélago que hoy forma la nación (a ver quién es el listo que puede asegurar al cien por cien que esto no pueda ser cierto….).

Mi historia o, más bien, la de mi amiguita, comienza con datos inciertos que, tras pasar por el filtro de mi imaginación, quedan de la siguiente manera:

Érase una vez una casa vieja y semiderruída en medio de un terreno pedregoso. Se encontraba abandonada en un paraje duro, donde el calor era capaz de derretir las rocas y convertirlas en un gas irrespirable en verano, como un manto denso que tapara a todas las criaturas que, incautas, habían decidido vivir allí. En invierno, el frío y el viento horadaban la tierra y poco a poco, robaban al tiempo segundos de vida. Así era aquel lugar, sin nombre en un mapa ni recuerdos en sus gentes (tal vez porque prefirieran no recordar..). Era difícil, muy difícil vivir allí. Tan sólo los hombres sin alma y los desorientados sin cabeza podían encontrar en aquel lugar un sitio donde morar. El agua escaseaba, los víveres tenían que ser comprados, la pobreza era norma y la gente, mala por definición.

En aquella casa ruinosa vivía una familia compuesta de un hombre arrugado y cazador, una esposa sucia y pelleja, dos niños malcriados y con amargura precoz, diez cabezas de ganado medio muerto por el hambre y una galga blanca, tísica y floja. Como es costumbre entre los cazadores, la galguita tenía dos finalidades en la vida: cazar y reproducirse. Salía cada madrugada acompañando a su dueño en busca de alguna liebre o comadreja. Casi siempre volvían sin nada y miles de golpes recibía la galga de manos de la pelleja en la cocina. A veces utilizaba el atizador de la lumbre, otras una sartén grasienta. Nadie comprendía que en esas tierras yermas era imposible cazar. La pobre galga, sin nombre al igual que el pueblo, cada día retornaba a su rincón, más y más triste. El calor, la suciedad, los golpes, el silencio…. no entendía por qué tenía que vivir así. Desde cachorra siempre había sido buena, saludaba cada mañana con mucha ilusión y en el campo se esforzaba muchísimo por buscar en cada recodo… ella era buena pero eso no era suficiente. Y ya no sabía qué hacer. Su madre la educó para ser fiel y estar siempre al lado de sus dueños, era lo que tenía que hacer. Pero algo no encajaba. No encajaba.

Un día, un visitante pasó por el pueblo en un vehículo lujoso con olor a limpio. Esa brisa fresca que manaba de su interior despertó en la galga una curiosidad tal que venció su agotamiento y en un descuido del cazador, se acercó a la puerta. Y ahí, tras el portón abierto, vió un ser que jamás había visto en su vida. Era un perro fuerte, de larga melena rubia, ojos grandes y oscuros y una nariz negra y poderosa. Oyó decir al dueño que llevaba en su coche un golden de pura raza. Un golden…. no sabía lo que era eso pero sonaba tan mágico. El perro bajó del coche y se acercó a ella, también con curiosidad. Él parecía atraído por sus ojos, más pequeños y tristes, y por su cola fina y juguetona. Qué bien olía aquel pelaje de macho. Era limpio y brillaba bajo el sol.

La galguita cerró los ojos y se dejó llevar por esa nueva sensación que nunca había tenido. El golden miró su cara inocente y se quedó sorprendido de cómo ella disfrutaba de un momento tan sencillo. Le pareció encantadora. Y algo en su pecho comenzó a brotar. Una energía nueva, algo distinto a la vida con su dueño de la ciudad. Esos ojos entornados, ese cuerpo frágil que pedía a gritos que alguien lo arropara, esas heridas en el hocico, antiguas, que le contaban una vida mal vivida… Era estremecedor ese cuerpo blanco y sucio, nunca había visto una perrita con tanta historia detrás… Con su nariz poderosa le acarició el lomo y le ladró al oído “vayamos a correr al monte, tengo tiempo, mi dueño se quedará unas horas… quiero que me enseñes tu territorio, que me digas quién eres…”. La galguita abrió los ojos y vió una sonrisa tan preciosa ante ella… que no pudo decir que no. “¡Vamos, sígueme¡”.

