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Cuando uno es pequeño observa lo que le rodea: unos padres, una casa, probablemente un coche, un colegio y unos compañeros. Todas las personas que alcanzas a ver conforman tu núcleo social y comienzas a aprender en él los distintos tipos de relaciones interpersonales que pueden existir: no es lo mismo el compi de clase al que le pides un sacapuntas que al que le pides cambiar cromos, no es lo mismo el compañero de grupo de juegos de recreo que aquél que te acompaña en las aventuras de por la tarde en tu barrio. No a cualquiera le das un trozo de bollo o le invitas a tomar el cola-cao en casa (ay, recuerdo las palmeras de chocolate que servía mi madre a todo niño invitado a casa, qué tiempos, hoy lo rememoro con añoranza por una época donde todo era sencillo y nada te hacía sufrir). Siempre agradeceré lo atentos que fueron mis padres con todos mis amigos, se interesaron por ellos de forma sincera y eso es algo que nunca podré agradecerles lo suficiente. Me inculcaron unos valores que ya quisieran otros, de verdad, gracias.

También aprendías sobre gerarquías: tus padres mandaban en casa, tus profes en el cole y los jefes de tu padre estaban por encima de él (cosa que entendías pero te costaba asimilar… “¡un jefe por encima de mi jefe¡”). Y así crecías recibiendo datos, valores, experiencias, sensaciones… todo iba pegándose en el álbum que formaba tu vida como pegatinas de un bollo exquisito que era el día a día. Todos las mañanas te sorprendía un sabor nuevo, algunos días digerías mejor que otros, pero te ibas a la cama cansado de tanto jugar, estudiar y ver.

Las amistades, con los años, iban distanciándose o en el mejor de los años, reforzándose. Muy difícil es conservar los amigos del cole pero sí es frecuente mantener los del instituto, donde ya eres mucho más adulto y sabes mejor lo que buscas en una persona y lo que no, lo que te hace feliz en la compañía y lo que te disgusta o aburre. Yo tengo la inmensa suerte de tener aún hoy, a algunas personas de esa época en la que viví con intensidad. Crecimos y maduramos juntos y eso nos unió al igual que la multitud de experiencias que compartimos en otra época que suele distanciar: la universidad. Allí conoces personas con las que compartes tantas horas del día (ay, dichosa sala de estudios, eso parecía un experimento del gobierno sobre cómo conviven varias personas 14 horas al día). Es difícil mantener las amistades o novios del instituto y yo tuve la suerte de mantenerlas y de hacer otras nuevas. En cada etapa eres algo distinto y te unes a personas también variadas. Luego es bonito celebrar un cumpleaños en la treintena y juntar a las personas de todas las etapas de tu vida y ver que congenian. Igual siempre buscas un rasgo común en todas ellas.

Y la vida avanza, avanza, y ves que poco a poco te acercas a la etapa en la que estaban tus padres cuando tú los analizabas desde tu pequeña estatura, teniendo que ir al trabajo, limpiar la casa, pagar facturas, ser responsables… De pequeño los problemas son que alguien no te hable en el recreo o que te pongas nervioso el día de antes de un exámen de sociales. Pero de adulto, el que no te habla puede ser un compañero de trabajo o un marido, y te pones nervioso cuando te hablan de un ERE o tienes que mirar la cuenta bancaria para comprobar que está más vacía de lo que tú querías imaginar. La vida cambia y con ella, la proporción de las cosas. Y tú también cambias y te haces duro, lo que antes no podías vencer ahora es pan comido pero tal vez, lo que antes no te agotaba, ahora te tiene ya desbordado. Y claro, pasan las décadas y en cada una de ellas, haces balance.

De los 0 a los 10 años:

Es una etapa que pasa con una lentitud tremenda para ti (no para tus padres, que observan aterrados cómo van perdiendo a su pequeñín y tienen en casa a un ser casi desconocido). Cada curso escolar duraba una barbaridad, tus amigos eran los compañeros de una vida eterna, siempre los mismos apellidos, sólo perdías a alguno que repetía, pero por lo general, los conocías mejor que a tus padres: sus gustos, sus berrinches, las veces que les había regañado el profe, cómo era su carpeta o su mochila, los salones de su casa donde celebraban los cumples, sus hermanos mayores (esos que nos parecían tan inacanzables). Es una época tierna donde es conveniente que todo vaya bien y con calma. Tus padres te dan de comer, te visten, te dan mercromina en los rasguños… todo es así, sencillo, la responsabilidad recae en otro. Y la fidelidad de las personas no es algo efímero. Es muy fácil levantarse para obedecer, todo lo tienes escrito.

