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   Hace unos días recordé un hecho que me llamó la atención en su momento. No suelo acordarme de los pacientes que atiendo porque son muchos y con muy diversas historias. A veces cuento alguna anécdota que otra ( todos mis amigos ya han escuchado la famosa fábula del “Marroquí y el calabacín” o la otra no menos conocida superhistoria del “Señor de la palangana”) y siempre pienso que debiera recopilar estas historias en algún tipo de libro con viñetas, jejeje, desde el anonimato de estos personajes de la vida cotidiana pero sin obviar los pelos y señales de cada suceso ( nunca mejor dicho).

    Pero el otro día, sin embargo, tuve una de mis charlas profundas con un amigo, de esas de café largo y relojes parados. Y de pronto, no sé si por cuestiones de la crisis mundial y el desencanto de los ciudadanos, surgió ante mi una escena congelada en el tiempo: la de un niño de 9 años, diferente,  que acudía con su madre a una consulta de pediatría que yo atendía como suplente. Esa imagen siempre estará allí, como otras de la memoria laboral y humana.

     No soy muy afable con los pacientes, no cruzo una línea de intimidad como para tenerles afecto. Suelen calarme las historias de amor, eso sí, como romántica que soy. Una enfermedad grave, una escena escabrosa, un paciente psiquiátrico violento…. no me afectan ni en el momento ni días después. Pero aún recuerdo, de estudiante, una consulta en la que estaba frente a mi, sentada, una pareja de ancianos. Ella evolucionaba terriblemente en el duro camino del Alzheimer y él, cuerdo, entero, viajaba con ella viéndola perderse en el limbo del “no recuerdo”, “no sé”, “tú quién eres”, “dónde está mi muñeca”… y él, mientras, aún recordaba la mujer enérgica de la que un día se enamoró y quería seguir viendo en ella a esa luchadora. Pero la guerrera ya no estaba, quedaba tan solo una mujer frágil como una niña, que le sonreía porque siempre, siempre percibes en esas situaciones el amor que te tienen, él le cogía de la mano y ella notaba su tacto afable, su calor, esa delicadeza con la que se sujeta el cuerpo del ser que uno más quiere y aún con más temor cuando el que se ama ha sido el destinatario de tu amor por cuarenta o cincuenta años. Qué hermoso es tener un compañero de vida que camina contigo y evoluciona en cada etapa, de igual o distinta forma, pero que siempre es espejo para tus actos y almohada para tu descanso durante décadas de sufrimiento y cosas buenas. Ese hombre quería a su mujer como quien otorga al oxígeno su carácter de imprescindible, como quien saborea el agua de rocio sobre una hoja de nenúfar apreciándolo como a un auténtico tesoro. Amor es sentir lo que siente el otro en las entrañas. Mi madre siempre me ha dicho que cuando ella veía que yo mostraba dolor  lo padecía en su interior como si yo fuera carne separada de su carne, que eso era algo natural e inexplicable por el mero hecho de haberme parido. Y mi buen amigo, el de mis tertulias de café y recuerdos, siempre me ha reconocido que ama a su pareja como si ella fuera un brazo suyo, la siente parte de su cuerpo y así debe ser, no encuentra otra explicación a esa persona que le acompaña en la vida. Un brazo. Cuando yo miro a mi pareja veo su alegría o su dolor y esa conexión la tengo en mis entrañas de forma instintiva. No sé si a él le pasará lo mismo, no todos respondemos de la misma manera al amor, pero yo entiendo, comprendo el amor de esa forma. Cuando uno no puede explicar por qué quiere al otro, cuando uno no sabe por qué aguanta ciertas cosas, por qué se alegra de otras, por qué uno sufre, llora, se ríe con ganas, siente vacío en el estómago cuando el otro le falta… cuando uno no razona bien los porqués de esos mecanismos pero siempre encuentra a esa persona como desencadenante de todos ellos….sabe que ama a ese ser. Eso lo sabes. Y aquél hombre anciano y sano, cuerdo y amante, quería a su mujer por encima de la enfermedad y el tiempo. Y ella, delicada, recibía ese amor y se dejaba llevar, como una pluma, sin voluntad ni tesón, simplemente él soplaba y ella vivía sobre cada soplido esperando señales de su hombre ante tanto aturdimiento. Ella no le comprendía, ni tan siquiera recordaba quién era, pero una cosa era segura: gracias a él, esa mujer no tenía miedo. Porque la falta de entendimiento hace que todo sea feroz y cada elemento suponga algo hostil y aterrador. Y ella, tal vez de cuando en cuando, en ciertos segundos, sentía miedo, seguro, pero pronto  la mano de su amante se apresuraba a consolarla. Y así, poco a poco, esa velita se iría apagando encerrada en la soledad de su mente, pero con algo cálido rodeándola para hacerle más feliz en su camino a una muerte segura. Han pasado muchos, muchos años desde esa escena. Ella estará muerta. Y él también. La mujer habrá dejado el mundo casi sin notarlo. Él lo habrá dejado sintiéndose muy solo, sin ella, sin manos, sólo él con su cabeza cuerda. A veces, la mente es la peor compañera. Y pensar eso de ese hombre, imaginarme la soledad al no tenerla a ella, me duele. Y no eran nada mío, sólo otros seres humanos contando otra de sus múltiples historias a mi alrededor. No me afecta un atropello, ni un asesinato, ni una reyerta. Pero ese hombre, su amor, me afectaron y aún su recuerdo me afecta un día como hoy. No sé por qué escribo sobre él cuando iba a hacerlo sobre aquel niño. La mente es así, como una adicción que vuele. Igual que lo es el amor.

