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 Quién no se ha encontrado alguna vez una pequeña y solitaria hormiga en el suelo de la cocina. De aspecto indefenso, con su cabecita redonda y su tórax abultado, ese insecto parece deambular sin claro destino sobre el frío suelo de gres. Otras veces corretea por la encimera o bien es una desagradable sorpresa al abrir un armario. Siempre nos quedamos mirándola como tontos, esperando a que nos indique el rumbo, a dónde va, qué busca, o bien si retorna a su grieta para así, saber de dónde venía. Casi nunca logramos obtener mucha información de esos minutos de embelesamiento y para cuando nos queremos dar cuenta, alguien nos llama por teléfono o nos distrae con una pregunta y al volver a mirar, ya no está. Al haberla perdido de vista, sin saberlo, hemos cometido un gran error. Porque esa pequeña criatura era…… LA HORMIGA EXPLORADORA.

Encargada de investigar lugares donde pueda haber alimento útil y agua, una vez obtenida la información nuestra linda “amiguita” retornará dejando un camino químico imperceptible para nosotros. Y claro, llegará a su hormiguero y avisará a sus compañeras del lugar del botín. Al poco tiempo, tendremos la cocina llena de esos incómodos insectos que, de forma individual parecen inocuos, pero en marabunta, son un enemigo terrible muy difícil de combatir. No sabremos dónde colocar el alimento dulce, tendremos que vaciar estantes, limpiarlos y volverlos a llenar, nos veremos en la obligación de echar insecticida y aislar a cal y canto la estancia, con el inconveniente de los olores y la irritante sensación química que deja durante días… por no hablar de los polvitos famosos antihormigas ( nunca tenemos claro si son venenosos para los niños o los perros y en el desconocimiento, nos sentimos nerviosos hasta el último día en que encontramos la última mota de producto). Y qué decir tiene de los que sufrimos ENTOMOFOBIA, ese miedo incomprensible a los insectos que nos hace sentir una congoja profunda con tal sólo sospechar que tenemos “algo” en casa ( yo, sin gafas, en cuanto veo una pelusa en el suelo ya creo que es un insecto, comienzo a sentirme mal, me pongo las gafas y al comprobar que la pelusa era una pelusa, me siento… un poco ridícula, pero muy aliviada por la buena nueva).

 Pensemos un poco mejor. Este ejemplo de hormiga exploradora ¿no nos recuerda a algo? ¿O a alguien? En todo grupúsculo de individuos unidos por un afán conquistador común, siempre se elige a uno, nunca al azar, que normalmente tiene un aspecto anodino, una conversación de entonación plana y vocabulario común, que no destaca en nada, no es brillante, no es turbio, no es guapo, ni feo, no es jefe ni súbdito, es… alguien corriente. Y ese “ser” de aspecto mate es el ideal para introducirse, como explorador, en todo grupo opuesto al primero para … convivir en él. Se presenta, empieza a actuar según lo que ve, conversa, escucha, opina ( pero poco), da la razón a quien conviene, va, vuelve.. y al cabo de un tiempo esta integrado, peligrosamente integrado. Parece uno de los nuestros,así que de esa forma le admitimos. Es un igual, un semejante. Y van pasando los días y las semanas y ese ser, compañero, incluso amigo o familiar, sabe todo de mi, de mi grupo, de las opiniones generales, lo que haremos, lo que dejaremos de hacer, nuestros siguientes pasos… y claro, nadie sabe porque nadie vigila, lo que hace al salir de clase, del trabajo, cuando vuelve a su casa ( esa del primo, de la suegra, del cuñado…). Ese individuo ha copiado en la memoria todo lo que tiene que vomitar a su grupo y éste,ha alcanzado lo que pretendía: el poder de la información. Así se han perdido muchas batallas laborales, por gente que confió en un compañero amigo de los jefes o de un sindicato contrario; batallas familiares, por abrirse a un cuñado fiel a otro, a una prima, a un suegro, a un hijo que luego conspiró con los otros vástagos para robarte la herencia, a un hermano, para posicionarse con unos padres no muy fieles a ti; batallas bélicas, por tener un intruso en filas que dominaba tu lengua como un nativo; batallas sentimentales, por confiar en un amigo que luego te quitó la novia o te separó de ella por chivarse de un secreto. Hay mil tipos de batallas y mil tipos de intruso, pero siempre con un denominador común: es alguien en el paisaje que aparenta ser un árbol más pero en el fondo, es una pizca de veneno sin sabor perteneciente a una garrafa mayor que se encuentra esperando fuera. Y en un resquicio que dejes penetrará y te hará perder. Y todo por confiado. Lo vemos todos los días en el trabajo. Cuidado con la hormiga exploradora. Si no la pisas a tiempo vendrá la marabunta y entonces, todo estará perdido. Así que matemos al emisario. Un pisotón a tiempo, es un pisotón bien dado.

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