El espejo en el que se miraba la niña del vestido amarillo.

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Mi madre siempre me decía que el amarillo me sentaba muy bien. Las fotos de mi infancia están salpicadas de ese color tan alegre como queriendo llenar de flores de colza, el campo de mis recuerdos. Siempre he llevado y llevaré de la mano a aquella niña vestida de amarillo ( en todas las etapas de mi vida: académicas, laborales, cada amor, cada viaje….). Cuando miro el rostro de mi pareja también veo en él a otro niño: el rey de las canicas. A él siempre le gusta relatarme cómo esas canicas retrasaron la aparición de las mujeres en su horizonte ( mucho más interesantes eran esos momentos de juego en la arena del patio, con los amigotes, que perseguir a las niñas, tan complicadas y lejanas). Ay, cómo cambiarían los tiempos luego. Un día, la niña del vestido amarillo y el rey de las canicas cruzaron sus caminos y decidieron jugar juntos en el patio de la vida adulta. Y quién lo diría: esos niños, dentro de poco…. serán papás. Aquél niño que siempre rompía los pantalones en el día de estreno ( pobre mi suegra) nunca se lo hubiera imaginado, al igual que tampoco lo pensó nunca aquella niña que comía, junto a su abuela en las tardes de verano, esas peras japonesas sobre el tatami, frente al jardín. El tiempo pasó y esa abuela ya no conocerá a ningún nieto. Espero que donde esté pueda comer fruta frente a un jardín similar al que disfrutó en su senectud.

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Siempre he sido una romántica a la que le gusta escribir sobre cada momento de su vida y curiosamente, desde la época de la prueba de embarazo, no he escrito nada, a diferencia de otras bloggeras embarazadas. Aún recuerdo el día de la prueba positiva. Recién entrada en la guardia, tres pruebas de embarazo de marcas distintas hacían uso de la ciencia para salir de las dudas que yo albergaba desde el día anterior. Las tres pruebas con sus correspondientes líneas dobles en ese color que nunca sabes si es rojo o rosa. Nunca imaginé que mi orina, la de una mujer tan alejada siempre de esos temas, pudiera dar tal resultado.

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Estaba estupefacta. Quería comunicarle al rey de las canicas esa buena nueva. Pero por teléfono no era romántico, no. Así que tuve que guardar el secreto durante 24 horas. Un secreto tan distinto a otros que tenemos en nuestra vida: no solemos hablarle a nuestros padres sobre los primeros novios, no le revelas a la “competencia” lo bien que llevas el próximo exámen (en realidad llevas estudiando muchos más días de los que reconoces, jijijiji), no le cuentas a una amiga, o no sabes si debes hacerlo, que su pareja la engaña con otra, no le dices a un compañero de trabajo que otro le pone a parir. Éste es un tipo de secreto “diferente”. Y el rey de las canicas, durante 24 horas, no supo que un nuevo vínculo nos unía, no sólo el amor sino el producto de éste, era un lazo invisible que nos implicaría de por vida, como esa cuerda roja que une para la eternidad a las dos rocas del Pacífico que representan a los padres de Japón, unos progenitores que siempre cuidarán de la nación al igual que nosotros procuraremos cuidar de nuestras semillas . Y yo no pude decirle todo esto hasta la mañana siguiente. La sorpresa en su mirada y el rocío que luego la inundó fueron un antes y un después en los rostros que tendré siempre memorizados de él. Ese hilo rojo nos uniría para siempre. En japonés se le conoce como “unmei no akai ito” y simboliza un lazo invisible entre dos personas predestinadas a conocerse.

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Mi embarazo se puede resumir de un forma muy simple: antes y después de la semana 20. Durante el primer mes hice todo lo que está en la lista de cosas que evitan una gestación (al igual que el resto de las mujeres que desconocen que están embarazadas): bebí el vino y champán correspondientes a la navidad ( y esos gin-tonics….), tomé tres ibuprofenos al día y me di múltiples baños de hidromasaje para tratar una lesión, un día tomé un Valium por una contractura, hice deporte a saco, portaba dos miomas que desconocía y tenía el antecedente del síndrome de ovario poliquístico, no tomé ácido fólico….. pero claro, durante toda la EBG, BUP, COU y universidad estuve comiendo pipas de girasol para estudiar y su vitamina E, por lo que parece, han hecho de mi una mujer superfértil que se embaraza a la primera.

Después vino la mala suerte de un esguince a la semana 7, gracias al cual pude comprobar en mis carnes lo malos que son los hospitales públicos de gestión privada (NUNCA, NUNCA, se les ocurra ir al hospital de Torrejón de Ardoz, donde un ejército de médicos “jóvenes y españoles ” les harán esperar tres horas, no sabrán explorarles un tobillo y querrán pincharles un diclofenaco estando embarazadas… eso sí que son conocimientos médicos). Y gracias también al esguince, me gané antes de tiempo una ecografía en la que pudimos conocer, por primera vez, a “cacahuete“. Desde entonces, a la vida que porto en mi interior la llamamos así, una forma neutra de denominar un proyecto. Siendo médico y mujer práctica, siempre he sido consciente de que estar embarazada y tener un niño no son la misma cosa. Tanto mi pareja como yo, durante estas primeras treinta y siete semanas, hemos empezado cada frase con el “si sale todo bien al final…..” para no crear ni crearnos falsas esperanzas. Algunos dirán que es un forma fría de afrontar un embarazo. Nosotros pensamos que es …. realista.

“Cacahuete” ya ha pasado por la fase de “fruto seco”, tamaño “aguacate”, “muñequito” y ahora casi, casi, bebé, pero para nosotros siempre será “cacahuete”. Otras futuras madres médicos llaman a sus proyectos futuros “feto“. Yo considero que “cacahuete” queda mucho mejor….
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Y llegó la semana 20 y con ella, la sorpresa de las contracciones. Nunca me imaginé sentir retorcerse mis entrañas y clavarse una espada en mi vagina. Nunca me imaginé soportar tal dolor lancinante durante 60 horas. En aquél momento no pensé que eso conllevaba la posible pérdida de “cacahuete”. Simplemente deseaba que todo aquello no fuera a ser así por las siguientes 20 semanas: madrugadas sin dormir viendo películas por no poder estar ni tumbada, ni sentada, ni caminando erguida. Santa progesterona en óvulos se encargó desde entonces de que el tapón de la botella no dejara perder el preciado vino de la fertilidad. Después me recuperé (menos mal) pero las contracciones y la tripa dura como el granito nunca me abandonaron y desde entonces, cada exceso lo he pagado caro. Siempre le he explicado a mis pacientes que el embarazo no es una enfermedad sino una variante de la normalidad y así, en mi ejemplo, viví al límite mis 20 primeras semanas: guardias de 24 horas sin dormir, partidos y clases de padel, nadar tres veces en semana, 60 largos por vez….. así de contenta y orgullosa disfruté la primera mitad de la gestación pero después, el único tratamiento efectivo para las contracciones fue el reposo, palabra maldita par una mujer activa como yo, que gusta de montar sola muebles de Ikea y coger la compra del mes con una sola mano. Lo he hecho, desde luego, y después lo he pagado teniendo que mantener el decúbito supino durante horas ( y rezando para que no me salieran úlceras por decúbito, ay, pobres ancianos de las residencias).
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Siempre he vivido estos temas de la maternidad desde la distancia. Mi gestación no es producto de un instinto maternal desmedido sino del deseo de formar una familia con el rey de las canicas. Cuando conoces al hombre de tu vida, un día le miras y te dices ” éste es el hombre con el que quiero estar hasta el fin de mis días y con el que quiero ir en una “furgo” adaptada con nuestra perrita, un renacuajo y una cesta de picnic”. Ese es el amor verdadero y por eso, la niña del vestido amarillo y el rey de las canicas dieron el gran salto. Hay puertas que la vida te abre y que tú nunca pensaste ni tan siquiera acariciar.