Raudos, echaron a correr hacia las montañas, sin mirar atrás, sin recordar a sus dueños ni sus vidas pasadas en solitario. La brisa les acariciaba el lomo, el olor a espliego les daba la bienvenida al mundo libre, el crepitar del sol sobre la tierra les recibía en su seno. Corrieron y corrieron, hasta que sin darse cuenta, alcanzaron la cima de las montañas, donde pequeños arbustos ofrecían un poco de sombra. Desde lo alto, la casa del cazador no se veía. La galguita casi creyó que no había existido nunca. Allí no había atizadores ni niños malos, tan sólo un macho fuerte y sonriente que olía a nuevo, a felicidad, a calma. “Yo me llamo Olmo“, dijo el perro. “Pues yo no tengo nombre…”, respondió avergonzada la galguita. “No te preocupes, si quieres te llamaré….Brisa, porque pones una carita muy graciosa cuando hueles el viento… me gusta mucho”, le dijo con dulzura el golden. “Ay, qué bien, ya tengo nombre, tenías que venir tú, que no te conozco, para que alguien me llamara de alguna forma… aunque casí es como si te conociera. No sé por qué, pero nunca me había sentido tan a gusto. Me alegro de conocerte…”, respondió la perrita, ya bautizada. Brisa y Olmo se acurrucaron juntos, bajo la sombra de una jara, mirando el horizonte como si el mundo fuera un lugar hermoso. Se acariciaron el lomo y el uno sobre el otro, se quedaron dormidos. Cuando llegó la noche, bajo las estrellas, el amor surgió con facilidad, como sólo las cosas auténticas surgen sobre la faz de la tierra. La galga supo entonces que ya nada sería como antes. Algo en su interior había cambiado.

A la mañana siguiente Brisa miró a Olmo y él entendió que ella no podía volver a su casa. Su historia era muy diferente a la de él. Nadie entendería su huída ni lo que estaba por venir. Tenía que protegerla y amarla, como se merecía su cuerpo frágil y cansado. Ahora eran… uno. Así que, sin mirar atrás ni llorar a nadie, bajaron por la ladera opuesta, decididos a encontrar un nuevo hogar.

El camino fue duro. Dos meses casi sin agua, parando en las pocas sombras que lograban encontrar. En los pueblos que fueron visitando, algún cubo de basura les ofreció alimentos en mal estado y sintieron un poco de seguridad frente a los linces de los montes. La tripita de Brisa era cada vez más grande y poco a poco empezó a no poder caminar con soltura. Olmo le pedía descansar más amenudo y le ofrecía su lomo para que ella reposara su cabeza, lejos del suelo ardiente. Él dejó de beber para que a ella no le faltara agua. Y aun débil, siguió guiándola por los caminos hasta que por fin, encontraron un pueblo algo más grande con un parque. El suelo verde era fresco y sobre él, Brisa se encontró algo mejor. Unos matorrales le servirían de cobijo para lo que iba a venir. Ella lo sabía. Nunca nadie le había explicado nada, ni su madre cuando fue cachorra. Pero ella entendía que pronto daría a luz a varios hijitos. Escondidos entre majuelos, Olmo y Brisa esperaron a la noche. Y el momento especial llegó de madrugada. Unos dolores terribles vinieron en ráfagas. El cansancio de Brisa era tal que casi no le quedaban fuerzas para respirar. Olmo no podía hacer nada más que lamerle el hocico. Ella cerraba los ojos en cada embestida intentando contener los ahullidos. Su macho lloraba en silencio. El miedo a que algo saliera mal se olía en el aire. El tiempo fue pasando y de pronto… vino una sacudida terrible, y luego otra, Brisa soltó un ladrido agudo y….de su interior salió un precioso cachorro marrón… y luego otro moteado… y luego otro canela… y luego otro color vainilla. Olmo miró maravillado a sus cuatro retoños. Cuatro. Brisa, exhausta, lamió cada cabecita y limpió cada cuerpecito para darles calor. Era increíble. Los cuatro cachorritos, con lloros suaves y continuos, comenzaron a buscar los pechos de su madre. El padre, orgulloso, lamió con amor la carita de su amada. Nunca antes y nunca después se sentiría tan vivo. Ahora, era el jefe de una familia. Sus cachorros, como él, olían a calma.