 

De los 10 a los 20 años:

Esta etapa es muchísimo más interesante y ya pasa con más velocidad. Eres el malote de los últimos cursos del cole, tienes que estudiar un poco más “de verdad” (luego ves que las mates de octavo de EGB no son NADA en comparación con las matrices del instituto y por supuesto, con la estadística de la carrera….), empiezas a ver a las personas de sexo contrario como lo que son, seres interesantes y mucho más desconocidos de lo que parecía. Comprendes que los juegos ya no significan lo mismo, todo tiene dobles sentidos. Sales en pandilla al cine del barrio, ya no basta con correr por los portales jugando al escondite. Gastas tus primeros dineritos en chuches o meriendas (recuerdo las tardes de cine con kikos y Lollipops, ay, qué barato era y qué rico sabía en esas sesiones dobles con peli barata primero y peli buena después; el cine a los 13 años tiene una magia irrecuperable). Las primeras veces que te piden salir, los primeros “no”, los primeros “sí”, esa sensación de que eres alguien muy especial para alguien ( cómo envidio a las parejas adolescentes de los parques, veo esas miradas llenas de atención y de curiosidad por el otro, ese afán por escuchar lo que sea que tenga que decir tu pareja y por responder con todas las ganas del mundo a una pregunta simple). La ilusión que sientes durante esa fase, donde todo es emocionante e intenso, no se vuelve a sentir nunca más, no de esa manera llena de inocencia.

Recuerdo cuando hice por primera vez Scones ingleses en casa (vale, suena snob, pero era un reto y me quedaron riquísimos). Tenía quince años. El novio que tenía en aquella época vivía en Madrid y tenía que coger un autobús para volver todos los días. Siempre tendré grabado en mi memoria el momento en que preparé en un pañuelo varios de esos bollos y salí corriendo por las calles de mi barrio, con el estómago en la garganta por la maratón, hasta alcanzar la parada. Sólo quería que no se quedara sin merienda y la ilusión que me hacía que tuviera los Scones y la que yo vi en sus ojos al recibirlos, no tenían precio. Eso era inocencia pura y dura, sin artificios, sin resentimientos, sin las cicatrices por vivencias pasadas que malogran lo presente, sin las sombras de la sospecha que siempre percibimos los adultos cuando algo es demasiado bueno. No. En esas edades, lo que parece bueno lo es, y ya está. Y así debería ser siempre, pero es muy difícil. El ser humano tiene una gran losa que es la memoria sentimental, y esa no se puede borrar salvo ictus isquémico. Cuando veo a alguien adulto, de mi edad, siendo inocente, le envidio, envidio su capacidad para creer y para ilusionarse y me pregunto por qué no solemos poder. En la vida adulta ya no hay esfuerzo sin sacrificio, premio sin dolor, dinero sin suciedad, amor sin soledad. Todo es una moneda de doble cara y una de ellas nunca gusta.

