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Viendo que un blog puede ser un lugar de ayuda social, hoy voy a evitaros un disgusto posible en vuestro tiempo de ocio. Otro día me dedicaré a recomendar un buen restaurante o exposición, pero creo que siempre urge más el avisar sobre los lugares que es mejor no visitar.

   El otro día, mi amado amadísimo (The Padelboy)  y yo, tras un durísimo día de compras y gastos, nos planteamos relajarnos por el dinero perdido. Y qué mejor cura para ello que seguir gastando. Dijimos “pues a llenar el buche, que  con la tripa llena el riego sanguíneo va mayoritariamente al abdomen y el cerebro pierde potencial para pensar en lo sucedido”. Ya se sabe, con la tripa llena, se piensa poco, mejor y con más humor. Así que elegimos un italiano del centro comercial Plaza Norte de Madrid. Pongo los nombres de los restaurantes porque creo que hay que ser sinceros en todo esto y no voy a mentir. No voy a afirmar que venden comida china en un italiano así que no creo que me puedan denunciar por decir algo bastante demostrable.

     Así que bajamos a la planta -1 y elegimos LA TAGLIATELLA, que pertenece a una cadena de italianos que hay en diversos lugares ( ya habíamos comido en el que está cerca del Corte Inglés de la Castellana y todo había ido bien….). Para empezar, había un grupo esperando delante de nosotros y muchas mesas vacías. Después de esperar un rato absurdo, entré y le pregunté al camarero  si podíamos sentarnos libremente, ya que habiendo mesas libres y preparadas, era ridículo estar de pié fuera. Me respondió que no, que esperáramos, que pronto nos atendería. Ese pronto…. fueron minutos de indecisión por nuestra parte. El camarero se estaba arriesgando a que eligiéramos otra de las muchas competencias que hay allí. Pero bueno, estábamos de buen humor y charlando, charlando…. ( y relatando de memoria El Quijote, el Cantar del mio Cid y toda la obra de Calderón de la Barca….. más hablar de las noticias de lo que llevamos de siglo…. y de los cotilleos de tooooda la gente que hemos conocido en nuestros treinta y tantos años de vida…. y de repasar la tabla periódica de los elementos…. y de enumerar los meses en tooodos los idiomas de la comunidad económica europea…….). Por fin sentaron al grupo de delante….. pasan más minutos…. y luego a nosotros. Después de leer la carta “n” veces multiplicado por el número “pi”, elevado a “e”, nos tomaron nota. Y en ese momento…. empezó lo peor. Nos atendió una camarera distinta al chico que nos sentó, una mujer algo seca, de pocas palabras, probablemente dominicana por el acento. Habíamos pedido una ensalada y dos segundos. Ya sabemos todos lo dificilísimo que es hacer una ensalada (los cocineros tienen que ir a recolectar las lechugas a un vivero, ir a la costa a por sal y matar a un pato y esperar semanas para curar su jamón). Pues bien, la ensalada no llegaba. Fácilmente esperamos 30 minutos. Cuando le recordamos a la camarera que faltaba el dichoso plato ( ya muertos de hambre, con el pan acabado y las bebidas en la tripa….), fue  a la cocina (sin correr mucho) y trajo la famosa ensaladita. Es decir, llevaba preparada una eternidad y el error había sido de ella al no traerla. Aprovechamos para pedir más pan y bebida. Comenzamos a repartir la lechuga y de pronto… no había jamón de pato. Atención. ¡No tocar ni comer nada para que luego nos dijeran que ya estaba en el buche¡ Avisamos del error al otro camarero. Y pasaron minutos (repasamos todas las batallas de la Primera y Segunda Guerras Mundiales, las de la guerra de Secesión, las de la Guerra Civil, las de la Guerra del Golfo y cada día de lucha en la invasión de Manchuria por los japoneses…. mi Padelboy me enumeró las alineaciones de toooodos los equipos de la liga inglesa y la española, los nombres de todos los jugadores del Protour de padel y la lista de tooooodos los tipos de pienso que pueden vender en una tienda… yo le enumeré todos los colores que puede distinguir una mujer, es decir, como