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Aún recuerdo la primera vez que vi “La princesa prometida“. Aquella maravillosa banda sonora de Mark Knopfler tan evocadora, la melena de Robin Wright tan larga y tan rubia, y sobre todo, el papel de Iñigo Montoya, interpretado por Mandy Patinkin, tan de cuento a la antigua usanza, con esa venganza por su padre y esa nobleza en sus actos. El film era una gran historia de amor, qué duda cabe, pero a mi,esa venganza paralela tan “romántica” , me marcó aún más.

Cuando uno vive en un hormiguero todo está muy bien predeterminado. Quién manda, quién trabaja, quién abre túneles en la tierra, quién explora cocinas y jardines, quien cuida de los huevos… y evidentemente, salirte de los planes ya establecidos por miles de generaciones de hormigas es casi imposible. Las obreras son hembras como la reina pero la diferente alimentación durante su estadio de larva hacen que su destino cambie. Suelen trabajar cuidando de la aquella y sus crías para después ser destinadas a excavar y cuidar el hormiguero. Pueden cambiar bruscamente de labor cuando hay bajas entre las hormigas recolectoras (para esto se suele mandar a las más viejas, que de todas formas iban a a morir pronto…..). Así es la vida de una hormiga. Es una mandada. Escucha, acata, cumple. Da igual que sus compañeras sean malas, malísimas, que tengan una reina déspota y que las crías no hagan más que pedir. La hormiga nació para pensar poco y ser una más, no destacar. Eso siempre es criticado. Uno ha de ser del mismo partido político que el resto del hormiguero, del mismo equipo de fútbol, ha de comer lo que las demás (igual estás harta de cáscaras de pipa, pero te las tienes que comer….). Y puede que te traten mal, que te engañen, que te humillen, que manden a tu padre a recolectar pipas y no vuelva… Pasan los días y eso va quedando como un poso tóxico en tu metasoma abultado.

La gente no sabe que, a parte de los mamíferos, las hormigas son el único grupo que presenta enseñanza interactiva. Una “tutora” escoge una “alumna” y le enseña a recolectar. Está demostrado mediante estudios, que si recolectan mucho, lo harán cada vez más por dicho aprendizaje para después tener el beneficio de poder “elegir otro oficio”, pero si no obtienen mucho, siempre se quedarán las recolectoras como tales. Así es la vida, tienes una buena tutora y un lugar próspero y avanzas. Tienes una tutora pésima y un lugar terriblemente árido, y te estancas. Pero imaginemos que nuestra tutora es fantástica, estricta, como el mentor de “Kill Bill” o como el entrenador de Nadia Comaneci (ay aquella disciplina de Europa del Este, lo bien que nos vendría a nosotros..). E imaginemos que, por un destino negro y cruel, a mi padre lo pisa un desalmado en un parque. Pobre, ya era hormiga añeja, pero no había derecho. Y claro, mi tutora, a partir de ahora, se dedicará en abdomen y alma a sacar de mi la hormiga que llevo dentro, con mis jugos y ácidos hirviendo de ira. Me enseñará a esquivar pies, cigarrillos encendidos, escupitajos… a intuir ruidos, discernir entre miles de aromas posibles, arrastrar objetos terribles. Me entrenará para poder soportar diez veces mi peso en carga, a empujar, tirar, subir, bajar, introducirme en charcos profundos y llenos de fango, a escalar árboles, bajar escaleras de cemento, a esquivar rejillas de alcantarillado, a ocultarme del viento hostil, a protegerme de la lluvia, del sol que derrite las carreteras, de la nieve pesada, de las hojas que me impidan ver las pisadas…. todo eso, mi tutora personal, mi mentora que poco a poco, va dirigiendo mis patitas en una dirección única: LA VENGANZA.

Una vez preparada, mi tutora me acariciará mi redonda y eclipsante cabecita (por primera y única vez) y me dirá “hasta aquí te he llevado, ya has de continuar sola, no tendrás a nadie, a nadie, ya sólo te tendrás …. a ti”. Se dará la vuelta y sin mirar atrás, dejará en el camino pedregoso a una titubeante hormiga de patas frágiles y corazón puro. Yo. Hormiguita. Y en mi cabeza sólo una imagen: el cuerpo de mi padre estrujado bajo una huella de bota de cazador, talla 45, de caucho barato, profundidad de la huella importante ( unos 95 kilos de peso), embadurnada la silueta con aceite de coche ( indiscutiblemente un Nissan Pajero), unas briznas de hierba de jardín de chalet adosado pobretón entre los dibujos de la suela (no suelen poner el mismo cesped que en los chalets individuales, eso una hormiga lo sabe bien), un aroma a cerveza polaca (el grado alcohólico y el olor son muy distintos a los de una Mahou) y unos polvos blancos de yeso de obra, probablemente de buardilla recién reformada ( lo de buardilla lo deduje en su momento por un pequeño trozo de persiana Velux que apareció).