Es cierto que en esa franja de edad sufres cambios y dudas y depende de tu buena base y entorno para pasar el trago de una forma sensata: te tienes que empezar a depilar porque si no, los chicos de tu clase te ponen a parir, das la bienvenida a la dichosa menstruación (que si me llaman para ir a la piscina y no puedo llevar compresa, que si me va a notar que la llevo atrás en los pantalones, que si me duele el abdomen, que si…..), empezar con las compresas de noche y asimilar su tamaño gigantesco y con los famosos Tampax, que si tienes acné, que si los chicos tienen dolores de cabeza en clase (algo frecuentísimo, yo siempre lo entendí como la “regla de los chicos” pero ahora, con mi profesión, veo que no tiene base científica…). Que si me gusta alguien que no sabe que existo, que si me regañan los profesores por algo que hace otro y no me cree, que si discuto con mis padres por la hora de volver a casa, que si los demás pueden volver de madrugada y yo no, siendo responsable y lista y no habiendo dado problemas nunca (cosa que me parecía injusta: siempre creí que con mis notas tenía todo ganado por mérito propio). Y lo más frecuente: que si estoy gorda, que si la ropa me queda fatal y no puedo salir así de casa (cuántas veces me quedé sin ir a la piscina porque tenía la idea metida en la cabeza, qué veranos y qué berrinches con mis padres, ahora lo pienso y me arrepiendo de las oportunidades de salir perdidas). Qué paciencia tienen los progenitores en esa época, de verdad, yo no podría haberme aguantado y eso que no fui de las más malas, fui normal pero con carácter, eso sí, yo fui adulta casi desde la década anteriormente comentada y claro, me crispaba ser menor de edad. Luego los padres también tienen que pasar el chaparrón de la famosa “selectividad”, periodo en el que el niño estuuuuuudia y se criiiiispa y es capaz de hartarse y salir por la tangente en cualquier momento. Es la primera gran prueba vital que tiene que superar y que avisa sobre estudios futuros y tensiones laborales que uno vislumbra en el horizonte. No es parecido, pero algo suena de lejos.

Así que bueno, se pasó la “edad del pavo” bien, con diversión y calma y ahora estoy orgullosa de haber sido de las últimas generaciones que fue sana y disciplinada. Todo lo que vino después…. dio y da miedo.

 

De los 20 a los 30 años:

Oh, qué época tan extraña. Tanto para el que trabaja como para el que estudia en la universidad, inicia un periodo en el que te das cuenta de que ya no eres un niño pero aún no te dejan ser independiente del todo. Para el universitario, sigues sin sueldo, sin casa propia, teniendo que acatar lo que dicen tus padres pero con una edad como para votar, delinquir y pagarlo con prisión, sufrir embarazos no deseados, vislumbrar futuros inciertos, luchar en el mundo de la competencia con otras hienas…. La mezcla es muy extraña. La presión en la universidad puede ser brutal (la mía era de las de aprobar con un 7 como mínimo y con asignaturas llave, luchas encarnizadas entre alumnos por conseguir libros de la biblio en el préstamo de Navidad y menosprecio por parte del profesorado si no eras de la élite de sobresalientes.., pero también hay otra universidad, la de los “petas” y las charlas en el cesped, allí sí que lo pasaban bien…).

Eso sí, ya tienes una edad como para salir hasta tardísimo, pasar la noche fuera, hacer cenas en casas, fiestas, callejear por los barrios más interesantes de las noches de Madrid, conocer restaurantes originales y pubs con historia…. Un mundo nuevo se abre ante tus ojos, viajas con amigos a sitios cada vez más lejanos, muchos ya tienen carnet y coche, vas a la playa con gente que no son tus padres y tienes tu propio horario, tu propio camino. La vida amorosa ya tiene varios volúmenes, tienes experiencias que te sirven para no tropezar en las siguientes relaciones, comparas, vives en definitiva, y eso te forma sin saberlo para lo que todo el mundo llama ” la relación definitiva”, que nunca sabes cuál es hasta que la ves. Eres dueño de tu tiempo salvo por los estudios (que te anclan un tanto a la vida adolescente y te retrasa la autogestión económica), eres dueño de las calles que pisas como si cada día de tu vida fuera propio de una “movida madrileña”, conoces grupos musicales impresionantes, vas a conciertos, vistes auténticamente como quisiste, mejoras y pules gustos, te refinas, lees mucho más y con más amplitud de miras…. eres….. un adulto. Y ahí vives los primeros problemas más serios: ya tienes motivos que te puedan provocar auténtica ansiedad o depresión, ya tienes algún amigo muerto en algún accidente de tráfico, los abuelos de alguna de tus dos familias empiezan a fallecer, incluso algún progenitor (porque ya toca, cuando tienes veintitantos, tus padres tienen cincuenta y….), tienes ya alguna relación amorosa más seria y el batacazo al finalizarla es aún más duro. Ya no se trata de amor inocente, es algo mucho más consciente y elegido y por tanto, mucho más doloroso de perder porque sabes qué pierdes. En la década anterior llorabas desconsoladamente en tu cuarto cuando dejabas a alguien o te dejaban pero el tiempo curaba mucho antes y con menos cicatriz. Ahora no, ahora todo deja huella profunda y públicamente más visible. Todo está más pensado y eso es bueno y malo a un tiempo.