Pasaron los meses y una protectora recogió lo que quedaba de la familia Olmo-Brisa. Un cachorro había muerto durante el primer mes y nada pudieron hacer sus padres. Otro estaba muy enfermo y se lo llevaron a una clínica. Nunca más supieron de él. Quedaron el cachorro canela, macho, y la de color vainilla, hembra, de carita muy similar a Brisa. La dueña de la protectora decidió quedarse a la pareja adulta y envió a los dos cachorros a casas distintas. Y aquí comienza una nueva historia. La de la cachorrita color vainilla, aún sin nombre.

Esta pequeña perrita fue adoptada por una familia de ciudad: padre empresario, madre directora de banca, dos hijos de colegio privado, coche caro en el garaje, sofás de tapicería de cuero. Decidieron adoptar una perra de protectora por recomendación de una compañera de trabajo de la madre. La perra no les pareció nada bonita, pero era gratis y en el centro prometieron que el padre era golden puro. La cogieron. Sin más. Desde el principio la tuvieron en la cocina, con la puerta cerrada. El salón era muy delicado y allí no se podía entrar. Para la cachorrita los olores eran muy nuevos, los ruidos desconocidos y ya no estaban sus padres con ella para calmarla. Echaba de menos a sus amigos del centro. Y a su hermanito ya nunca le volvió a ver. No entendió muy bien por qué no pudo quedarse en su casa, donde no vivía mal. Aquella nueva era más grande pero a ella no le dejaban pasear por las habitaciones. La cocina olía raro y tanto tiempo dentro… era muy aburrido. Todos los días sonaba la puerta grande. Se cerraba. Y eso significaba que la dejaban sola. Eso le daba mucho miedo, no sabía qué hacer, nunca había estado sin compañía. De los nervios que tenía, inentaba subir a los muebles, tiraba cosas al suelo que hacían mucho ruido al caer, todo se llenaba de líquidos y cosas que cortaban y ella se ponía aún más nerviosa, arañaba las puertas, intentaba subir por las cortinas para mirar por la ventana y un día incluso… tocó un botón y algo se puso caliente hasta tal punto, que salió fuego de una sartén…. y eso la dejó para siempre aterrada. Cada vez que hacía todo eso, la familia, a su regreso, gritaba de una forma horrible y le pegaban patadas. Acabó en el jardín, pasando mucho frío. Y un día, sin más, la montaron en el coche en el que vino y la dejaron en otro centro, mucho más feo y con peor olor. Allí otros perros esperaban, como esperaría ella.

El tiempo en el que estuvo en la perrera fue algo mejor. Ya nadie la pegaba e incluso hizo un amigo nuevo, un pequeño mastín que vivía en la celda de al lado. Por las noches, cuando se iba el cuidador, los perros más mayores calmaban con su voz a los más nuevos. “Esto no durará mucho, chicos, mañana por la mañana volverá el que nos cuída y nos dará comida, no pasa nada”, decía uno de dos años que llevaba muchos meses allí. Siempre terminaba diciendo “si mañana por la noche ya no estoy, no os preocupeis, recordad lo que siempre os digo”. Y un día, después de tantos meses de espera, el cuidador se lo llevó a un cuarto oscuro… y del perro más antiguo no se volvió a oir nada.

