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Durante toda mi vida, siempre he pensado que Luisa es un nombre muy típico de abuela. Ya perdí la cuenta de cuántas personas me he cruzado a lo largo de los años cuya abuela se llamara así. Suena a nombre tradicional: la hierba Luisa, la zarzuela “Luisa Fernanda”… No es muy corto ni muy largo, cosa que está bien, y no  se le pueden hacer rimas “feas”. Pero aún así, creo que resulta muy fácil imaginarse a alguien llamado Luisa y que el rostro que nos venga a la mente sea uno maduro y serio.

    Yo no iba a llamarme así. Aunque venga de dos generaciones previas de “Luis”, el nombre previsto iba a ser el de mi abuela materna. Era el año 1976 y ya en España se permitían los nombres extranjeros (sobre la prohibición de lenguas extranjeras durante el franquismo se podría hablar horas y sobre la estigmatización del castellano en la actualidad en algunas zonas, también). Y claro, mi abuela tenía un nombre precioso y sonaba muy bien. Tenía un significado bonito y mucho más romántico que los nombres castellanos como tal. Es más, en Japón se escogen los nombres según lo que le quieras desear a tu hijo en el futuro, la sensación que quieras que le represente cuando se escuche su nombre e incluso los significados pueden ser frases completas si se enlazan nombre y apellido y sus contenidos forman un todo. Es algo muy complejo y cuesta mucho decidir cómo quieres que se llame un niño en ese país, no es algo tan aleatorio como aquí. A veces el significado japonés puede resultar simple, como por ejemplo llamarte “el primer hijo”, pero en cierto modo, si quieres que sea eso lo que le represente, bien escogido está. Con el mismo significado, hay muchas variantes de sonidos que se pueden combinar, vamos, que es un puzzle de signos, significados y fonemas que hacen del nombramiento de un vástago, todo un arte.

    18 de septiembre de 1976. Cuánto parece haber llovido desde entonces. Nací un mes antes de lo previsto. Pillé a mi madre en el día de su cumpleaños, cual regalo inesperado. La pobre se encontraba comiendo con mi padre en Casa Poli, un restaurante de la calle Infantas, en Madrid, que antes solían frecuentar. Empezó a encontrarse algo indispuesta aunque para nada se imaginaba que yo estaba “llegando”. Aún quedaba un mes para el trance de dar la bienvenida a una niña que venía de nalgas (todo un dilema en aquella época, de hecho, el tocólogo del seguro de la empresa de mi padre ya les advirtió que no se les ocurriera acudir a la clínica el día del parto, sino que directamente pensaran en La Paz). Ay, mi santa madre y las nalgas de su hija. Pero bueno, a lo que íbamos. Mis padres, como buen matrimonio sencillo de la época, volvieron en autobús a casa (nunca tuvieron ni tendrán coche ni carnet…). Al bajar del bus la tripa de mi madre mostró el típico descenso brusco y ahí mi padre dijo…. “uhhhhh, uhhhhh”. En casa, la pobre iba cada vez peor y al final llegaron a la conclusión de que…. estaba de parto. No me quiero imaginar el momento para una pareja sin coche, con bebé que viene de nalgas, mi madre hablando poco español, mi padre con gran tendencia al nerviosismo…. vamos, de película de situación. Ni Paco Martinez Soria podría haber retratado mejor el sinvivir de un matrimonio de la época como mis padres.  Encontraron a duras penas  un taxi y mi padre decidió hacer  lo que todos los padres de esa época hacían desde una ventanilla de coche cuando se llevaba a un enfermo de pasajero: SACAR EL FAMOSO PAÑUELO BLANCO. Y agitándolo como una barita mágica, fue barriendo por su camino a todo aquel osado que entorpeciera mi llegada, como un rotativo de luz celestial que paralizara con su vaivén el ritmo del mundo. Zas, zasss, zas, zasss….el pañuelo fue avisando de mi venida. Qué cosas. Ahora se me ocurre que para entrar en casa, le podría sacar a mi amado un pañuelo blanco desde mi coche para él supiera enseguida que soy yo, no una imitación, sino la auténtica Japochan que llega con el pan….

   Por fín mis padres llegaron al hospital. Me imagino que mi madre tendría los pensamientos revueltos en su idioma (llevaba un año en España) y la mezcla en su mente de las frases de las enfermeras en español y las de su cabecita en japonés debía resultarle trágica. Tuvo que venir a este país para dar a luz un mes antes de lo previsto a una nena que venía de nalgas…. qué vueltas tan curiosas tiene la vida. Ella, con su vida tan montada al otro lado del mundo, acabó en un país de costumbres totalmente distintas al suyo. Ya en la boda, en el 75, con la bandera del aguilucho y la del sol naciente presidiendo la mesa del banquete en armonía, esa mezcla de culturas avisaba de lo que estaba por venir. El aguilucho se marchó y el sol, aquel día, iba a nacer “de culo”.

     Después de horas de espera, a las 22:30h de aquel sábado, sucedió el parto vía vaginal: primero un pié, luego otro. Malabarismos del ginecólogo a la hora de colocarme en podálica para sacar los piececitos por orden. Porque un parto así,  como siga el parto de nalgas y haya una complicación ….. cesárea obligatoria. Pero no, fui buena y saqué los pies del tiesto como una buena chica.  En eso me mantengo: si me dicen que tengo que hacer una cosa siguiendo un protocolo, lo sigo. Faltaría más. Así que al final, vine al mundo precedida por un restaurante ( de ahí mi afición a comer…) pesando  dos kilos ochocientos gramos ( quién lo diría luego con mi cuerpo de pressing catch….) y con una ansiedad que me hizo adelantarme un mes. Eso, con ganas de ver mundo ya porque en la tripa se estaba bien pero todo era igual cada día. Y eso, a partir del séptimo mes… ya no mola tanto.

