Etiquetas

, , , , ,

Podría haber titulado esta carta como “el horror en el ser humano”, pero no. He querido focalizar mi atención en el origen de los problemas en ciertas situaciones. Voy a hablar del terrorismo en este país y en cualquier otro. Es un tema que no está acabado aunque el gobierno o ciertas partes de éste y de la sociedad, quieran aparentar que sí. El grupo terrorista ETA no ha entregado sus armas y no ha mostrado una rendición clara, simplemente ha “hablado” de cese de la actividad armada. Pero su organización sigue y muchos expertos afirman que tiene recursos poderosos para seguir haciendo daño. Otros grupos como los yihaidistas siguen creciendo en España. Nunca sabremos lo que se cuece en el polígono del barrio, en la casa de al lado, en cualquier sitio inocente en apariencia pero en su núcleo, todo un caldo de cultivo del terror. Ayer celebramos el aniversario de un suceso trágico en España y en el mundo entero, el terror que una mañana se vivió por parte de inocentes que viajaban, como cualquier día de su vída, en un tren que en vez de conducirles al trabajo les llevó al fin de su vida normal para iniciar, bien el duelo de unos familiares con una pérdida irrecuperable, bien una nueva vida dolorosa de recuperación y de secuelas. Algunos no han tenido el tacto ayer de respetar la sensibilidad que supone la nostalgia y el recuerdo de una fecha. Por supuesto que los 11 M del resto de nuestra vida no supondrán detener el reloj para el planeta entero, pero siempre el corazón y el espíritu necesitan calma e intimidad, un respeto mínimo para llorar en un rincón que no se mancille por otros actos ni ruido. Claro que hay que manifestarse por los derechos de los trabajadores, todos, al fin y al cabo, lo somos, pero siendo una fecha voluntaria, siempre se podría haber elegido otro momento para no crear una batalla de ruido. La suelta de globos que se hizo en la ceremonia de la AVT en el Retiro fue muy simbólica. Decenas de esferas blancas iniciaron un vuelo por el cielo de Madrid y el viento, compañero del dolor ayer por la mañana, quiso que los globos sobrevolaran las calles inundadas por la manifestación. Espero que alguno de los asistentes a la misma alzara la mirada para respirar durante unos segundos la calma del dolor, ese color blanco que tapaba mínimamente el cielo, como las almas de los que se fueron un día, esos espíritus que salieron de sus vagones no por la puerta sino por un cielo mal abierto en un techo de hierro que dejó ver, de forma antinatural y violenta, un resquicio azul sobre los cuerpos. Los móviles que esa mañana sonaron para no poder ser contestados nunca cesarán de llamar bajo ese cielo de Madrid que un día fue testigo de lo que nunca quiso haber visto. Cuánto horror. Y cuánto error.

Y a este punto quería llegar. ¿Hay errores que no se pueden perdonar? Porque un terrorista, al cometer un crimen, está actuando de forma consciente por unos “ideales” o por un “adoctrinamiento” impartido por gurús, según sea el caso, llámese Dios, escritos sagrados, inventores de ideas y problemas inexistentes, dinero, política… todos son modelos a seguir por gente débil o mala. Porque la maldad existe, no puedo dudarlo después de ver todo lo que el hombre ha hecho en la historia o por lo que puedo comprobar analizando a la gente que me rodea y que actua de forma consciente y voluntaria en actos de la vida cotidiana que dañan a los demás: el que se cuela en una cola del autobús, el que estafa robando agua de la red pública para llenar su piscina, el político que utiliza dinero público para sus caprichos, el paciente que agrede a un médico de forma física o verbal (o estafa pidiendo con recetas de pensionista, medicación para toda la familia, o bien solicita bajas injustificadas o prolonga el cobro del subsidio con una baja por una patología inexistente… la lista es larga, larga), el amigo que traiciona de forma consciente, el marido que maltrata, el padre que no apoya, el hijo que reniega y se muestra desagradecido, el compañero de trabajo que te pisotea, el transeunte que mira a otro lado cuando un conciudadano sufre, el niño que da patadas a un perro, el adolescente que insulta a otro a la salida de clase, la bailarina que pone la zancadilla a una compañera, el opositor que desea la enfermedad de un competidor antes de un exámen, la pareja que traiciona el amor del otro buscando alimentar su egoismo, el señor de la ventanilla que no te facilita las cosas de forma voluntaria, el ser humano que miente a otro sin más, sabiéndolo, dañando, dejándole sólo ante la incertidumbre, desvalido… Todos esos actos son errores voluntarios, no estoy hablando del error accidental que todos tenemos derecho a cometer. Y el terrorista comete errores elegidos, porque matar es un error evitable. Por lo tanto, ¿cuándo perdonarlos? ¿Se puede? ¿Depende de la buena voluntad del agredido o de la voluntad de redención del agresor? A veces me planteo si el perdón es una medicina para continuar hacia delante, si alguien utiliza una pócima producto de la educación religiosa o bien es un autoengaño del alma para borrar parte de nuestra biografía maldita. Pero es difícil, olvidar no se olvida. El que sufre un atentado puede que no recuerde las escenas durante el bautizo de una sobrina, mil años después, pero de repente, en un momento dado, sin motivo, sin desencadenante, cuando mira por una ventana o hace la lista de la compra, sufre una ráfaga, un olor y un sonido te pueden volver a situar en escena, o bien durante el sueño, del que no somos dueños, la escena se revive y el pasado se hace real y tangible. No se olvida y eso hace difícil perdonar. Podemos y debemos aprender a vivir sin que el odio corrompa la inocencia de otros momentos, desde luego así debería ser y es a lo que aspira un superviviente, pero la muerte del odio no conlleva un perdón obligado.

