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¿Qué es el romanticismo, en realidad? Si le preguntamos a una chica por la calle nos dirá “Cenar con velas, que tu novio te venga a buscar a la salida del trabajo con un ramo de flores, que se despida cada noche diciendo “ojalá pueda decirte esto el resto de mis noches”, que te regale un anillo hecho con una servilleta en un bar….”. Si le preguntamos a cierto tipo de varón, probablemente nos responderá “que me deje tranquilo viendo el fútbol y no me haga preguntas tontas durante el partido tipo “qué es un fuera de juego o por qué le saca amarilla y no roja al de la camiseta blanca….”, que mi chica me compre mi cerveza favorita o que me pida llevarla en mi moto de 1000 c.c. deprisa como el viento”.  No se puede generalizar. No todas las mujeres sueñan con que venga el de Oficial y Caballero  a cogerlas en brazos para sacarlas de la fábrica ni todos los hombres son grises y piensan exclusivamente en cosas prácticas y terrenales.

Pero es evidente que el romanticismo alimenta, seamos conscientes o no, una relación y sin él, todo se vuelve del mismo color. No se puede estar tooooodo el santo día llamando “kuki” o “churri” al compañero sentimental, pero a veces las mujeres anhelamos un poco de torridez lingüística. Y sobre todo, falta FACTOR SORPRESA. Nos levantamos cada mañana sabiendo lo que va a suceder, los horarios de trenes y autobuses, nuestro planning de la semana, cuándo toca gimnasio o compra del mes, cuándo salimos del trabajo para ir a la panadería después, cuándo toca planchar, cuántas veces comemos pollo o pescado en nuestra dieta, a qué hora seguro que llaman tus padres a casa, en qué momento te cruzarás con qué vecino y qué perro, qué conversaciones te darán los pesados de tus compis del trabajo…. en definitiva, todo está premeditado y precocinado. Y eso, desde el punto de vista de la seguridad, está bien, nos hace sentir lejos de la fragilidad del infortunio, somos y seremos miembros del estado de bienestar.

    Pero ¿y las sorpresas? Desde niños nos ha encantado el halo de magia que rodeaba a la mañana de Reyes, cuando sabíamos qué habíamos pedido en nuestra carta pero dudábamos de si los Magos de Oriente nos traerían algo de más o de menos. Y esa zozobra nos hacía estar alerta desde temprano, acudir al árbol de puntillas y romper el papel de los regalos con una fuerza inaudita. Toda esa magia se acabó el día en que alguien nos reveló la verdadera naturaleza de los Reyes Magos o del Ratón Perez. Con un suspiro de melancolía y cariño, en ese momento pensamos en nuestros padres y en lo encantadores que habían sido durante años manteniendo el misterio, procurando esconder en armarios, fuera de nuestro alcance, todas esas sorpresas (a veces de tamaño sorprendente). Y con la dulzura que desprendían esos actos, dijimos adiós a la edad infantil y nos hicimos un poco más hombres y más oscuros.

     Y qué decir de las incertidumbre de un primer día de colegio, un cambio de trabajo, una cita con el posible hombre de tu vida al que aún no conoces del todo, una fiesta sorpresa, un viaje a rumbo un nuevo por descubrir, una nueva amistad por aún por definir con todo lo que conlleva….. todo supone sorpresas buenas o malas, porque también llevan su sombra detrás…. y es cierto que no se puede vivir a base de incertidumbres pero tampoco estar carente de ellas como en un paraje yermo.

    No estamos hablando sólo del romanticismo en la pareja. TODO, todo es candidato a tenerlo, hasta un puesto de trabajo si nos ponemos. Pero en el ambiente del amor marital, un poco de factor sorpresa y de velas siempre viene bien. Un viaje inesperado, un restaurante “raro” que no aparece en las guías, un parque nuevo para pasear, una llamada a deshoras, una nota innecesaria con un mensaje no urgente….. todos esos detalles son la leña que alimenta el motor. Parecen baratos, parecen sencillos, pero es harto complicado no perderlos, no recordarle a la cabecita que esos pequeños pasos se han de dar día a día y no sólo en cumpleaños y aniversarios. Y por qué no, lo de Oficial y Cabellero lo hemos visto siempre como algo peliculero difícil de desarrollar. Pero qué hay de difícil en entrar en un lugar sin acceso restringido, coger a tu pareja en volandas y llevártela en brazos. Físicamente no tiene mucha dificultad. Y además es gratis. Desde luego tiene mucho más valor que regalar un yate  o una tarjeta de crédito sin límites. Ese tipo de detalles ( vencer la vergüenza de entrar rodeado de empleados en una fábrica, con uniforme niquelado, y parecer un caballero medieval tiene lo suyo) se agradecen para toda la vida.

     Es cierto que las mujeres somos casi siempre así, detallistas. Nuestra cabeza no para, tooodo el día estamos pensando, analizando, temiendo hacer de menos o de más. Y es agotador pero muchos hombres no son conscientes de que hay relaciones que se han mantenido a flote gracias a esas “tonterías”.  Es como el hambre que no se tiene porque siempre hay comida en la nevera. Pues igual. Y ese esfuerzo invisible también debería dejar de serlo, que de alguna manera, alguna vez, se nos dijera “ay, pero qué detalle, qué increíble eres por tenerlo, es que no se me habría ocurrido nunca, ay pero qué bien que seas tan romántica”. Pero conseguir que un hombre se fije en esos detalles antes de que se los recuerdes tú…. es pedir peras al olmo. Debemos aceptar que los hombres son así, diferentes a nosotras, regidos por un patrón distinto y con otro criterio de valores. Aunque no estaría mal que los papeles se cambiaran de vez en cuando. No estaría mal que el realismo se tornara peliculero alguna vez. Si las locuras por amor que hemos realizado las mujeres en la vida  se representaran como medallas en la pechera, seríamos capitanes generales. Nuestra adolescencia es casi vitalicia.

     Pero esto es así, amigas y amigos ( no hay que olvidar a los románticos varones, que existen, de verdad, y alguno vive por ahí siendo un incomprendido por sus amigos). Por si acaso, chicas, dejad la puerta de vuestra oficina abierta, no sea que vuestros novios entren un día para secuestraros.  THE END.

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