Pese a notar los movimientos del bebé y verle en las ecografías, revisión tras revisión, no fue hasta un momento preciso cuando empecé a verlo todo de otra forma. Fue hace pocas semanas, una de esas tardes de compras por el Corte Inglés. El rey de las canicas estaba saturado de tanto producto y tanto preparativo pre-parto: miles de tipos de carritos, capazos ( nunca había utilizado yo esa palabra), sillitas para el vehículo, bañeras de desagüe de tubo o de agujero, ropa de cuna, que si no se puede abrigar a los niños con mantas por riesgo de asfixia, que si chichoneras sí o no por mayor riesgo de muerte súbita…. pero de repente, el rey de las canicas se acercó a mi con un tesoro entre sus manos. Tenía el rostro del niño que encuentra la mejor y más redonda canica en la arena. Y ese tesoro era un babero con un osito bordado. Recordaré siempre sus palabras. ” mira qué bonito y qué tierno es este osito, podríamos comprarlo toooooodo a juego y que el nene esté rodeado de animalitos desde el principio y así le gustarán seguro y quién sabe si acabará siendo veterinario de mayooooor, ¿te imaginas?…”. En aquel momento me sentí la mujer más afortunada del mundo por tener a mi lado un hombre tan tierno y con tan buen corazón, capaz de emocionarse por las cosas más sencillas y a la vez, más grandes. Vi en él, en ese preciso instante, una evolución. Claro que le había visto ya embebido en el ensayo de paternidad que ha supuesto nuestra primera “hija canina”, Vivian ( cada mañana, mi rey de las canicas la saluda con un cariño infinito, le acaricia la cabecita y le pregunta qué tal la noche, si ha sido buena y quiere sus bolitas y yo, ante mi, sólo veo a un hombre extraordinario y a una perrita que le mira como si estuviera saliendo el sol). Pero pese a todo esto, aquella tarde ya no era el mismo rey de las canicas que yo conocí, lo era, pero con madurez añadida y con una capacidad de amar mucho mayor. Y en su reflejo vi mi imagen y por primera vez, en aquel espejo de ojos verdes y grises, encontré en mi algo parecido a un proyecto de madre. Él provocó en mi esa transformación, una tarde de verano en un centro comercial, y en dos segundos quise comprar todos los ositos del mundo, no sólo para satisfacer a nuestro “cacahuete” sino para hacerle feliz a él, por mi rey estaría dispuesta a buscar las canicas que hicieran falta en el fondo del mar.
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Aun pecando de romántica con todas estas cosas, no encuentro mucho romanticismo en lo que es en sí el embarazo ( que vengan todas aquellas mujeres que tienen tal afirmación y me lo demuestren en la cara). Vale que es mala suerte tener contracciones y diarrea diaria desde la semana 20, vale que tenga que hacer reposo desde la semana 30 ( entendíendose reposo de actividad a TODA ACTIVIDAD), vale, es mala suerte. Pero luego está lo que nos sucede a todas: dolor de espalda, tener desde por la mañana las manos como un “pelotari” y no poder pegar puñetazos sino tan sólo, bofetadas ( ahora la versión de mi cuerpo es más el de Hello Kitty que el de una mujer con apéndices digitales)… Eso no tiene nada de romántico. Y mucho menos lo tiene el parto. Ayer le pregunté a una buena amiga, ya madre, si antes del parto se había planteado escribir un testamento reglado. Me preguntó, acertadamente, si me refería a testamento notarial o vital y le respondí que ambos. Ella me dijo que en su caso, nada poseía y por tanto, no se lo había planteado. Pero que en efecto, sí había visto un riesgo mortal en el último paso del viaje. Eso, si encima eres del ambiente sanitario, lo ves con claridad. Ningún dato se te escapa: el útero puede no contraerse después del alumbramiento y acabar la mujer desangrada como en esas películas con historias del XIX en el que un médico, bajo la luz de las velas, sale compungido de un cuarto y dice “es varón… pero por ella, nada se pudo hacer”, con las lágrimas consiguientes del marido, el ama de llaves haciéndose cargo en semanas sucesivas del susodicho bebé, la aparición posterior de una joven y nueva señorita, el viudo enamorándose de ella mientras lucha contra el recuerdo de su difunta, varios personajes secundarios criticando esa nueva relación y finalmente, últimos planos en la campiña inglesa con la nueva pareja y el retoño y una ama de llaves fastidiada al saber, que llámese “A” o “B”, tendrá que lavarle las enaguas a una señora de la casa. No estamos en el XIX y mucho menos en el medievo, ya pocas mueren en el parto, pero las hay, las hay. Y estar ante la muerte no es muy romántico salvo si uno se planta a conciencia y por una causa de honor. Sé que sirvo de espejo a mi rey de las canicas, al igual que él lo es para mi y por ello, por todo ello, no puedo fallarle en el último paso y desaparecer, por eso rezo en esta cuenta atrás en la que estoy ( de forma prematura) para que todo salga bien porque tiene, debe salir bien, por mi amor, porque no quiero dejarle solo. Por eso todo ha de salir bien.

Lo que sí tengo claro es que, pese a mis manos de pelota vasca, nunca me he visto poco atractiva en todo este trayecto gestante. Otras mujeres se ven gordas, feas, con manchas, ridículas ante la gente. Yo siempre me he visto sana, fértil, con curvas aún más sugerentes, pechos llenos de vitalidad, piel morena por el verano y en definitiva, sensualidad y salud. Así lo corrobora mi pareja y así lo ve en general, por mucho que a ciertas mujeres les sorprenda, la mayoría de los varones. El embarazo es otra etapa de la belleza femenina.
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Ya estamos en la cuenta atrás, lo que tenga que ser será. Si acabo con una cesárea o con lactancia artificial, pues mira, tendrá que ser. Siendo médico y mujer práctica, pienso que no hay que ser obsesivos, hay que intentar hacer las cosas bien pero en la práctica médica ya vengo observando que, cuanto más cuidado tienes, peor suerte llevas, y agotada estoy de ver chicas que beben, fuman, no se quitan las “pastis” del psiquiatra, no se revisan… y luego tienen niños robustos a los que puedes darles cualquier cosa de comer en cualquier mes, no llevarles nunca al pediatra y desatenderles que da igual, les puede pasar una apisonadora por encima y no pasarles nada. No hay que ser obsesivos. Yo, partiendo de lo que sé por mi profesión y de mi sentido común y del de mi pareja, apenas he leído sobre el embarazo o la lactancia. Es que cuanto más leo, más manía le cojo a los talibanes de ciertos temas. Cuando voy por la calle no distingo si un adulto fue alimentado con “potito” artificial o natural, si tuvo lactancia materna o biberón, es que todo el mundo me parece que ha recibido la mezcla de su biología y las loterías ambientales de etapas posteriores. Lo que tenga que ser, será.

La niña del vestido amarillo y el rey de las canicas están ahora jugando en el patio.
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Alrededor suyo corretea una perrita pisando las huellas que van dejando un montón de canicas de colores sobre la arena. Ambos niños parecen esperar a alguien, el patio es muy grande y hay mucho sitio. Sí. Están esperando un nuevo compañero de juegos, alguien que se mirará en el espejo que son ambos y verá cambiar sus etapas en la vida, verá ejemplos erróneos y correctos, imágenes devueltas con mucho amor. Esos espejos llevan ya un tiempo dialogando y saben que esa conversación especular esta llena de matices y de futuro. El rey de las canicas está muy ilusionado por compartir con el nuevo compañero sus canicas y vivencias. Mientras espera, le explica a la niña cómo se juega. Ella no suele jugar a esas cosas y el niño, con un pícaro transfondo de amor, se ríe de ella llamándola “pardilla”, le tira del pelo y de los mofletes y en cada tirón, a ella la tiene encandilada. La niña del vestido amarillo recuerda a su abuela, los juegos del pasado, los viejos reflejos en otros espejos ya antiguos… y ríe feliz. Está muy contenta de haber encontrado, al fin, al rey de las canicas en un patio tan, tan grande.

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El banco en el que fui una sombra.

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Tantas veces recuerdo mi juventud, como una vieja dormida, que en ocasiones no estoy segura de la edad que tengo. He de mirar mi curriculum y el tiempo que me ha llevado escribirlo, mis manos y su piel tostada, los cambios en las fotos de mil veranos, para darme cuenta de que estoy en una década que parecía inalcanzable. Valoro el presente y adoro el futuro que me espera, pero eso no me evita suspirar.  Cuando vemos la frescura de la juventud que huye de los institutos cada tarde, buscando libertad y adrenalina, cuando vemos una pareja besándose en un parque, una chica “in” con su carpeta al pecho y su minifalda ondeando en las escaleras del metro…. Esos flashes de juventud, de carne tersa, de sonrisas aún mal maquilladas por la inexperiencia, de primeros cigarrillos, de botellón infame en parkings de supermercado…todo, tarde o temprano, nos inyecta  “la nostalgia del emigrante”.

Yo una vez fui fan de Madonna y adorné mi cuerpo con cruces y vaqueros rotos. Aún conservo la camiseta del “Blond Ambition Tour“, esa melena rubia cubriendo media tela y media cara de divinidad. También tuve mi etapa grounge (ay, Pearl Jam, qué buenos fuisteis). Fueron mi uniforme las camisas de leñador y las botas militares (que aún hoy llevo, ventajas del rock y el gótico, siempre, siempre, botas, aun con vestido de noche). No voy a profundizar mucho en mi etapa de llevar camisetas de Public Enemy porque, gracias a dios, fue corta, ni tampoco en las hombreras, que llevé, como muchas chicas de entonces (aunque avergüence), hasta con el chandal.