Ahora bien ¿y si somos nosotros los que cometemos un error? Desde luego nos creeíramos con derecho a ser perdonados, cómo no vamos a cometer un pequeño o gran acto de equivocación voluntaria, todos somos “malos” alguna vez, desde luego en menor medida que un asesino, estos cruzaron una línea muy clara, pero todo lo que va antes de esa línea es maldad en pequeñas dosis y todos probamos este veneno alguna vez. Y hemos pedido perdón. Se nos otorgó o no, según la circunstancia, el delito y el tipo de víctima, la vinculación que con ella tuviéramos y la fortaleza del futuro común que se nos presentara ante los ojos. Pero cuando uno comete un error “grave”, el hilo en el que oscila el perdón es muy fino, quebrable por cualquier brisa de duda, de agotamiento, de incomprensión, de presión social… Y en el caso del terrorismo, el perdón tendría que venir, primero, de un arrepentimiento sincero y doloroso por parte del asesino. No digo que no exista algún caso suelto, algún etarra o islamista que haya hecho un balance de su vida y su alma y haya llegado a la conclusión de que se ha echado a perder de forma aterradora. Porque quitarle la vida a alguien, que la vivía como tú, que tenía un pasado, una infancia, unos lazos emocionales con personas, que tenía obligaciones o aportaba algún beneficio a alguien…. supone considerarte por encima del otro, como si la vida del asesino valiera más. Yo te hiero, porque estoy por encima, yo te engaño, porque mi autosatisfacción vale más, yo te robo, porque el placer de mi disfrute vale más que el disfrute que obtenías tú con lo robado, yo llego tarde a una cita, porque mi tiempo vale más que el tuyo…. así es el error voluntario, una batalla de poderes en la que uno de los dos bandos se cree vencedor de antemano. Y el terrorista ya se cree vencedor desde que entra en su banda e incluso antes, desde que se adoctrina. Aprendo como ganador, vivo como ganador, mato como ganador. Y para poder pedir perdón hay que sentir que uno, al matar, ha perdido, ya sea su dignidad, su vergüenza y su propia condición humana. Y cuando uno deja de ser humano, le pide perdón a uno que sí lo es, y con orgullo, y llora la víctima y su familia con honra y dignidad, como humanos que aún son. Pero el ser humano tiene capacidad de controlar su debilidad y su recuperación, y a día de hoy, en mi postura y experiencia personal, hay ciertas cosas que no alcanzo a perdonar. Tendría que convivir muchísimo y de forma cercana con un terrorista, vivir su “dolor” para ver si es sincero, para considerar que ese ser humano es aún recuperable y que con mi perdón, estaría haciendo algo bueno, pero eso no sucede. Hay otros errores en mi vida que he perdonado y que me han perdonado, algunos grandes como grandes son el amor y la amistad. Tal vez haya otros errores que nunca perdoné ni me fueron perdonados ( esto último no lo puedo conocer, no soy dueña del pensamiento de los que me rodean), pero así es el ser humano, cataloga, tasa el dolor y en en función del poso que deja y del futuro que vislumbra bajo su manto amargo, perdona o no. Y hay ciertas cosas que son difíciles de perdonar, pese a que en las noticias algunas personas hablan alegremente del perdón como si se concediera en una rifa. No. El perdón es caro, hay que ganárselo. Y sobre todo, hay que saber no perderlo de forma irremediable. Y para eso, el ser humano ha de pensar antes de cada acto, cada palabra, cada beso dado, cada mirada, cada paso por la calle…. todo tiene su valor, y yo quiero que el transeunte mire al que vaga por la calle, que el amigo llame de forma sincera por teléfono para saludar, que el amante bese desde el corazón y no con la rutina, que el paciente respete lo que hace un médico por él, que el político agradezca el voto y lo compense con buen hacer y que el candidato a “asesino” de un paso atrás en la línea y nunca llegue a detonar la bomba. Porque con ella, el perdón se difumina por el boquete del vagón y vuela por el cielo de Madrid en busca de un error más pequeño, más humano.

Anuncios