un monólogo de 30 minutos…. y repasamos las listas de toooodos nuestros contactos de móvil… vamos, una charlita corta, corta). No llegaban ni el pan ni nada. Vino la bebida sin vasos 10 minutos después con la camarera seca. Le dijimos a ella lo del jamón y  que faltaba el pan. Nos contestó, sin mirarnos a la cara, que llevaban retraso y “TENDRÁN QUE ESPERAR”. Vamos, que nos perdonó la vida. Yo me sentí como en aquellos campos de concentración en los últimos días antes de la derrota de los alemanes. Me matará la camarera… no me matará…. sí… no… sí… no. Trajo después un plato de 6 centímetros de diámetro con 4 lonchas secas de jamón. Ah, que por aquello estabamos pagando un ojo de la cara. Vaya. Y ahora los vasos, por fin. Y después de otros 25 minutos….. viene mi pasta y la de mi amado amadísimo. Horror. No era lo que él había pedido. La carita que se le puso a mi Padelboy era un poema. Nos quejamos de nuevo al camarero “más amable” y él, educadamente, nos reconoció que normalmente estaban cuatro camareros y que aquel día sólo estaban dos. Bueno, vale. Eso podrá ser mala suerte por bajas o un recorte por la crisis. Pero daba igual. Había muchas mesas vacías. Las suficientes como para que dos camareros se pudieran hacer cargo (he visto miles de veces terrazas abarrotadas en verano con un sólo camarero eficiente y el mundo no se caía ni llegaba el Apocalipsis). El pobre camarero que daba la cara nos dijo que, tras investigar, la nota se había tomado bien y que su compañera había pedido mal, otra vez error de ella, y que al ser pasta habría que esperar un rato considerable para que se cociera de cero la correcta. Pero que metería prisa en cocina. Así que nos tocó, a mi amado y a mi, comer primero yo con mi santo varón mirándome y casi perdiendo el apetito, para luego comer él, 20 minutos después, una pasta cocida de forma acelerada, con muy poco sabor, con la misma salsa aprovechada y para nada en su punto. No quise echar más leña al fuego pero cuando mi chico me dijo “pues no están muy bien los macarrones”, no quise decirle “cariño, yo sé por qué, no te has dado cuenta de que no le han echado sal”. Me dió tanta pena que se tuviera que comer los macarrones sin sal que  prometí invitarle a un helado a la salida.  No tomamos postre ni café. No dejamos propina. En ningún momento se dignó la camarera seca a pedir disculpas. Cuando casi tooodos los errores habían sido de ella. Uno se puede equivocar, claro que sí, pero por lo menos, hay que ser honesto y pedir perdón cuando a uno le toca, no que lo haga un compañero por ti. El pobre chico se acercó, como resumen final, y nos pidió disculpas por todo, pero claro, le dijimos que no había ninguna queja contra él, sino que tenía una compañera muy mala camarera y con poco compañerismo hacia él. Ella nos contestó mal, no trajo lo que ya estaba listo, pidió mal, fue lenta, le importó un carajo que una pareja tuviera que comer por separado por su culpa, nos evitó la mirada cuando pasaba a nuestro lado… es decir, chapucera y cobarde. Así que decidimos no volver nunca más allí y avisar a nuestros conocidos para que no fueran.

     Lo siento, pero con la imperfección llevada hasta  las últimas consecuencias a propósito, NO PUEDO. Por eso denuncio aquí y ahora a la gente que trabaja mal. A mi no me permiten fallar en mi trabajo y en el caso de la hostelería, los fallos conllevan tiempos de espera y mal humor cuando se supone que uno acude a estos sitios para pasarlo bien. Por eso se llama ocio. Y dejamos dinero en él. Dinero que nos cuesta mucho ganar como para luego perderlo de esta manera.

     Así que ya sabéis, si queréis comer bien, a gusto y sin esperas, no vayáis a este restaurante. Y cuidadín con la seca que hay allí. Si está amargada, que se compre un saco y lo muela a patadas. Pero que no lo pague conmigo. Ni con mi amado amadísimo, mi pobre Padelboy.

 Para la próxima vez, nos vamos a un chino. Viva el arroz tres delicias.

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