     Después de todo el proceso, de los nervios y demás complicaciones, mi madre estaba exhausta. Así que cuando tocó acercarse a la ventanilla de registro de nacidos del hospital… (sí, sí, existía en esos años esa ventanilla….), mi padre fué el encargado de acudir para reafirmar, bajo el amparo de la legalidad, que yo era yo, que existía, que estaba viva y me iba a llamar como mi abuela japonesa. Así mi sangre nipona iba a mostrar un bonito nombre por tierras castellanas y al pasar lista en mis futuras clases del cole, la gente lo iba a flipar con mi nombre japo. Pero no. Tenía que dar mi padre con un tío casposo  y rancio, pro-franquista y pro-españolista, que defendiera la norma antigua de ponerlo todo en “español”, no en castellano, sino en español como se decía antes. Y empezó con el sermón que se solía soltar en la época de Paquito: que no se podían poner nombres que no fueran españoles, que había muchos apelativos nacionales y que para nada iba a permitir una palabra extranjera, que se fuera olvidando mi padre de poner algo así…. Y claro. Ahí estaba mi padre, una persona nada dada a los cambios de planes, que todo lo quiere según lo esperado y que cualquier contratiempo le parece un mundo y le supone iniciar un cuadro de nervios que le paralizan la mente. Él, a día de hoy, me dice que insistió en su lucha por ponerme el nombre acordado. Pero claro, entre su excelente educación y su poco afán de discusión…. puff. Y encima sin estar mi madre allí para pelear ( porque ella será educada y callada como toda japonesa, pero cuando tiene que soltar un “hasta aquí”, lo suelta y uno se queda literalmente helado porque no se espera tanta dureza en alguien tan pequeño y delicado). Así que ahí estaba mi padre, sólo ante el peligro de un pasado nacional que aún acechaba en esos pequeños detalles. Y claro, había que ponerme un nombre y según él, ya se formaba una cola considerable tras él por tanta discusión…. y cuando la gente te mira con la “acidez” de la espera en una ventanilla….. la mente comienza a vomitar un magma espeso de nebulosas, ideas inconexas, palabras balbuceantes… y a mi padre sólo le vino a la mente el único nombre que tenía más a mano: EL SUYO. Así es como la estirpe de los “Luis” prosiguió una tercera generación. Y menos mal que no me llamó igual que mi abuelo, sino sería  “Dominga Luisa”  y eso…. es para digerir a parte.

     Mi madre, convaleciente, poco pudo hacer o decir. Y con su marido y su “Luisa”, regresó a casa. Ese capítulo de gestante finalizó y después vino otro, más amargo. Pero lo dejo para otra ocasión porque es algo tan complicado que merece un episodio propio.

     Pasaron los años y mi nombre ha sido aceptado con agrado por mi familia y amigos. Siempre me han dicho que suena agradable y que “me pega”. Y gracias a mi padre, no llevo el “María” delante, tan católico y tan común en todas las “Marisas” de España. Aunque siempre me toca explicar que no soy ni “María Luisa” ni “Marisa” ni cosas por el estilo, simplemente, “Luisa” a secas. Y punto. Agradezco a mi padre mucho, muchísimo, el no ponerme ese precedente tan religioso. Entre que él no era muy apostólico (aunque sí cree en un Dios superior, según dice él) y mi madre no es cristiana ni es nada en realidad (ella es práctica y ve las religiones japonesas como costumbres y filosofía de vida y no como dogma), pues no tenía mucho sentido el “María”. Y supongo que yo, siendo lo que soy en pensamiento, he tenido suerte de no llevar ese escudo tradicional.

    Así que aquí estoy, con este nombre tan castizo, tan de zarzuela, que poco pega con mi forma de vestir tan moderna ni con mi cara de mezcla racial. Pero bueno, es lo que hay. La pena es que el apellido japonés se perderá en la siguiente generación que nazca en España, si tengo hijos, y por parte de mis primas japonesas ya no se heredará, puesto que se casaron y lo perdieron como es costumbre en ese país. Así que lo único ( a parte de mi sangre) que hubiera perpetuado la estirpe japonesa hubiera sido mi nombre. Ahora soy “diosa de la guerra”, muy germánico y muy digno, evidentemente. Pero siempre, para los más íntimos amigos, he sido y seré HARUMI, al igual que la mujer a la que siempre admiré por su lucha en una época muy difícil de la historia de Japón: sobrevivió como mujer trabajadora durante la guerra, dió a luz como comadrona a cientos de niños, aguantó el machismo en casa y en la sociedad, cuidó de unos suegros durante toda su vida y sacó adelante a dos hijos aportando unos valores y un espíritu de curiosidad y fuerza que aún hoy, creo que perpetuo. Cuando pienso en ella, en su carita llena de arrugas comiendo arroz o mirando los pájaros del jardín, se me aparece el significado de su nombre y una calidez invade mi espíritu. Ella ERA SU NOMBRE, una auténtica “primavera hermosa“. Y así me siento cuando un viejo amigo pronuncia esa palabra. En los días en que la nostalgia cubre mi corazón y pienso en mi otro país, miro por la ventana y me imagino la primavera llena de cerezos en flor, la suave brisa meciendo las flores y ese olor a verde e incienso que todo lo impregna. Y con esa primavera hermosa mi alma suspira tranquila y sé que mi abuela, donde quiera que esté, cerrará sus ojos sintiendo los rayos de sol en cada arruga y descansará, junto a mi abuelo,  en esa estación eterna.

Por la memoria de ambos, cuelgo en mi blog una foto de nuestro pueblo.

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