Todo eso tiene un nombre, corto, como sus años, pero intenso: INSTITUTO. En él, uno deja atrás lo conocido, las caras que estuvieron contigo desde los cinco años y la ropa llena de tierra, hasta los trece y los primeros granos. Aún recuerdo el día en que me fui a matricular. Primera duda: un idioma o dos. Dos, por supuesto. Toda empollona ha de autoexigirse más. Qué gran decisión. Y no sólo por tener francés de segunda lengua (que estuvo bien y tuvo sus obras de teatro), sino porque esa elección me hizo caer en 1ºI, y con ello, coincidir con un grupo que para siempre, llenaría mi corazón y mi biografía.

Hay un detalle en el que no reparamos por aquel entonces. Todo aquel con sangre extranjera fue a parar a esa clase del instituto Vega del Jarama. En ese momento agradecí la riqueza cultural, todo un hito chic y progresista que me fascinaba. Pero si hubiera sido hoy.. ¿lo hubieramos llamado segregación? Un argentino, un medio jordano, una medio filipina, un filipino entero, una medio japonesa (servidora)… vamos, la cream de la cream internacional. Pero aquel concentrado de Babel… no sé si fue casual. Lo dejo ahí para el que quiera debatir.

El enfrentarte a caras nuevas, a tener que aprenderte nombres, conceptos nuevos, nuevas normas, horarios (uy, eso de jornada continua, qué novedad…) era como empezar en una nueva oficina. Fichar de forma estricta, cada uno en su escritorio, jefes variados y mucho más distantes, eso no era una empresa familiar, ya era una central en toda regla (aunque no la multinacional que supuso la universidad, que ya hablaré de ella en otra ocasión). Mis nuevos compañeros de trabajo tenían nuevos apellidos y nuevas maneras de vivir. Algunos provenían de colegios “rivales” (ay, esos partidos de balonmano de la EGB contra el “Miguel Hernandez” o el “Goñalons”, cuando tirábamos falta… tirábamos a matar….), otros de Madrid, hubo incluso alguno que para hacerse notar, preguntó por la biblioteca… (dejo caer la reseña, él sabrá quién es), y yo pensé “uf, habrá que aplicarse, que hay empollones a la vista y esto es como un contrato de prueba”. En seguida olvidé la idea.

En este tipo de sitios, a veces te encuentras profesores que casi rozan el “oh, capitán, mi capitán”, de “El club de los poetas muertos“. Hablo de mi profe de biología de primero, un señor que nos hablaba del calendario de ovulación de su mujer y su no-necesidad de utilizar preservativo…, de cómo había que repasar todos los días lo visto en días previos (y para ello debíamos hacer un resumen en un cuaderno para cada asignatura, de lo visto en toooooodos los días previos, imagínense el resumen del último día de curso, casi bíblico). Nos hacía escenificar mitocondrías, células, núcleos, y demás elenco del ciclo de Krebs (dios, me acabo de dar cuenta de que… ahora mismo, si me lo pidieran, no sabría dibujarlo en un papel, con lo BÁSICO que era por aquel entonces.., ay madre, la memoria). Fue un gran profesor, no por dar la materia bien, que lo hizo, sino por inculcarnos el deseo de esforzarnos y de saber, meternos el chip de la curiosidad, de la autonomía de pensamiento sin rozar la anarquía, nos hizo ser más adultos.

En eso consiste el instituto, en llegar a hacer las cosas porque quieres y te conviene, no porque te lo impongan. Mi madre, japonesa donde las haya, siempre me estimuló a sacar la máxima nota en un exámen, no porque fuera obligatorio, sino porque si se podía sacar un 10 y yo tenía esa capacidad, ¿por qué no sacarlo? Así de simple. La nota máxima existe, no es una quimera, y la capacidad de hacerlo está en la mano de uno, de su esfuerzo, de correctas técnicas de estudio, etc…. si a un chico le dices “aprueba porque sí, porque te lo digo yo, porque no te queda otra”… y encima no le explicas cómo hacerlo, no le das ejemplo como padre…. poco hará. Desde niña siempre me ha gustado fijarme en las casas de los demás, en cómo viven… aún hoy en día, por mi profesión, tengo la oportunidad de ver muchos salones, muchos dormitorios, muchas vidas ajenas. Y aún hoy  me sigo sorprendiendo cuando veo una casa en la que no hay libros. ¿Cómo queremos que los hijos lean si el padre no lee? Si el adolescente no te ve sentándote con él, con un periódico o un libro de recetas, aunque sea, no cogerá el hábito. Normal. Si un padre no crea un ambiente cómodo para estudiar y por contra, sólo enciende “Sálvame” en la tele o critica de forma agresiva al vecino, cual vieja del visillo, o es maleducado con el resto de la familia, si holgazanea, si presume de conseguir cosas sin esfuerzo o engañando…. el hijo hará lo mismo. “Uy, yo cuando no está el jefe, es que no hago nada, que lo haga el pringao de mi compañero”, se suele oir. Pues eso, papá dame dinero, que ya estudiará el pringao del clase, ese que no sale por las tardes y tiene cara de mohino. Muy bien. Cuando el “mohino” tenga trabajo y tú no, no te muestres resentido con el mundo. La vida nos coloca a cada uno, donde merecemos.

     En el instituto se aprenden muchas cosas. Una de ellas es la amistad con conciencia, esto es, no por compartir una rutina de años obligatoriamente tienes que ser amigo de alguien o salir por las tardes, ya de adolescente tienes los gustos muy claros, sabes lo que te llama la atención de alguien o te repugna, lo que quieres que te engañen y lo que tú quieres dar.  Yo tuve la gran fortuna en encontrar a Ronald, Dani y Fernando. Con ellos realicé los únicos hurtos menores de mi vida (esas cintas vírgenes de cassette en Pryca y el famoso salero que escondí en un sujetador y salió propulsado al suelo justo cuando cruzábamos delante del hombre de seguridad, quién debió pensar que yo estaba votando una pelota, porque no me hizo mucho caso…. esa propulsión, jajaja, y el famoso salero, que aún hoy debe conservar mi madre en su cocina…..). Mención a parte hago de mi amigo Javi, al que conocí previamente pero cuya amistad maduré con los años como con los buenos vinos. Cada uno a su manera ha supuesto un eslabón en la cadena de mi madurez y de mi presente (y estoy segura de que también de mi futuro). En esas edades comienzas a tener conversaciones “profundas” y aún hoy las recuerdo con cariño. Tuve la suerte de ser de las últimas generaciones “sanas”, porque tiempo después, el insti se llenó de humo de tabaco, alumnos catalogables de todo menos de estudiantes, de dejadez, de vaguería, de promociones en las que aprobaba menos de una clase de cada 8 (contando turno diurno y nocturno). Acabar COU se convirtió en algo casi inaudito y con la ESO, todo fue aún a peor. En mi época, de cada 8 clases repetían  por curso 4 ó 5 personas. Hoy en día, raro es el que estudia y aprueba, con el riesgo que conlleva de acoso por parte de los que no lo hacen. En el pasado te admiraban por aprobar, hoy… eres un apestado.