Ésta es una década que para algunos pasa a una velocidad supersónica. Hace poco celebrabas tu mayoría de edad y ya estás temiendo los famosos “treinta”, puff, ver que a mitad de década ya no puedes disfrutar del Interrail (yo me perdí la oportunidad y aún lo lamento, dios, qué tonta fui). Muchas de las cosas para jóvenes son para menores de 25 años. Madre mía, con 26 eres viejo. A veces, la vida te obliga a vivir muy deprisa y no te da tiempo a abarcar, no puedes, es que no es posible hacerlo y vivirlo todo y si no lo haces, luego te pones a hacer cosas de mucho más mayor cuando ya no toca y no procede. Ojo a los que hacen botellón con cuarenta.

De los 30 a los 40 años:

Aquí la variedad de vivencias es tremenda. Para los que no hicieron estudios universitarios, esta década se adelante como 8 años. Muchos ya tienen marido e hijos desde la década anterior y sus “treinta” suenan a los “cuarenta” que me suenan a mi, que aún no soy madre y me puedo permitir vivir como una persona más libre. Ya tienen desde los veintitantos una buena hipoteca y llevan más años amortizándola. Van ya por su segundo o incluso tercer vehículo y han cambiado varias veces de empresa. A veces me sorprendo al ver a algún antiguo compañero de colegio en esta situación. Siempre pienso en ese momento “¿aparentaré la misma edad yo?”. Porque claro, me veo todos los días, no puedo sorprenderme de mi misma. Y mis amigos tienen siempre el mismo aspecto. Pero claro, de mis amistades de instituto ninguno ha cruzado la línea de la paternidad y los que lo han hecho, son tan modernos que no dan la impresión que daban nuestros padres en su situación. Así que cuando vuelvo a casa, después del encuentro con esos viejos compañeros, me miro al espejo y respiro aliviada. Pero al mismo tiempo me surge una duda: el estar, a lo mejor, retrasando algo inevitable. No tengo “síndrome de Peter Pan”, eso no es sano, pero siempre vivo como si mi cuerpo no tuviera treinta y tantos, trasnocho como hace una década y a todo plan digo que sí. Claro, puedo hacerlo, tengo ese tiempo libre.

Para los que estudiaron una carrera técnica, esta década se adelante unos tres o cuatro años, no más, pero sí es cierto que empiezan a tener una solvencia económica mucho antes que los “pringaos” que estudiamos carreras de seis años, con estudios de postgrado, oposiciones y periodos formativos obligatorios. A mi siempre me ha parecido antinatural vivir con los padres con más de 25 años. No es normal, uno necesita intimidad, ya no puedes seguir con unas normas que no son las tuyas, y te sientes un poco parásito, te pagan todo, te lavan la ropa… pero si tienes algo de conciencia y amor propio, en el fondo, te gustaría tener tu propio territorio aunque suponga tener que hacertelo todo tú.

Así que bueno, ésta es la etapa más difícil: sueles tener tu “pareja definitiva”, o eso quieres creer y luchas en esta década por mantenerla, te llevas tus primeros divorcios, tus primeros quebraderos de cabeza con los repartos de las posesiones, tienes tus primeros hijos (ya es lo normal que las mujeres tengamos el primero con treinta y …..), sufres de lleno las subidas de tu hipoteca, las bajadas de sueldo, las subidas de los precios, los despidos más graves, porque ya no eres joven, te adelantan otros, pero tampoco eres tan mayor como para tener las cosas pagadas, tienes personas a tu cargo y el peso de la responsabilidad recae sobre tí, no sólo las repercusiones de tu vida, sino la de tu pareja, hijos, padres mayores…