     Aquel niño de nueve años entró a mi consulta como lo hace otro cualquiera, con una cara normal, una ropa normal, una madre como todas.Ambos se sentaron y el niño adoptó una postura muy quieta. Lancé la pregunta que siempre hago, concisa y directa para que la gente no pierda el tiempo en detalles que no vengan a cuento: ¿qué le pasa?. Si hubiera sido en urgencias, la pregunta sería algo modificada: ¿qué le pasa urgente? (para que el que no venga por algo de gravedad, sienta un mínimo de vergüenza al acudir a un servicio de urgencias por un grano o un tapón de cera…).  Ante mi pregunta el niño se quedó callado. Y la madre también. Así que esperé…. segundos, minutos… y por fin la madre rompió el hielo.

– No sé lo que le pasa a mi hijo. Ha perdido las ganas de hacer cosas como todos los chicos de su edad, no sale, no juega, no se divierte, sólo está en su cuarto, sin hacer nada, ya no estudia, no tiene hambre…. está apático, es que no sabemos qué hacer con él… lleva así unos meses, pero la cosa va cada vez peor… y le preguntamos que qué le pasa. Y él dice que para qué hacer las cosas de siempre, para qué esforzarse, si todo va a acabar mal seguro, que tanto luchar, tanto luchar….

    Yo escuchaba la explicación con mucha cautela. Todo me sonaba a lo típico de una depresión…. pero no quería aventurarme.. Así que me dirigí al protagonista, que permanecía como una decoración más de la consulta, inmóvil como el ordenador.

– Cuéntame tú mismo qué crees que te pasa. ¿Antes te pasaban estas cosas? ¿Ha habido algún cambio en tu vida, algún disgusto, te ha pasado algo en el colegio o con algún amigo…?

-No me pasa nada. Simplemente…. que veo a mi alrededor que todo, todo, por mucho que te esfuerces, acaba mal. El que estudia luego no tiene trabajo, el que lo tiene, le despiden, uno lucha para no ser pobre y luego lo es, te esfuerzas en las amistades para que luego te traicionen, te esfuerzas en el amor y luego siempre sales dolido…. y todo eso, para qué, para qué estudiar, trabajar, tener contacto con la gente…. si ya lo ves venir es una tontería…. yo lo veo, lo veo y ya no quiero hacer nada porque sé que no sirve… me llaman al telefonillo los amigos y… en serio, para qué voy a bajar a la calle. Ya no me estimula nada, es que lo veo, lo veo. No tengo ganas de nada porque no sirva nada para nada. Y es eso lo que me pasa, nada más.