    El instituto es, sobre todo, el periodo del despertar al amor. No sólo al sexo y a la madurez corporal con los cambios que conlleva, sino a fijarte de manera emocional en una persona. Da igual si es en alguien definitivo o no, siempre, a esas alturas de la vida, te parece que el chico en el que tu corazón ha depositado el boleto de lotería es el auténtico, el único que vive sobre la faz de la tierra, el único que existirá en tu vida venidera, el probable padre de tus hijos y co-pagador de tu hipoteca. Así es la frescura del amor en tiempos de acné y cine de palomitas, eterno mientras dura. Las miradas de recreo, esas visitas a la biblioteca por las tardes cuando podrías estudiar en tu casa perfectamente, esos amigos intermediaros que te dan información sobre lo que hace o deja de hacer tu ser idolatrado, esos mensajes tipo “pues a Fulatina también le gusta el mismo”, o “pues él dice que está por ti” ( gran frase de la juventud que luego no se vuelve a repetir, como la de “te ajunto”). El latir de tu corazón cuando el susodicho pasa cerca, cuando te mira o crees que lo hace, cuando se dirige a ti verbalmente por vez primera… Luego, con los años, acabas pensando “pues fíjate que tonta era por creer que yo era alguien especial porque me “hablaba” Fulanito…”. Especial es una sin que nadie te tenga que hablar. Pero en esas edades la autoestima está muy mal baremada y la palabra de otros, “muy al alza”. Pero todos esos protocolos de arreglarte, hablar, escuchar, esperar, suponer, dudar, palpitar… son bonitos en su sencillez e inocencia. Todos, en mayor o menor medida, debemos tener un lugar en esos bancos de parque, aquellos tronos de madera tallada en nombres y corazones que ya no significarán nada, cuyos clavos oxidados pernoctarán por los siglos de los siglos bajo nalgas púberes temblando de emoción, bancos testigos de besos, palabras honestas (o desonestas), secreciones humanas, discusiones, declaraciones de amor, bautizos hipotéticos de nombres inverosímibles para bebés no natos, lloros, tragedias y alguna que otra viñeta de humor. Y el que no haya tenido ese lugar por no haber gozado de la oportunidad, que lo busque ahora. La perspectiva desde un banco de parque al anochecer es curiosa, el universo entero parece tan sólo un envoltorio para la vida auténtica que se gesta sobre la madera o la piedra. El amor parece más íntimo, su clandestinidad más salvaje. El que no haya gozado de un banco que salga hoy, esta noche, en su búsqueda, con o sin pareja, que goce de sus sombras, que se transforme en una de ellas y viva esa oscuridad del anonimato. Yo fui sombra en un banco en una época de mi vida: pasé inviernos con falda sin medias, con las pantorrillas cianóticas  padeciendo el frío, sin ir al baño durante horas porque la naturaleza es sabia y te anula ese tipo de reflejos cuando el amor es lo que importa. Ahora bien, después vienen otras etapas: la de los cafés de Madrid, las tertulias con la pareja, la de los viajes, la de las hipotecas, y por fin, la de las bodegas con chimenea, un buen vino, un brazo cálido que te da amor y seguridad y una mirada bajo la manta a cuadros que te hace sentirte viva y adulta, adulta en el verdadero sentido de la palabra. Y no cambiaría por nada del mundo mi sitio en el sofá con chimenea, nada en mi paraíso personal. Pero para apreciarlo, para saber vivir, la escalera se ha de escalar desde el principio, y los bancos de madera son y serán, un buen primer escalón.

   Aún recuerdo una de esas noches, con mi primer novio de adolescencia, en el parque de mi barrio. Charlando de cosas de instituto, vimos una sombra. “Ah, parece Juan el Mona”, dijo él. “Ah, ni idea de quién es”, respondí yo. “Pues el que cuida del cementerio, todo San Fer le conoce, pobre, es rarete”, afirmó el susodicho. Así que Juan el Mona se fue acercando, despacio, como paseando por el campo, con sus manos en la espalda, como quien va ensimismado, despacio, acercándose a nuestro banco, cada vez más, cada vez menos metros entre él y nosotros, poco a poco… poco a poco… hasta llegar a medio metro. Nos miró, pasó de largo y tal como vino, dió media vuelta volviendo a la profundidad de la noche. De pronto vimos algo que no tenía que estar allí: no había tenido sus manos entrelazadas a la espalda… LLEVABA…UN HACHA. Ese hombre, cuidador del cementerio viejo, con cara de…. ido, en la noche nochera que diría Lorca, se había acercado a NOSOTROS, no a otra gente ni a otro banco, a NOSOTROS expresamente, había meditado en nuestra cara (“oh que te busquen en mi frente juegos de luna y arena….” debió pensar él, como Federico en su Romance de la Guardia Civil), y había portado un hacha que no utilizó… pero podría haberlo hecho. ¿Por qué llevaba un hacha de noche? ¿Por qué tuvo que estar en ese mismo punto espacio-tiempo? Atrás quedó el tiempo de los bancos y los Juanes con hacha, atrás quedó la anécdota y el miedo juvenil. Ese hombre igual vive aún, igual no, sólo él lo sabrá. Dudo que un día me encuentre una lápida en la que quede escrito “Juan el Mona, tu hacha te recuerda”.

    Las vivencias juveniles son así, intensas. Aún si me paro a pensar, tengo los latidos del corazón en la garganta de cuando corría, campo a través de noche, volviendo a casa de la discoteca para poder llegar a la “hora señalada”. Ay, Paladium dichoso. Una hija cumple. Por supuesto. Aunque conlleve correr varios kilómetros. Luego pasa lo que pasa y las noticias de la tele nos alarman. De joven no razonas en los peligros. Hoy hay cosas que no haría, siendo más fuerte y más experimentada. Ay, la adrenalina de la juventud. También recuerdo el primer fallecimiento por inconsciencias al volante. Cuando pienso en aquel amigo que se estrelló de madrugada, que murió por haber cambiado su cinturón del coche por otros de rally, cuando no murió nadie más que él… Era joven y adicto a la vida y su propia juventud le mató. Siempre que me acuerdo de él pienso en la misma canción, “Forever Young“, de Alphaville.

http://www.youtube.com/watch?v=t1TcDHrkQYg

    Llegó la selectividad y con ella, la clausura de un tiempo de hombreras, pantalones de chandal llevados por dentro del calcetín,  vaqueros de pata de elefante, tupés rellenos de “papel pinocho” (YO NUNCA LO HICE, POR RESPETO A MI MISMA), zapatos de punta de payaso, chapas de Acid House, invitaciones de discoteca sólo para las chicas, exámenes que sabías perfectamente que te iban a salir bien (ay, esa certidumbre se disiparía en la universidad), amigos fieles que hacían travesuras en la última fila de clase, bocatas de tortilla en los descansos, mil clases de música e idiomas por las tardes, horas de llegada a casa, primeras broncas con los padres, primeros arrebatos, primeras parejas que luego quedarían como nombres en un diario en el corazón, primeras salidas en serio por las calles de Madrid, primeras cenas en chinos… todo, todo, tiene su peso, y su correcta gestión hace de ti un adulto de provecho. Hoy todo queda lejano pero en días como hoy, cuando uno recuerda su instituto, siente nostalgia de su frescura y sencillez, ya no tan amplia como en el colegio pero sí con un toque de libertad que da esa edad.  Cuando veo un banco en un parque recuerdo el frío, siempre recuerdo la piel con sus dibujos amoratados en forma de mapa. Siguiendo sus líneas podías encontrar una piel tersa y joven y una musculatura capaz de recorrer el largo camino hasta donde estoy hoy. El mapa de mi vida, de la de todos, tiene esos colores y esos matices. Aquellos bancos quedaron un día vacíos y otros inquilinos ocuparon nuestro lugar. La lluvia, estos días, habrá mojado otros corazones que algún día sólo sentirán un pequeño temblor al recordar sus sombras.

¿SUFRE USTED DE SINCERICIDIOS? LAS SIETE CLAVES PARA RECONOCERLOS.

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    Bertita nunca fue muy agraciada. Tampoco el estilo inculcado por su madre la salvó de las risas de los chicos del colegio, esos gritos llamándola “friky, que pareces una amish de las pelis…”. Ella no sabía lo que era un friky, ni un amish. Luego se lo preguntó a su madre, que tampoco lo sabía. Y siguió vistiendo mal y siendo fea. Pero los años pasaron y poco a poco, con los consejos de las revistas y un poquito de televisión, la cosa mejoró. Un día, ilusionada por una nueva falda adquirida en la planta de oportunidades de unos grandes almacenes, acudió al trabajo con ganas de deslumbrar. Era la falda adecuada.

 -Ay hija, pero cómo se te ocurre. Qué horror, qué estampado. Si parece el forro de una sombrilla de cuando era pequeña, si es que no vas a la moda nunca, la falda es un requetehorror, vamos, vamos, lechona qué ocurrencias tienes algunas mañanas…

  Mari Puri era su compañera de la mesa de al lado. Siempre tan candorosa en sus recibimientos matutinos. Siempre tan…. rapidita en hacerte un scanner. Bertita nunca lograba un comentario positivo a cerca de su aspecto o de cómo trabajaba. Pero esa mañana… con la ilusión que le hacía ponerse aquella falda que ella había catalogado como bonita, con esas flores que tanto le gustaban… y de su color favorito…. La falda era… la prenda de su vida. Cuando la vió colgada entre otras más anodinas supo que tenía que comprarla. Si no, otra se la llevaría y perdería la oportunidad de poseerla. Adoraba aquella prenda. Pero….. Mari Puri opinaba que era un H-O-R-R-O-R. Y lo dijo bien claro, rauda, nada más pisar la moqueta del despacho. El corazón se le detuvo por quince segundos. Milagro seguir viva después de la asistolia social que había sufrido. Pero es que…. tan claro lo tenía Mari Puri que quizá tuviera razón. ¿Y si era fea la falda? ¿Y si le quedaba mal? ¿ Y si la idea era mala, como todas las ideas que ella tenía en todo en esta vida?¿ Y si ella misma era un horror? ¿Y si siempre lo había sido desde niña…? Mari Puri criticó un “detallito”. Pero Bertita tuvo un dolor…. de los de verdad. El día, la semana, tal vez la vida, se le habían chafado. Por unas flores estampadas en algodón. Mari Puri era muy clarita. Solía serlo. Era una gran experta en cometer…. SINCERICIDIOS.