Ah, éste último punto. Tus progenitores, cuando tienes treinta y tantos, ya tienen sesenta y… o setenta y… Y claro, quieren aún vivir los tiempos y te preguntan constantemente dudas de informática de lo más inverosímiles, tienen sus primeros grandes achaques físicos, comienzan a no tener la memoria que tenían y a perder mucho más la paciencia y que la pierdas tú con ellos…. La relación con ellos se vuelve hostil, como en la adolescencia pero esta vez “los jovencitos” son ellos. Y tú te preguntas “¿será esto una venganza del destino?”. “¿Me mereceré yo que me ataquen desde arriba los padres, desde abajo los hijos, desde un lado tu pareja, desde el otro los problemas laborales, desde más lejos la familia política, desde dentro mis primeros achaques….?”. Y claro, explotas. Porque no puedes con tantos frentes, y no los puedes separar porque te acechan a la vez, diariamente, como si fueras tú la que lleva el timón de un trasatlántico. Y no tienes por qué llevar ese timón, es una responsabilidad tremenda. Puedes llevar el de una casa, pero no el de cinco o seis sitios a la vez. No hay superheroína que pueda y quiera asumir eso. Y comienzas con una presión torácica extraña y diaria. Puff, será un tirón muscular, una mala postura, alergia al polen, un infarto….. No. No. Es ansiedad. Y cuando nunca, nunca habías sido protagonista de una crisis de ansiedad y te creías que era cosa de otra gente de “otra madera”, compruebas que tú también eres candidata a esa lotería. Y es desagradable vivir con esa losa en el pecho. Cuesta respirar y no te concentras bien en nada, ni en la cuenta del super. Y la cuesta arriba se hace muy empinada. Te sientes así:

Esta década tiene cosas buenas, evidentemente. Recoges elementos que has sembrado en las décadas pasadas y compruebas cómo tu esfuerzo durante los primeros 30 años no ha sido inútil. Tanto estudiar, tanto perderte cosas, tanto aprender y sufrir… te llevan a ser quien eres, con tus cualidades y tus defectos, pero te han formado como una persona completa dispuesta a luchar. Y te sientes adulta y sabia sin ser vieja y ese punto es muy bueno. Ves todo con una perspectiva interesante. Hablas con tus amigos de la misma quinta y compruebas, respirando tranquila, que todos están bien, que todos han superado las mismas pruebas y han llegado vivos y sabios hasta aquí. Y en ese punto les recuerdas, cuando eran jóvenes y frágiles, y te sientes orgullosa de que se hayan convertido en grandes personas con sus vidas, sus trabajos y sus parejas. Has vivido con ellos lo bueno y las penalidades y viéndoles a ellos, te ves a ti mismo y te das cuenta de que durante todos estos años, no lo has hecho tan mal. Eres lo que eres y están en el punto en el que estás, más o menos bueno o malo, pero tienes recursos en tu interior porque los has ido guardando como las armas que ganas en las distintas etapas de un videojuego.

Y con todo eso haces balance en los días melancólicos como hoy, repasas tu vida y tu persona y te dices “el día está gris pero no negro, habrá soluciones o que venga lo que Dios quiera”. Y por lo menos, sabes que los pasos que has dado hasta ahora están bien, con sus errores, pero en el buen camino. Y relativizas sobre todo lo que te pasa en el presente. Cuando crees que todo es terrible y que nada puede ir peor, rememoras tu biografía, que ya es muy amplia, y te das cuenta de lo mucho que has vivido. Eso no te lo quita nadie, ya lo tienes en el album, todos los cromos valen. Y todos tienen un gran valor.

Con algunos lloraste, con otros fuiste feliz, pero te hacen ser quien eres y eso es bueno. Y esa es la pregunta clave: ¿soy quien quería ser?. ¿Llegué a dónde soñé llegar?. En días como hoy, con esas preguntas tan extrañas en la cabeza y con las respuestas tan borrosas, como en unos apuntes cuya tinta pasó por un chaparrón, recupero mi album. Es lo que le queda a todo ser humano. Sus cromos. Gusta ver a alguien de tu quinta con los mismos que tú en la colección. Y con ese tesoro cierro el repaso y me quedo más tranquila. Recomiendo a todo el mundo, en los días tristes, que utilice esa posesión de la memoria. Eso nadie te lo puede quitar, ni pasando por Guantánamo te pueden arrebatar tu memoria emocional. Y con ella la ansiedad se hace más leve y la losa ya es sólo una liviana hoja de papel.

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