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   Supongo que alguna vez en la infancia a término, en la adolescencia más iracunda o bien en la madurez que a veces se torna extraña, hemos fantaseado todos con el momento de nuestra muerte y su consiguiente funeral. Las preguntas que se nos vienen a la cabeza son siempre las mismas, ¿tendré miedo en el momento de la marcha?, ¿alguien creerá que con mi muerte llegará la de su alma, a mí ligada?, ¿cuántos y quiénes llorarán mi pérdida, mi historia?, ¿hablarán bien o mal de mi cuando me vaya?, ¿me sobrevivirán mis padres o bien seré la última de mi estirpe en dejar este mundo?, ¿estará el tanatorio repleto de los que conmigo compartieron mis pasos, o bien será un desierto de olvido, de constatación de hipocresía vivida, de hastío?…. Siempre nos aterran estos primeros momentos de vida póstuma, no ya tanto el más allá, los dioses que nos juzgarán, la eternidad indescifrable, si veremos a amigos y enemigos en la otra vida, el no saber, la calma insoportable…. no, nos aterra comprobar ( si es que se puede), que nadie nos quiso, que no dejamos huella, que fuimos un nombre más en la lista de clase, en la nómina de la empresa, un amigo invitable a un cumpleaños o boda, pero no de muerte importante, una novia más, una de tantas de un hombre, una que tal vez dejó apellido ( y no como las incautas de discoteca, algunas fulanas, otras inocentes que pretendieron dejar  nombre y apellidos, ah, me llamo Pepita Perez, sí, soy secretaria de dirección, etc, etc, y el hombre sólo recordará de ella sus pechos bajo los focos psicodélicos de la disco, qué plasta la tía, que qué me importará a mi de quién es secretaria, está buena y punto, o no esta buena, pero la amiga no me hace caso, o me aburro, así que.. está medio buena y basta… y luego, a la mañana siguiente o al instante siguiente, Pepita ¿qué?, ah, pues no me lo dijo pero tenía unas tetas de flipar, y bebía lo que le ponías, ya no recuerdo si lo hicimos, igual no, fue gatillazo, pero igual sí me la tiré, qué más da, no repetiré con esa tía, puff, para encontrármela otra vez, esta noche más, y mañana, y pasado, miles de tías que no tienen apellido, da igual, a su funeral no voy a ir….).  O peor aún, ser la novia de alguien, novia, no fulana de disco sino pareja presentada a unos amigos, o incluso padres, y que en apariencia ocupó un lugar en la biografía de un hombre. Alguien con apellido, incluso con los dos, y tal vez con el primero siguiendo al primero de él en el precioso nombre puesto a un bebé imaginario, ay, los futuros construídos como nubes en un cielo a punto de despejar… ese tipo de novia con papel en la función, y puede que luego, al paso de los años, cuando la obra de teatro ya terminó y se estrenaron otras muchas más, ese papel no será recordado, ah, pero ¿salía “fulanita” en la obra?, y ¿qué decía, qué pintaba en ella?. Y claro, ya no tendrá segundo apellido, tal vez ni primero, y un día morirá y tal vez ningún exnovio se digne a visitar su entierro ni su tumba, y no habrá ninguna lágrima derramada ante los apellidos en la piedra, esas lágrimas que tal vez ella, en algún momento de su biografía, derramó por él, por el papel que sí tuvo para ella, por ese papel de protagonista que rescata a la chica y acaba con ella comiendo perdices y viviendo felices.

    Eso nos aterra mucho a las mujeres, para qué negarlo, puede que a los hombres también, no digo que no, pero a la mujer que tanto ama y con tanta intensidad, casi de telenovela, le da pánico que ningún hombre de su vida acuda al tanatorio para rendierle un pequeño homenaje. Alguien a quien besaste, quien te rodeó con sus brazos bajo el sol en un viaje, alguien con quien compartiste sábanas y fluídos, alguien que te escuchó las tonterías de turno cuando te ponías premenstrual, alguien que probara tus guisos, que te leyera un cuento tonto, alguien que te dijera una mañana de domingo la solución a un crucigrama, alguien que te lavara el pelo en una bañera de espuma, alguien que te regañara por olvidar el papel higiénico de la lista de la compra, alguien con quien fantasearas sobre las casas que comprarías en un país tropical, alguien con quien cenaras en un sitio de mantel de cuadros, alguien que te hiciera cosquillas en un sofá, alguien que se levantara de mal humor y te gruñera, alguien que compartiera contigo los miedos al futuro aterrador, alguien que hiciera novillos en la adolescencia para correr como fugitivos por las calles del barrio, alguien con quien compartiste hipotecas o gastos o deudas o penalidades, alguien con quien no te importó dar por hecho acabar viviendo bajo un puente, alguien con quien fuiste al cine de palomitas y emociones, alguien que te cogió la mano en un columpio de jardín, alguien que te hizo aguadillas en piscinas de pueblo, alguien que te guiñó el ojo en un momento furtivo, alguien que te sorprendió en la noche más oscura, alguien que te hizo un regalo caro o barato y te sobrecogió por su ilusión al esperar tu sonrisa, alguien que lloró contigo, que rió, que te hizo el amor, que te esperó en las sábanas frías, alguien que te conoció y a quien conociste y para la que fuiste un ser humano especial sólo por ser quien eras, y nada más. ¿Cómo esa persona no se iba a dignar, por unas horas, a honrar esa memoria conjunta, la verdadera memoria histórica que se construyó a base de guerras perdidas y ganadas? Y cuando una yace en la fosa desea, anhela desde antes de caer, que el otro bando haga recuento y sienta que también tuvo con su muerte una pérdida. Eso es lo bonito, lo romántico del amor compartido. Pido perdón si en algo peco de telenovelesca, pero a veces, la muerte es así, requiere solemnidad y nostalgia. Y una, cuando muere, quiere que la lloren, que alguien quiera quedarse con una pequeña pizca de tus cenizas para mirarlas de vez en cuando y saber que una vez, corpóreas, pertenecieron a quien acaricia el pequeño tesoro. Es extraño “pertenecer a alguien” de corazón y luego no dejar huella alguna.