 Y nada menos, pensé yo….. escuchaba a ese niño de nueve años y me parecía estar en medio de un debate de adultos en un bar, ante unos gin tonics, arreglando el mundo o intentando asimilar la derrota ante él, como gente de vuelta de todo, gente que ya ha sufrido, perdido, trabajo, sudado, llorado…. como personas que, quemadas, ya no tenían muchas más fuerzas en la batalla que es la vida. Y a veces, las energías que has perdido, en seguida se recobran con unas charlas agradables en un pub, ante un Oxley con Fever Tree. Pero no. Allí no había ginebras ni luz oscura, no había adultos ni vidas aradas…. tan sólo un chaval de nueve años con la mente de un adulto quemado y con toda la razón del mundo. ESE CHICO TENÍA RAZÓN…. PERO DEMASIADO PRONTO. Yo no era quién para decirle a ese chico o a esa madre que nos encontrábamos ante una patología. Es que no la había. Pero claro, ese “demasiado pronto”… cómo estar seguros de que no había algo más (vana excusa, el chico era una mente socialmente prematura y privilegiada para lo negativo, y punto). Le dije a la madre que, en el fondo, cómo podíamos llevarle la contraria. Que desde luego no era normal una línea de pensamiento tan oscura en un chaval de nueve años (ahora me niego a llamarle niño, porque no lo era) y que, para quedarnos todos más tranquilos e investigar a fondo, desde luego iba a realizar un parte de interconsulta a psiquiatría infantil, pero vamos, sólo por ahondar y ver que no había ningún desencadenante atroz tras tanta clarividencia. Pero que aún así, con papeles y con especialistas, no descartara la familia que el chico era, simplemente, un adelantado a su tiempo y edad. Un realista-negativista, pero ante todo, un economizador de esfuerzos. El “para qué voy a comer si luego voy al baño” en realidad es gestión de esfuerzos, sin tener en cuenta que el comer es necesario igual que lo es el vivir experiencias. No importa si acaban mal o si un novio te deja. Las vivencias del amor, del trabajo, de la amistad o del esfuerzo tienen valor en sí mismas. Y con tanta economía nos perdemos las sensaciones. Yo soy fan del teléfono por permitir acercar a amigos lejanos o poder “tener contacto” con mi pareja aunque yo esté en el trabajo… pero nunca, nunca, ese aparato artificial tendrá el valor de un buen café en un sitio con encanto, con los amigos de siempre, recordando cosas viejas e imaginando las futuras. El sabor de ese café rodeado de cariño no tiene precio. Y ese chico se estaba perdiendo todo eso por tener razón demasiado pronto.

    Nunca supe nada de él. Quién sabe si cambió de punto de vista y se hizo más “pasota” o “positivo”, si tenía en realidad una depresión encubierta o se acabó suicidando, como tantos otros niños, por ver algo que los demás no habían visto. El suicidio infantil es un tema tabú pero en realidad, no debiéramos tratar a un niño como si fuera tonto. Siente, ve, razona, saca conclusiones…. y por qué tienen que ser tiernas y positivas. Cada mente es independiente y un niño que respire en el mundo puede alcanzar razonamientos de todo color y forma. Y los adultos nos arriesgamos a que no sean tan simples como queremos que sean. Las muñecas, las chapas, los dibujos animados…. tienen su importancia pero a veces, no poseen la fuerza para detener la evolución de la mente humana. Según mi madre, yo estaba enamorada de un compañero de la guardería. Y tenía muñecas. Pero no me sirvieron para no meter un pié en el mundo del amor romántico. La pobre no podía ni hacer la compra tranquila porque, como pasara el niño en cuestión por la zona, en seguida yo me ponía a gritar “mamaaaaaá, allí está Miguel Angel, allí está Miguel Angeeeeeeeel”. Y la pobre ni se enteraba del precio ni de lo que había pagado ni de nada. Y estuve así… pues probablemente un año. Hasta que pasé a párvulos y ya no estuvo ese chico en el panorama. Pero con todo esto quiero hacer ver que una niña de cuatro años se puede enamorar, desde luego no como alguien de cuarenta, pero tampoco como un ser candoroso e inocentón. A mi Miguel Angel me gustaba y hasta casi cogí obsesión, jejejeje. Ahora no le reconocería ni él a mi. Menos mal, qué vergüenza. “Mira chaval, esa es la locaza que se ponía tonta cuando te veía, jojojojojojo”. Uy, uy, uy, vamooooos. Jejeje.  También recuerdo que con diez años me tocó vivir el “Otan no, bases fuera” y que me dió mucha rabia no tener edad para votar porque estaba absolutamente en contra. Y sólo era un año mayor que el niño comentado. La inocencia se acaba pronto. Así que, padres del mundo, aprovechen ahora la etapa de bebés de sus nenes porque ésta, como viene, se va. Y luego entramos en el realismo atroz y la crisis y el sufrimiento, dejan huella.

     Ahora yo comparto mi vida con alguien que vino en el momento preciso y de la forma precisa. No hay nada que me haga más feliz. Menos mal que cuando tuve cuatro años no inicié una relación con Miguel Angel, de cuatro también. Si no, puff, ¡qué sería de mi ahora¡

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