     El término sincericidio era algo nuevo para mi hasta que se lo escuché a una amiga, bastante pizpireta y atenta a lo que se cuece en los estudios sociales. Después, como con otras palabrejas, me dió por curiosear en San Google y , voilá, allí aparecía en innumerables publicaciones. En todas ellas se afirma que la sinceridad, cuando se aplica haciendo daño, es sincericidio. Y, puestos a analizar, quién no ha sufrido algún sincericidio en su vida. A todos nos ha quedado mal alguna prenda pese a la ilusión que nos hacía ( por ser regalo de un ser amado, tener algún detalle de valor emocional, ser de nuestro color favorito o haber supuesto una ganga que nos enorgullece). Y si nos queda realmente mal, podemos agradecer un comentario útil y sutil para cambiar el efecto que provoca en los demás ( eso si queremos, claro). Pero una cosa es un “anda, llevas falda nueva, mmm, es .. mona, pero no como la de ayer, esa SÍ que es bonita y te queda bien…” a  un “puff, fatal, fatal, pero tú creías que te iba a quedar bien, con ese color tan horrendo, que te va a hacer el culo más grande de lo que ya lo tienes y se te van a ver las lorzas debajo de esa licra, anda, anda, no te lo pongas más, que estás loca…”.  ¿Hay o no hay diferencia en el efecto que produce en nosotros ese comentario? No digo que no se nos pueda decir la verdad, pero todo ello con respeto, mimo, y si no es necesario hacernos sentir mal porque eso no nos va a salvar la vida, pues que se callen los demás y que no nos amarguen el día. Igual importa más la ilusión que me hace  que algo me lo haya regalado mi amor o que sea el vestido de mi boda. Claro, que yo nunca compraría lo siguiente (y si lo hiciese, agradecería un comentario como el primer ejemplo..):

   Evidentemente el sincericida puede equivocarse y criticar, con maldad y recochineo, algo que no es cierto. Eso ya es el colmo de los colmos. Quién no ha recibido un comentario espontáneo y maligno sobre algo lleno de buen gusto. Todos nos imaginamos qué personas cumplen el perfil de sincericida ( amigas de compromiso, compañeros de trabajo, progenitores con afán de protagonismo, vecinos envidiosos, familias políticas complicadas, personas de la infancia cuyo futuro no fue tan prometedor como el de uno, marujas de supermercado…). ¿Pero cómo reconocer el sincericidio en si? He aquí una lista de puntos cuasi-infalibles para detectarlo y no morir presa de la crítica:

1) Cuanta más ilusión te haga un hecho, más probabilidad de recibir un sincericidio. Si has recibido un cum laude en el doctorado que tanto te costó sacar adelante, los comentarios tipo “pues tu tema no era tan complicado”, “uy, cum laude se lo ponen a todos”… son sincericidios.

2) Cuanto más pronto te hagan un comentario, más sincericida es. El malvado no espera a que tu hijo crezca para criticar su carita, ya de lactante te dice “ay pobre, con lo pequeño que es y ya… es así… bueno, bueno, no pasa nada, igual os saca buenas notas luego, que oye, eso es lo que importa, ¿no?, porque con la cara ya no hay remedio, ay pobre, si parece de otra especie…”.

3) Cuanto peor le va al interlocutor y mejor te vaya a ti, más sincericida puede ser esa persona. La envidia no sólo tiñe de verde el corazón de las personas, también le da un “toquecito” a las frases. “Anda, acabaste la carrera, te casaste, tuviste hijos, un coche y un perro majete, ahhhhhhhh, oye, tu mujer está hermosota, si quieres le paso la dieta Dukan que a mi suegra le fue bien….”.

4) Cuantos más oyentes haya para un comentario, mayor es la probabilidad de que sea sincericida. No es lo mismo decirle a una amiga “anda, acompáñame al baño que no quiero ir sola”, para luego decirle “nena, que tienes una semilla del Big Mac en el diente” que, de otra forma, decirle delante de toda la reunión de antiguos alumnos del colegio (con la mesa llena de envidias por tu ausencia de calvicie o gordura): “nenaaaa, que tienes un pedazo de semillón en el diente que pareces el cuñaoooo”.

5) Si el ambiente es tenso entre ambos interlocutores, de esos de cortar el aire con cuchillo, los sincericidios serán la norma. Esa jefa o supervisora con la que no te gusta subir en ascensor porque no sabes qué decir ni a dónde mirar; esa persona del grupo a la que toleras cuando te la encuentras en una reunión de ocho, pero con la que no podrías tomarte un café a solas; ese cuñado sibilino al que no quieres ver fuera de las Nocheviejas; esa vecina del cuarto que te espía para investigar si bajas al perro por el ascensor o por el montacargas (como ella sugirió en la última reunión de la comunidad). Con todos ellos, ojo al comentario. Aún recuerdo cuando a mis padres les criticaron en una reunión de vecinos, en nuestra antigua casa, porque nos duchábamos todos los días, los TRES miembros de la familia, cuando el agua entraba dentro de la comunidad y entonces suponíamos un gasto tremendo para los demás ( claro, por eso nunca dejábamos nosotros mal olor en el ascensor y otras personas sí).

6) Cuanto más amargado sea el comentarista, más sincericida es. No se puede entrar en un bar y que te diga la dueña “anda queeee, estás más gordo, bribón, te cuidas bieeeeen”. Pues no. Y que tengas un mal matrimonio, una hija mal criada y choni total, un yerno que es un trozo de carne con ojos, un negocio que te da mucho dinero pero te tiene entre cuatro pareces todo el santo día, que te estés haciendo vieja, que la vida no te de ya sorpresas, etc, etc, etc, no te justifica esa “sinceridad” mal entendida.

7) Mal de muchos, consuelo atacando. Los que tengan pareja sin hijos, con una vida cómoda e intensa, llena de actividades que hacen feliz, seguro que han escuchado (al igual que yo), esos comentarios por parte de conocidos con hijos, tipo “ay no sabes lo que te pierdes” (provocando que te cuestiones si de verdad te estás perdiendo la bomba y tú sin saberlo); “pues hija, cuidado que se te pasa el arroz, que mira QUÉ edad tienes” ( metiéndote el miedo de la cuenta atrás, la autoconciencia de tu EDAD, haciéndote pensar en paellas sobrecocinadas y con el arroz pastoso…); “pufff, pues como te pongas tarde, a ver cómo aguantas luego toda esta guerra, no tendrás fuerzas, es que no podrás ni bajar a tu hijo al parque, y cuando él tenga 15 tú tendrás 80 y no os entendereis, y te sentirás una anciana, y te arrepentirás de los años que esperaste por comodona….” ( haciéndote creer que en logística no tienes ni idea); “uy, eso de hacer tus actividades así, como los jovencitos… denota que no superaste los veinte años y los quieres estirar, infantil, pardilla…” ( avergonzándote entonces de llevar ropa de “jovencita”, hacer “actividades de jovencita” y tener unos horarios “locos de jovencita”, vamos, que en tío eres un viejo “chochote”.). Pues bien. Cada uno que tenga los hijos o las hipotecas cuando le plazca. Aquí (yo creo), no hay un horario de fichar oficial, estatal y vigilado por los Cuerpos de Seguridad del Estado.

 Podría estar siglos y siglos sacando puntos a la lista. Pero vamos, que morir por sincericidio no merece la pena.  Salvo que te salve la vida. Pongo un ejemplo: tu pareja te quiere matar y para ello envenena tu postre preferido con matarratas. Tú, inocentona, picas el anzuelo. Y de pronto, al conyuge, le atacan los remordimientos (ay, y ahora quién me va a aguantar, uy, que luego ya no podré ir al club de golf si me detienen…). Así que confiesa. Y te dice que te acabas de comer veneno. Pues hombre, es un sincericidio. No por reconocer un crimen sino porque la verdad de saber que tu pareja te quería matar, duele. Pero esa sinceridad, salva. Así, bien empleada está.  También lo está si se le avisa a una novia de que poníendose el anterior vestido mostrado, arruinará su boda.

   Sincericidas del mundo, quédense con su opinión que denota muchas cosas y ninguna buena. Cada uno que se ponga la falda que quiera, que a veces, el estampado-sombrilla, hace ilusión. Viva el frikismo y el buen corazón. Abajo los criticones y la envidia verde-manzana.

Recuerdos migratorios, patio solitario.

