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     A veces intentamos buscar enemigos al otro lado del campo de batalla y…. el  a veces está justo detrás de la huella que vas dejando. Muy cerca, en la oficina, en el vecindario, en la familia, o incluso dentro de uno. Sobre el enemigo interior hablaremos otro día, porque al ser el peor de todos ellos me llevará días y días de monólogo. Pero sobre ese enemigo externo y cercano, hoy, especialmente y por el lugar en el que me encuentro, tengo muchas ganas de hablar.

     A veces el entorno laboral es como un desierto donde hienas conviven esperando una presa fácil. Si no la hay, la buscan e incluso se la inventan dentro de su manada. Por eso el nuevo, al llegar, intenta caer bien, ofrecer su merienda para que otros la deboren, mostrarse sumiso y siempre dispuesto para ensuciarse las manos, alaba lo que nadie podría apreciar, hace un scanner minucioso cada mañana para ensalzar el más mínimo detalle de los poderosos, aquellos líderes de grupúsculo que en otra circunstancia o localización no serían nadie. Cuántos conocemos que en sus vidas privadas son unos novios súbditos que aguantan infinidad de parejas dominantes, o bien se muestran como los hermanos que nunca opinan y recogen las migajas que van dejando las herencias de turno. A veces son los típicos vecinos incapaces de hablar en una reunión de portal, la gente se cuela en sus narices en la cola del autobús o en la pescadería y su debilidad y baja autoestima les bloquea y nada dicen, nada gritan, no reivindican ningún derecho. Y claro, estos personajillos que de pequeños eran blanco de las burlas de los demás, que nadie quería jugar con ellos por insulsos, pedantes, pesados, torpes, etc, ahora de adultos buscan venganza fuera del alcance de aquellos que no les reforzaron el amor propio. Y como no pueden decir en público qué opinan sobre una derrama o sobre la normativa de una fachada o un paso por áreas comunes, tienen que machacar al que tienen al lado en su paraiso laboral. Allí nadie les conoce, nadie sabe de sus defectos y su mala fama, sólo se alcanza a ver la nueva versión que han creado de ellos mismos, maquillada a la perfección para aparentar seguridad y dominio de las situaciones. Y es entonces cuando podemos encontrarnos sindicalistas radicales, feministas que piden que haya palos depresores en consulta sólo para mujeres, líderes de los desayunos que deciden dónde, qué, cómo desayunar, no vale otra cafetería ni otra conversación sobre la mesa, ellos eligen tema y posición, todos a defender a la derecha, o a la izquierda, o a los etarras, o a los programas del corazón, qué más da si sale ganando sobre los croissants el líder de la manada. El pelota de turno, también ex-marginado, le reirá las gracias, qué guapa vas, qué vestido, oye qué buena cara tienes para ser estas horas, qué graciosa eres, estoy totalmente de acuerdo contigo, ay sí, Fulanita qué fea es, qué mala, no se merece el puesto, vaya enchufe tiene Menganito, tenemos que hacer algo, vaya con la nueva normativa, es verdad, hay que impugnarla, como sea, haré lo que me pidas, lucharé por ti, seré tu fiel servidor y esclavo, ¿quiéres mi croissant?

  Y así, se van entretejiendo unas redes sucias y ponzoñosas de relaciones laborales basadas en el miedo y la superioridad mal entendida. Los honestos y discretos estarán siempre bajo las amenazas de los truculentos que intentan romper todas las normas no para obtener beneficio, que eso ya se da por descontado, sino para que tú no lo tengas. Da mucho más placer el sufrimiento y la carestía de uno, que las ventajas que el contrario pueda obtener.  Al compañero perverso le apetece, porque sí, que tú no tengas un mínimo de confort en el trabajo, que el jefe hable siempre mal de tí y bien de él, que las malas lenguas te tengan como protagonista de los desayunos, que el cliente te reclame y a él le facilite un plus de objetivos, que vengas a tu puesto cabizbajo desde tu casa, que regreses a ella más hundido aún, que anheles un suicidio laboral ( si no el real), que no puedas gritar “me hacen mobbing”, extraña palabra muy de moda últimamente, que no puedas beneficiarte de derechos universales, que sólo sean para ti los castigos y las restricciones. El enemigo que pisa tu sombra disfruta tanto el dolor ajeno que ya no distingue entre un trabajo normal y una batalla, para él siempre ha sido una guerra, desde que nació y no gustó a sus progenitores, siempre, siempre ha envidiado al que es feliz y tiene buena vida privada, ay, qué peligrosos son los amargados, cuánto veneno tienen en la saliva que tanto gastan, qué uñas afilan cada noche en soledad o mientras sus parejas postizas duermen en la falsedad de media cama. En su lado, siempre más frío, pasa las noches en vela el envidioso, incluso puede que sienta celos de su marido o mujer, esos celos hacia su pareja cuando los vecinos la saludan con encanto matinal y a él no, a él ni le miran, como si no bajara las escaleras o no ocupara lugar en el ascensor. Qué malo es no destacar cuando tu instinto sólo está preparado para eso. El egocentrismo del amargado es aterrador.

   Y esta problemática se puede trasladar a la amargura del que siempre quiere destacar en la cola del “super” o al vecindario donde, sin saber por qué, unos cuantos ponen tantas trabas o intentan perjudicarte sin motivo, que si tus cortinas afean la fachada, que si tiras de la cadena a las ocho de la mañana y eso no está bien. A mi familia una vez la llegaron a decir que gastaba mucha agua porque todos sus miembros se duchaban todos los días, que eso no estaba bien. Claro, es mejor ser un guarro y apestar en el ascensor. Nadie dice nada de las radios atronadoras o de las cotorras de patio, que no te dejan cocinar en paz. Creo que fuimos excesivamente “tranquilos”, mis padres y yo.

     Y nadie desconoce el importantísimo papel del “amargado de ventanilla”, aquél que pone todo tipo de impedimentos para que un proceso sencillo se  resuelva en segundos. Cuántos hemos vivido una mala época en nuestras vidas por tener que visitar tantas veces, tantas ventanillas para luego descubrir que todo se podía haber solucionado en la primera, si el amargado no hubiera sido tan… voluntariamente ineficiente.

     La amargura de este tipo de seres no entiende de edad, sexo o raza, todas las condiciones caben para ser un compañero de mundo terrible y odioso, pero claro, si uno conserva su civismo y su equilibrio y no cae en su misma ponzoña, corre el riesgo de sufrir siempre a cada paso. La mejor arma es la de la frialdad, conservar la calma y mirar al frente, para que el enemigo en la sombra tenga que salir un poco a la luz y quede su posición al descubierto. No hay nada mejor que la indiferencia para que el otro cometa errores o se amargue más aún, si eso es posible.

      Consejo: no por tener que ser tantas horas un auténtico indiferente tenemos que arrastrar esa  careta al mundo exterior. Dejemos que el sol nos acaricie, que las frases nos dejen huella cuando toque, no nos alejemos del calor de otro ser humano cuando éste sea honesto y no nos pise la sombra. En esas situaciones la vida es real y luminosa. Dejemos sólo nuestra armadura para el que se la merezca. Aunque la mía ya va estando muy arañada por tanta batalla. Y las que me quedan.

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