     Y aquí encontramos el principal problema. Si no dejamos huella no existimos más que para nosotros mismos. Este último punto es básico: si no me quiero, si no me recuerdo de vez en cuanto y me doy palmadas en la espalda y me hablo, y me escucho, me consuelo, me cuento historias que me hagan sonreirme, si no soy mi amigo… el resto del proceso no prosigue. ¿Es entonces importante dejar huella en los demás? El hecho de que un tanatorio esté vacío no significa que uno no haya sido bueno en vida o que absolutamente nadie nos haya querido. A veces tengo miedo de que algún progenitor mío, por su estilo de vida sencillo y con poco glamour social, tenga pocos visitantes de cementerio. No sé, la idea me pone melancólica. Es cierto que muchas, muchas veces he escrito mi lista de invitados para mi hipotética boda (que es la misma lista de invitados para mi funeral, el que me quiere en lo bueno, me apoya en lo malo). Y claro, tan explícita soy que también tengo mi lista de “vetados”. Si la palabra odio tiene algún significado real, voy a emplearla ahora: odio la hipocresía de los “invitados” forzosos a una boda. El que se alegra por mi vida y mi amor bien construído, querrá verme en un altar con el hombre de mi vida, ese por el que me tiraría a una piscina para salvarle y que espero, se tiraría a su vez para rescatarme. Y ese tipo de amigos, los famosos amigos de la “hipotética donación de riñón” (hipotética porque luego tienes marido e hijos y a tus amigos del alma lo más probable es que no les llegue tu primer y único riñón donable), esos amigos a los que te encantaría donarles un riñón si pudieras, son los que yo quiero en mi funeral. Y salvo error de comunicación, todos tendrían que enterarse de la mala nueva y acudir. O eso deseo. Esos amigos con los que un día comiste pipas en un banco mientras hablabas de cómo sería la vida de adultos, esos amigos de fiestas en un trastero, de risas sanas, de cines de barrio y kikos, de escapadas por las noches de Madrid, de restaurante chino pagado con los ahorros juveniles, esos amigos con fechas de cumpleaños memorizadas, amigos de telefonillo y bajar a jugar, amigos con los que lloraste por todos los desamores del mundo y felicitaste por sus nuevas parejas, amigos con los que autonombrarte “tía” de sus hijos, amigos de tus primeros Lambruscos, Bayleys y sangrías de fiesta, amigos de tus primeras dudas, curiosidades y confesiones, amigos a los que acompañaste en algún funeral y tuviste que dar apoyo en una despedida, amigos de bodas y divorcios, hipotecas y despidos, viajes y fotografías, mascotas y mensajes de móvil que te cuesta borrar.

    Todas esas personas ( omito a compañeros de trabajo, muy difíciles de invitar de corazón a un funeral, aunque excepciones hay, porque a veces pasan a ser amigos), esos seres humanos imperfectos y encantadores, reciben tu amor y atención durante toda tu vida. Y después de tanta dedicación mutua tienes una duda, a veces pequeña y a veces no tanto, sobre si asistirán al dichoso día. Y nunca sabremos de antemano si tendremos alguna mirilla en el más allá por la que espiar ese momento tan poco íntimo. Damos por hecho que padres, marido e hijos acudirán, pero ya son muchos los casos de frialdad parental en los que un familiar es equivalente a un conocido. Así que no demos nada por seguro. Igual el destino nos sorprende y el menos esperado llora nuestra ausencia, y el más cercano resopla tranquilo.

    Otro error que cometemos antes de morir es el de creernos buenos. Bueno no es aquel que da cosas buenas, que quede claro, sino aquel del que se reciben cosas buenas. No es lo mismo pretender que esforzarte de verdad, poner toda tu energía en amar, ayudar, ser paciente, convivir. Y uno puede tener todo un plano mental trazado con tiralíneas y luego poner en construcción el peor de los edificios. No hay nada peor que la dejadez y en ella, se regodea la superioridad. Todos nos sentimos superiores, yo doy, yo soy bueno, de mi reciben, han de visitar mi tumba. Y no. No tienen por qué vernos así. Yo espero, confío, en que mi amor llegue a sus destinatarios igual que el amor de mi familia, pareja y amigos me llena de puro gozo. Nadie enseña a amar, la vida es un mueble de Ikea sin folleto ni llave Allen. Pero practicamos, nos enseñan y al final de nuestros días deseamos que alguien, en algún rincón remoto del mundo, suelte una lagrimita sincera y sienta en su corazón una pequeña congoja, algo que les haga sentir esa dulce melancolía por la caducidad de las cosas que en Japón llaman “mono no aware”, como si tu vida fuera la caída de la flor del cerezo, víctima del calor de una muerte segura que no perdona. Y frente a la blancura de sus pétalos, un amigo, un amor, llora por algo que no volverá, no como lo eres tú, no con tu apellido ni tu sonrisa. Y en esa nostalgia por la mirada que ya no mira, esa persona deseará retroceder en el tiempo y vivir, por un segundo más, tu sencilla compañía.

P.D.: los que están en la lista de invitados a mi funeral saben, perfectamente, quiénes son.

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