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     A veces, por influencias del inconsciente, cuando miro un escaparate y producto de mi vanidad, busco mi reflejo en él… veo una niña con un vestido amarillo. Pequeña, con cara inocente, pelo negro por los hombros y calcetines blancos. Ella me mira sin saber qué hay detrás, qué repostería gourmet o ropa estravagante me quiero comprar. Sonríe, parece que le caigo bien, me mira con una confianza como de saberlo todo de mi, qué me tocaba hacer en estos últimos años, mis gustos, mi carácter, mis miedos… Ella suspira tranquila. “Estoy en un buen momento”, me dice con la mirada, “me gusta el cole, ¿sabes?”, “estoy aprendiéndolo todo, todo, para que luego tú hagas cosas interesantes con lo que yo asimilo, estoy aprendiendo a ser tú, a divertirme, a coger conocimientos, alegrarme, ponerme triste, asustarme, correr por el patio, conocer amigos, escribir nuestra biografía desde el principio…”. “Tranquila, amiga, estoy empezando el libro con buena letra, luego te irá bien, ya lo verás, aunque el resto de los años que me quedan, los que tú ya has vivido, tengan cosas difíciles, te irá bien y yo, desde mi presente, que es tu pasado, siempre te querré, hagas lo que hagas. Yo te perdono lo que hayas hecho mal, amiguita….”.

     Cuando miro ese escaparate siento una punzada de nostalgia. Aquel vestido amarillo que a mi madre le gustaba ponerme, siempre de amarillo (total yellow como se dice ahora….), cómo cambiaron luego las cosas, esos armarios llenos de ropa negra y mi madre suspirando lo mismo de siempre, “ay, qué joven para ir de negro, ay siempre igual, ay, que se decolora, ay, dejaré las camisetas en agua con sal, que parece que agarra el color….”. Esa niña nunca volvió, vivió unos grandes años llenos de aventuras, rodeada de niños estupendos que tampoco volvieron jamás, niños que ahora son hombres y que tal vez, en sus escaparates de barrio, vean de cuando en cuando algún chavalín de jersey con bolas o chandal de rayas en la manga… Esos niños de nuestro pasado, sus diarios, sus recuerdos… son los culpables de lo que somos hoy, de nuestro valor o cobardía, de nuestra capacidad de amar o de hacer daño, de nuestro egoismo o caridad, de nuestro valor como personas…. Si no se me recuerda como un gran niño… es que no seré nunca un gran hombre.

    Puedo recorrer perfectamente el camino que hacía cada día: esperaba el sonido del telefonillo, bajaba corriendo en busca de mis amigos, seguíamos la calle Vergara y comprábamos un bollo en la pastelería Caribe, pasábamos al lado de aquel edificio gris en cuyo tejado mi padre y yo, tantas veces, habíamos colado balones las tardes de domingo… avistábamos los rosales de la valla del colegio, su puerta de barrotes rojos, el estrecho pasillo cubierto por un porche, el hall, la escalera que conducía al piso superior y por tanto, a los cursos de los “mayores” (aquel periodo inalcanzable por el que todos pasamos al final….). Y así cada mañana, indiscutiblemente salvo enfermedad (y no tanto como los niños de ahora, que  con medio moco se quedan en casa….). Esa era una rutina excitante y llena de sorpresas, que nos entrenó para la rutina más aburrida que vendría después, en el mundo laboral. Todos llegábamos a tiempo, nadie entendía lo de llegar tarde y poner excusas tontas, nadie hacía peyas porque eso no entraba en nuestra mentalidad de niños sanos sin pervertir. Nos sentábamos desde antes de que llegara el profe, preguntábamos al de delante qué tal el fin de semana, si vió el capítulo de “Verano azul” o “Falcon Crest”, ay madre, fíjate Maggi Gioverti qué muerte más tonta tuvo, mira que coger el anillo de la rejilla de la piscina…. Oye, y la escena de “El misterio de Salem´s Lot” en el que el niño vampiro visita a su amiguito , flotando tras la ventana y rascando el cristal con esa voz tan… tenebrosa….. Dudo mucho que ningún niño de nuestra generación haya podido olvidar esa escena….. Las noches de niebla profunda ya no serán nunca lo mismo. Oye, oye, y cuando Michael Landon era nuestra ejemplo de bondad con esa serie de “Autopista hasta el cielo”, madre mía, siempre era todo ternura y final feliz. Los sábados por la tarde había dibujos a la hora de comer, teníamos programas musicales como “Tocata”, donde cantaban los que empezaban o ya eran famosos. Aún recuerdo la niebla sobre la pista y esos movimientos ochenteros de cadera que tenía Ana Torroja ( para mi la puerta del Sol siempre tendrá marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes y alguno que otro cura despistao…). En clase nos pedíamos cintas de cassette, las copiábamos luego en casa ( qué buenos eran los boli Bics para rebobinar). La música de nuestra infancia, de nuestra generación siempre será memorable y por mucho que después haya investigado sobre rock progresivo, gótico orquestal, compositores franceses del siglo XX o pop japonés…. mis grupos de la EGB serán los favoritos de mi corazón.

     (Tenía, debía poner una foto de Depeche Mode. La pondría aunque estuviera hablando de recetas de ensaladas….).

    Las mesas eran pequeñas y verdes, fáciles de escribir si utilizabas lapicero. ¿Hace cuánto que no utilizamos un lapiz en nuestra edad adulta….? Recuerdo que había un niño en mi clase que me robaba toooodos los lápices, daba igual si eran negros o de colores. Mi padre, el pobre, por las tardes hacía una muesca en la parte de arriba y ponía mi nombre para que fueran fácilmente reconocibles y difíciles de hurtar…. Nunca supe para qué me robaba tantos. Yo le decía la verdad, que eran míos, y él me daba patadas en las espinillas, medio en broma medio en serio (aunque yo, volver a casa con moratones, volvía, y luego mi padre me preguntaba que qué era eso…). 

    En el periodo de la EGB ( mucho mejor sistema educativo que la ESO, ya que yo recuerdo un amplísimo vocabulario de inglés de esa época y cabos y afluentes de ríos….), todos nos hicimos medio adultos juntos. Evolucionamos desde la primera soledad ( porque en el jardín de infancia, como se llamaba antes a las guarderías, uno no es tan consciente de que le han dejado solo..) hasta la necesidad de compañía ya sea de amigos o del sexo contrario ( uno comienza a aprender a ver a los chicos como algo más que los que juegan al fútbol en el recreo…). Aprendimos a leer y escribir juntos,  uff las famosas tablas de multiplicar, el verbo-sujeto-predicado y los archifamosos y útiles complementos circunstanciales, la cantinela de las preposiciones, escribir sobre los mapas mudos, la prehistoria y las lascas, las sociales con sus tundras y el clima continental, el inglés con los -ing endings, las células y las mitocondrias, las figuras de plastelina y las manualidades con punzón (madre mía, hacía años que no pensaba en el punzón y sus dibujos de puntos craquelados…. qué actividad taaaaaaaan rara y hermosa).  Aún tengo por casa de mis padres el famoso semáforo que tuvimos que hacer, un cenicero en barro barnizado donde escribí “papá”, para el día del padre, fotos de la obra de teatro en la que hice de bruja de Blancanieves (mis padres se trabajaron mi gorro con un paraguas negro, era totaaaaal). Ahora mismo, no sé por qué, me ha venido un flash sobre un calendario de adviento de párvulos y estoy a la 1:40 de la madrugada frente a un ordenador…… qué cosas, qué cosas tiene la memoria.

    Recuerdo a todos, todos mis compañeros. Alguno vivía en mi calle, lo que facilitaba salir a jugar por las tardes bajo los soportales. Ningún adulto se planteaba nada raro por dejarte fuera de su campo de visión. Todos corríamos por el barrio con pocos años, con 8 ó 9 incluso, corríamos y corríamos, jugábamos al escondite, a la comba, a la goma… En mi calle vivían Cristina y Ana, en otra perpendicular, Elena. Nombres normales y sin embargo, recuerdos excepcionales. No hacíamos nada extravagante, nada de Wii ni de Nintendo, tan sólo tocar al telefonillo y bajar con ilusión las escaleras del portal, de dos en dos escalones, para pasar la tarde y charlar, gastar calorías trotando, y en definitiva, crecer juntos. Luego estaban los que venían a buscarme, Jesús, Mariano, David… Grandes chicos que se hicieron grandes hombres. A Patilla le traían sus padres en coche desde una granja muy lejana ( era el ÚNICO QUE VENÍA EN COCHE, el único, tomen nota papás de ahora). Recuerdo que un hijo siempre cumplía lo que sus padres imponían, daba igual que te trajeran en cochecito de bebé porque llevaras escayola o que tuvieras que llevar un jersey beige todos los días, por decisión materna. Daba igual que tuvieras tus primeros “pelitos de chica en las piernas” porque si tu madre te decía que te tocaba falda corta, te tocaba. Daba igual. Los padres mandaban. Pero nosotros no ridiculizábamos a nadie, no había bulling ni terminología inglesa para nada (salvo la moda aquella de jugar al beisball en el recreo…). Ay, el balón prisionero, el retroceso, las cuatro esquinas del porche, el churro-mediamanga-mangaentera, policías y ladrones, jugar a vender aceitunas en los olivos del recreo y que te pagaran con aceitunas…. los toboganes amarillos, el fuerte de madera, aquel desnivel por el que me caí al toque de la sirena y que me dejó la cara morada el día de mi cumpleaños. Mi patio, mi territorio, mi libertad.