La cachorrita, ya no tan pequeña, se levantó una mañana como todas las demás. Comió, salió a correr con su amigo, volvió a la jaula…. y al medio día, escuchó el motor de un coche. Una pareja de chicos jóvenes bajó y visitó cada celda. Cuando pasaron delante de la suya ella miró como siempre lo hacía, con unos ojitos pequeños algo entornados, igualitos a los de su madre (aunque nadie en aquel lugar lo sabía). La pareja suspiró. Algo en esa perrita, en su manera nerviosa de mover la cola, en su naricita hacia arriba oliendo la brisa…. era especial. Había mucho amor en ese cuerpecito, un amor que venía de una larga historia en su sangre, y muchas cicatrices en su hocico como tuvo también una galguita mucho tiempo atrás. Ella mantuvo su mirada inocente, llena de todas las estrellas del campo, y en su pelaje color vainilla, pese al olor sucio de jaula, había algo que desprendía calma. La pareja se miró y sin decir nada, comprendió que esa cachorra les necesitaba. Y ellos la necesitaban a ella. El vínculo, invisible, estaba creado. La cachorrita miró a su amigo, en la jaula de al lado y dijo.. “creo que me voy, querido amigo, me duele que no vengas conmigo…”. “Tranquila, amiguita mía, yo no tardaré en salir de aquí. Prométeme que serás feliz y que correrás mucho, mucho, por el campo”. “Te lo prometo”.

Y así, con facilidad, como sólo las cosas auténticas suceden sobre la faz de la tierra, la perrita fue adoptada y pasó a vivir con la pareja joven. En cuanto la vió, tan bonita y elegante, la chica de la pareja pensó que se merecía un nombre de estrella de Hollywood, algo como “Vivian“, por Vivian Leigh, la de “Lo que el viento se llevó”. “¡Pero si es bizca, jajaja¡”, dijo él, entre risas. “Ay, pero eso le da encanto”, dijo ella. Y así, Vivian, bizca y con cara de haber sido hija de un golden y una galga, comenzó su vida en una casa donde podía correr en libertad por el jardín, dormir la siesta con sus dueños en el sofá, jugar con sus primos que vivían en casa de los padres de su dueño, comer bien, oler los rosales y de vez en cuando, ser algo traviesa y romper algún riego automático o comerse media bolsa de basura de la cocina.

Una mañana, el jardín apareció lleno de plumas. Vivian, jugando, había decidido comerse una colcha de Ikea. ¿Y pasó algo? No pasó nada. Porque así son los perritos y su amor lo compensa todo. Su naricita llena de plumas siguió oliendo la brisa como si fuera un tesoro.

Alguna vez, la chica de la pareja le ha preguntado quién fue su mamá o su papá. Y ella le ha respondido con un brillo muy especial en los ojos. Nadie parece entenderla. Pero yo, que soy la que escribo la historia, la chica de esa pareja, sé que detrás de su mirada, de su cuerpo algo sufrido, están Olmo y Brisa, un golden fuerte de ciudad y una galguita de vida triste, que juntos superaron todas las adversidades y tuvieron una historia de amor muy bonita. Fruto de ese amor nació Vivian. Y con ese relato en sus venas de superación, dolor, enfermedad, suerte, aventura, esfuerzo y ternura….sería imposible que nuestra Vivian no fuera lo que es, una joya que vino a nuestras vidas para quedarse y para darnos lo que sólo un perro puede dar: amor incondicional y puro. Por ello, porque Vivian ha sido en nuestras vidas una Brisa llena de esperanza, le he querido dar un pasado, una historia. Así ya no será nunca más una desconocida. Y con nosotros, queriéndola, ya no estará huérfana. Brisa y Olmo, donde quiera que estén, seguro que se sienten orgullosos de ella.

Gracias Vivian, por todo lo que nos das cada día. Nachito y yo somos muy afortunados. Eres el amor de nuestras vidas.

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