Tendré el perfil del asesino de mi padre bien claro: polaco, 95 kilos, barrio de periferia de chalet un poco “choni”, con buardilla reformada por él mismo (tendría las manos anchas como todos los albañiles), con un Nissan Pajero que perdía aceite. Por la zona hay una urbanización de esas baratas creadas en la época de bonanza de la explosión inmoviliaria. Seguiré el rastro de feromonas del polaco. Así, poco a poco, al principio titubeante, tímida como todas las hormigas. Pero a medida que me vaya acercando al lugar seguro que tendré más valor. Por la venganza es así, se retroalimenta, a medida que pasa el tiempo y ves que puedes lograrlo, todo se te hace más fácil. Te mueves como si fueras un mosquito, rápido e invisible, te sientes invencible como una cucaracha tras una catástrofe nuclear. Sé que avanzaré, avanzaré y encontraré el chalet. Es sencillo, para una hormiga todo esto es fácil. Mejor que un cobrador del frac. Veré el cesped mal cuidado en la entrada, el coche abollado aparcado en la acera de otro vecino ( como todos los jetas), restos de su obra en un contenedor que no se mueve desde hace meses ( fijo que no pidió la licencia para ponerlo), manchas de aceite de coche en el asfalto, una bolsa de basura con latas y latas de cerveza polaca…. Respiraré aliviada. Y llena de adrenalina a un tiempo. Encontraré un orificio en la fachada y desde allí, sin dificultad, llegaré a la cocina. Al frío suelo de gres. Y esperaré a ver a mi ser más odiado entrando sólo a la cocina, sin su mujer “patatera”, sin sus hijos mal criados. No, sólo al hombre de botas talla 45. Y cuando eso suceda me plantaré ante él y le gritaré, todo lo alto que pueda. Soy Hormiguita Montoya. TÚ mataste a mi padre. Prepárate a morir. La venganza estará servida en plato frío, como las buenas venganzas, las reposadas. Y mi vida, por fin, tendrá un sentido.

Pero, en el momento de la verdad surgirán las preguntas de siempre. ¿Me atreveré a matarle? ¿ Será el asesino de mi padre tan despreciable como yo lo imaginaba? ¿Verle con su familia me hará dudar? ¿ Será sólo un pobre hombre insignificante que no recordará lo que hizo? ¿Sabía realmente que pisaba a mi padre cuando lo pisó? Si me vengo, ¿me sentiré ya en paz, tranquilo, resarcido? ¿Iniciaré una nueva etapa de vacío o por el contrario, podré empezar ya de cero una nueva vida, habiendo terminado los deberes? ¿Me matará él a mi? ¿ Me pisará sin querer? ¿Falleceré por la extenuación tras todo el proceso seguido?¿Me habré equivocado de casa?

La venganza es un sentimiento humano y quien diga que nunca ha sentido deseos de llevar algo semejante a cabo, miente. No digo venganza de asesinato pero una pequeña necesidad de devolverle la jugada a un compañero de clase, a una mala amiga de la infancia que te ridiculizó en público, castigar sin un beso a un progenitor tras una reprimenda, no llamar a un novio cuando te falló sabiendo que espera tu llamada para disculparse, ponerle dificultades a un cliente en una ventanilla tras ser éste un impertinente el día anterior, colarte delante de la típica abuela jeta que siempre se cuela delante de tí en la cola del bus, no avisar al tendero de tu panadería sobre unas vuelta errónea de monedas cuando éstas han crecido a tu favor (porque él, alguna vez, te cobró de más a propósito)… Esas pequeñas venganzas son comunes a todo bicho viviente. Nos dejan sensación de justicia en la boca, una pequeña tranquilidad que no se tenía desde el momento de la falta cometida hacia tu persona. Siempre esas cosas se guardan en la memoria, se olvida fácilmente lo bueno pero lo malo, está allí, latente, como una malformación arteriovenosa esperando una pequeña subida de tensión para estallar, para inundar todo con su espeso manto. Y claro, esa presión se libera y uno queda más liviano, como una pluma que flota para posarse en el siguiente paso de tu vida. Y no es algo reprochable. Qué debemos hacer, quedarnos quietos y exponer la otra mejilla, que me cobren mal todas las veces, que sea la última de la cola siempre, que me insulte el cliente sin miedo… Si explico las cosas por las buenas no sirve, hoy en día las hormigas no están listas para escuchar. Yo espero, deseo, que nuestra hormiguita, sobre ese suelo de gres frente al asesino, tenga valor y cumpla su destino. Ah y que nadie la pise. Ella está allí, solitaria, mirando fijamente esas botas talla 45. En sus ojos negros se refleja la ira. Mi nombre es Hormiguita Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.

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