     A veces es extraño ver cómo la vida avanza. Hace poco, en el Facebook, me reencontré con varias personas que pertenecían a aquel mundo, para mi congelado en el tiempo, que fue el colegio. Y nada, nada en el tiempo se paraliza de verdad. La gente se hace mayor, las caras cambian, las carnes a veces adelgazan y otras veces se tensan, se tienen hijos, no uno sino incluso dos, hay bodas, divorcios, trabajos, cambios de domicilio, calvicies, arrugas…. Pero un punto en común no cambia nunca: la nostalgia. Aquellos tiempos sencillos sin responsabilidad, sin prisas ni crisis, en el que los únicos malos eran aquellos que decían la frase “o me das tu bollo o no juegas con nadie”. No sé por qué acabo de acordarme de esta escena. Se repetía muchos recreos y aunque yo no era una gran sufridora de la mala en cuestión ( sí, sí, mujer, agraciada en aquella época, no tengo por qué dar nombres, supongo, espero que ella recuerde que era lo que ahora se denomina “pandillera”, era una lider de grupo a la fuerza, no porque los demás la votasen libremente…), pues bien, aunque yo no padeciera mucho su divismo, sí recuerdo que a otros los marginaba, los echaba de la lista de “personas con las que se podía jugar”. Pero quitando esas cosas que de niños no son tan pequeñas, pero que ahora nos parecen débiles ensayos de sufrimiento, esa época era dulce y cómoda, y todos, todos, creo que añoramos su ternura, las vivencias compartidas y el hecho de hacernos mayores juntos con una rutina familiar. A mis compañeros de infancia, de estudios, de juegos en la “U”, de rutas matutinas, de primeros cines de sesión doble y bolsas de kikos y piruletas de corazón, a los que venían conmigo cada verano a la pisci, a los que arrancaban majuelos del patio, a los que chupaban las flores de “pan y quesillo”, a los que saltaban al potro en gimnasia, a los que respetaban a los profesores, a los que vinieron al entierro del hijo de uno de ellos, Cesar, mi compañero de piano, gran niño, a los que bebían Tang, a los que comían Phoskitos y llamaban así a una profe… A todos, todos, os tengo un cariño especial, incluso a los que eran algo “malos” en esos tiempos, a todos os tengo en una parcela de mi corazón de niña y eso no se puede borrar, aunque el tiempo, la crisis y las prisas a veces me hagan sentirme otra persona. No, yo sigo siendo la niña del reflejo en el escaparate, la que viste de amarillo.

     “Traquila, amiga, ya ves que siempre sigo aquí, donde tú recuerdas. Soy tu ayer y tú eres mi mañana, me gusta cómo eres y lo que has hecho hasta ahora, no te preocupes por tus fallos. Lo daba por hecho. Y no me regañes con los míos, que te han conducido por el camino correcto. Tranquila, seguiré aquí para cuando vuelvas a mirar sobre el cristal. No me olvidarás. No puedes. Te dejo por un ratito, que estoy jugando entre los olivos del patio y me están esperando los niños de otros reflejos. Te dejo ya, que me lo estoy pasando fenomenal”.

     Me distancio un metro del escaparate. La niña ya no está. Tan solo queda un patio solitario.

La increíble historia de la perrita que se comía las colchas de Ikea.

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A veces la historia no tiene datos documentados de cómo sucedieron los grandes eventos de la humanidad y tan sólo nos queda utilizar la lógica o la imaginación para rellenar las lagunas a nuestro beneficio. No hay claros escritos sobre el auténtico Jesucristo (todo son suposiciones sobre un hombre de la época), creemos que el ser humano pisó la luna por una retransmisión que aún hoy en día, se nos presenta sosprechosa…., y según leyendas, que no se pueden refutar con contundencia, Japón fue creada por dos dioses, Izanagi e Izanami, hermanos que descendieron desde el cielo a la isla de Onogoro y tras copular, crearon el archipiélago que hoy forma la nación (a ver quién es el listo que puede asegurar al cien por cien que esto no pueda ser cierto….).

Mi historia o, más bien, la de mi amiguita, comienza con datos inciertos que, tras pasar por el filtro de mi imaginación, quedan de la siguiente manera:

Érase una vez una casa vieja y semiderruída en medio de un terreno pedregoso. Se encontraba abandonada en un paraje duro, donde el calor era capaz de derretir las rocas y convertirlas en un gas irrespirable en verano, como un manto denso que tapara a todas las criaturas que, incautas, habían decidido vivir allí. En invierno, el frío y el viento horadaban la tierra y poco a poco, robaban al tiempo segundos de vida. Así era aquel lugar, sin nombre en un mapa ni recuerdos en sus gentes (tal vez porque prefirieran no recordar..). Era difícil, muy difícil vivir allí. Tan sólo los hombres sin alma y los desorientados sin cabeza podían encontrar en aquel lugar un sitio donde morar. El agua escaseaba, los víveres tenían que ser comprados, la pobreza era norma y la gente, mala por definición.

En aquella casa ruinosa vivía una familia compuesta de un hombre arrugado y cazador, una esposa sucia y pelleja, dos niños malcriados y con amargura precoz, diez cabezas de ganado medio muerto por el hambre y una galga blanca, tísica y floja. Como es costumbre entre los cazadores, la galguita tenía dos finalidades en la vida: cazar y reproducirse. Salía cada madrugada acompañando a su dueño en busca de alguna liebre o comadreja. Casi siempre volvían sin nada y miles de golpes recibía la galga de manos de la pelleja en la cocina. A veces utilizaba el atizador de la lumbre, otras una sartén grasienta. Nadie comprendía que en esas tierras yermas era imposible cazar. La pobre galga, sin nombre al igual que el pueblo, cada día retornaba a su rincón, más y más triste. El calor, la suciedad, los golpes, el silencio…. no entendía por qué tenía que vivir así. Desde cachorra siempre había sido buena, saludaba cada mañana con mucha ilusión y en el campo se esforzaba muchísimo por buscar en cada recodo… ella era buena pero eso no era suficiente. Y ya no sabía qué hacer. Su madre la educó para ser fiel y estar siempre al lado de sus dueños, era lo que tenía que hacer. Pero algo no encajaba. No encajaba.

Un día, un visitante pasó por el pueblo en un vehículo lujoso con olor a limpio. Esa brisa fresca que manaba de su interior despertó en la galga una curiosidad tal que venció su agotamiento y en un descuido del cazador, se acercó a la puerta. Y ahí, tras el portón abierto, vió un ser que jamás había visto en su vida. Era un perro fuerte, de larga melena rubia, ojos grandes y oscuros y una nariz negra y poderosa. Oyó decir al dueño que llevaba en su coche un golden de pura raza. Un golden…. no sabía lo que era eso pero sonaba tan mágico. El perro bajó del coche y se acercó a ella, también con curiosidad. Él parecía atraído por sus ojos, más pequeños y tristes, y por su cola fina y juguetona. Qué bien olía aquel pelaje de macho. Era limpio y brillaba bajo el sol.

La galguita cerró los ojos y se dejó llevar por esa nueva sensación que nunca había tenido. El golden miró su cara inocente y se quedó sorprendido de cómo ella disfrutaba de un momento tan sencillo. Le pareció encantadora. Y algo en su pecho comenzó a brotar. Una energía nueva, algo distinto a la vida con su dueño de la ciudad. Esos ojos entornados, ese cuerpo frágil que pedía a gritos que alguien lo arropara, esas heridas en el hocico, antiguas, que le contaban una vida mal vivida… Era estremecedor ese cuerpo blanco y sucio, nunca había visto una perrita con tanta historia detrás… Con su nariz poderosa le acarició el lomo y le ladró al oído “vayamos a correr al monte, tengo tiempo, mi dueño se quedará unas horas… quiero que me enseñes tu territorio, que me digas quién eres…”. La galguita abrió los ojos y vió una sonrisa tan preciosa ante ella… que no pudo decir que no. “¡Vamos, sígueme¡”.

Raudos, echaron a correr hacia las montañas, sin mirar atrás, sin recordar a sus dueños ni sus vidas pasadas en solitario. La brisa les acariciaba el lomo, el olor a espliego les daba la bienvenida al mundo libre, el crepitar del sol sobre la tierra les recibía en su seno. Corrieron y corrieron, hasta que sin darse cuenta, alcanzaron la cima de las montañas, donde pequeños arbustos ofrecían un poco de sombra. Desde lo alto, la casa del cazador no se veía. La galguita casi creyó que no había existido nunca. Allí no había atizadores ni niños malos, tan sólo un macho fuerte y sonriente que olía a nuevo, a felicidad, a calma. “Yo me llamo Olmo“, dijo el perro. “Pues yo no tengo nombre…”, respondió avergonzada la galguita. “No te preocupes, si quieres te llamaré….Brisa, porque pones una carita muy graciosa cuando hueles el viento… me gusta mucho”, le dijo con dulzura el golden. “Ay, qué bien, ya tengo nombre, tenías que venir tú, que no te conozco, para que alguien me llamara de alguna forma… aunque casí es como si te conociera. No sé por qué, pero nunca me había sentido tan a gusto. Me alegro de conocerte…”, respondió la perrita, ya bautizada. Brisa y Olmo se acurrucaron juntos, bajo la sombra de una jara, mirando el horizonte como si el mundo fuera un lugar hermoso. Se acariciaron el lomo y el uno sobre el otro, se quedaron dormidos. Cuando llegó la noche, bajo las estrellas, el amor surgió con facilidad, como sólo las cosas auténticas surgen sobre la faz de la tierra. La galga supo entonces que ya nada sería como antes. Algo en su interior había cambiado.

A la mañana siguiente Brisa miró a Olmo y él entendió que ella no podía volver a su casa. Su historia era muy diferente a la de él. Nadie entendería su huída ni lo que estaba por venir. Tenía que protegerla y amarla, como se merecía su cuerpo frágil y cansado. Ahora eran… uno. Así que, sin mirar atrás ni llorar a nadie, bajaron por la ladera opuesta, decididos a encontrar un nuevo hogar.

El camino fue duro. Dos meses casi sin agua, parando en las pocas sombras que lograban encontrar. En los pueblos que fueron visitando, algún cubo de basura les ofreció alimentos en mal estado y sintieron un poco de seguridad frente a los linces de los montes. La tripita de Brisa era cada vez más grande y poco a poco empezó a no poder caminar con soltura. Olmo le pedía descansar más amenudo y le ofrecía su lomo para que ella reposara su cabeza, lejos del suelo ardiente. Él dejó de beber para que a ella no le faltara agua. Y aun débil, siguió guiándola por los caminos hasta que por fin, encontraron un pueblo algo más grande con un parque. El suelo verde era fresco y sobre él, Brisa se encontró algo mejor. Unos matorrales le servirían de cobijo para lo que iba a venir. Ella lo sabía. Nunca nadie le había explicado nada, ni su madre cuando fue cachorra. Pero ella entendía que pronto daría a luz a varios hijitos. Escondidos entre majuelos, Olmo y Brisa esperaron a la noche. Y el momento especial llegó de madrugada. Unos dolores terribles vinieron en ráfagas. El cansancio de Brisa era tal que casi no le quedaban fuerzas para respirar. Olmo no podía hacer nada más que lamerle el hocico. Ella cerraba los ojos en cada embestida intentando contener los ahullidos. Su macho lloraba en silencio. El miedo a que algo saliera mal se olía en el aire. El tiempo fue pasando y de pronto… vino una sacudida terrible, y luego otra, Brisa soltó un ladrido agudo y….de su interior salió un precioso cachorro marrón… y luego otro moteado… y luego otro canela… y luego otro color vainilla. Olmo miró maravillado a sus cuatro retoños. Cuatro. Brisa, exhausta, lamió cada cabecita y limpió cada cuerpecito para darles calor. Era increíble. Los cuatro cachorritos, con lloros suaves y continuos, comenzaron a buscar los pechos de su madre. El padre, orgulloso, lamió con amor la carita de su amada. Nunca antes y nunca después se sentiría tan vivo. Ahora, era el jefe de una familia. Sus cachorros, como él, olían a calma.

Pasaron los meses y una protectora recogió lo que quedaba de la familia Olmo-Brisa. Un cachorro había muerto durante el primer mes y nada pudieron hacer sus padres. Otro estaba muy enfermo y se lo llevaron a una clínica. Nunca más supieron de él. Quedaron el cachorro canela, macho, y la de color vainilla, hembra, de carita muy similar a Brisa. La dueña de la protectora decidió quedarse a la pareja adulta y envió a los dos cachorros a casas distintas. Y aquí comienza una nueva historia. La de la cachorrita color vainilla, aún sin nombre.

Esta pequeña perrita fue adoptada por una familia de ciudad: padre empresario, madre directora de banca, dos hijos de colegio privado, coche caro en el garaje, sofás de tapicería de cuero. Decidieron adoptar una perra de protectora por recomendación de una compañera de trabajo de la madre. La perra no les pareció nada bonita, pero era gratis y en el centro prometieron que el padre era golden puro. La cogieron. Sin más. Desde el principio la tuvieron en la cocina, con la puerta cerrada. El salón era muy delicado y allí no se podía entrar. Para la cachorrita los olores eran muy nuevos, los ruidos desconocidos y ya no estaban sus padres con ella para calmarla. Echaba de menos a sus amigos del centro. Y a su hermanito ya nunca le volvió a ver. No entendió muy bien por qué no pudo quedarse en su casa, donde no vivía mal. Aquella nueva era más grande pero a ella no le dejaban pasear por las habitaciones. La cocina olía raro y tanto tiempo dentro… era muy aburrido. Todos los días sonaba la puerta grande. Se cerraba. Y eso significaba que la dejaban sola. Eso le daba mucho miedo, no sabía qué hacer, nunca había estado sin compañía. De los nervios que tenía, inentaba subir a los muebles, tiraba cosas al suelo que hacían mucho ruido al caer, todo se llenaba de líquidos y cosas que cortaban y ella se ponía aún más nerviosa, arañaba las puertas, intentaba subir por las cortinas para mirar por la ventana y un día incluso… tocó un botón y algo se puso caliente hasta tal punto, que salió fuego de una sartén…. y eso la dejó para siempre aterrada. Cada vez que hacía todo eso, la familia, a su regreso, gritaba de una forma horrible y le pegaban patadas. Acabó en el jardín, pasando mucho frío. Y un día, sin más, la montaron en el coche en el que vino y la dejaron en otro centro, mucho más feo y con peor olor. Allí otros perros esperaban, como esperaría ella.

El tiempo en el que estuvo en la perrera fue algo mejor. Ya nadie la pegaba e incluso hizo un amigo nuevo, un pequeño mastín que vivía en la celda de al lado. Por las noches, cuando se iba el cuidador, los perros más mayores calmaban con su voz a los más nuevos. “Esto no durará mucho, chicos, mañana por la mañana volverá el que nos cuída y nos dará comida, no pasa nada”, decía uno de dos años que llevaba muchos meses allí. Siempre terminaba diciendo “si mañana por la noche ya no estoy, no os preocupeis, recordad lo que siempre os digo”. Y un día, después de tantos meses de espera, el cuidador se lo llevó a un cuarto oscuro… y del perro más antiguo no se volvió a oir nada.

La cachorrita, ya no tan pequeña, se levantó una mañana como todas las demás. Comió, salió a correr con su amigo, volvió a la jaula…. y al medio día, escuchó el motor de un coche. Una pareja de chicos jóvenes bajó y visitó cada celda. Cuando pasaron delante de la suya ella miró como siempre lo hacía, con unos ojitos pequeños algo entornados, igualitos a los de su madre (aunque nadie en aquel lugar lo sabía). La pareja suspiró. Algo en esa perrita, en su manera nerviosa de mover la cola, en su naricita hacia arriba oliendo la brisa…. era especial. Había mucho amor en ese cuerpecito, un amor que venía de una larga historia en su sangre, y muchas cicatrices en su hocico como tuvo también una galguita mucho tiempo atrás. Ella mantuvo su mirada inocente, llena de todas las estrellas del campo, y en su pelaje color vainilla, pese al olor sucio de jaula, había algo que desprendía calma. La pareja se miró y sin decir nada, comprendió que esa cachorra les necesitaba. Y ellos la necesitaban a ella. El vínculo, invisible, estaba creado. La cachorrita miró a su amigo, en la jaula de al lado y dijo.. “creo que me voy, querido amigo, me duele que no vengas conmigo…”. “Tranquila, amiguita mía, yo no tardaré en salir de aquí. Prométeme que serás feliz y que correrás mucho, mucho, por el campo”. “Te lo prometo”.

Y así, con facilidad, como sólo las cosas auténticas suceden sobre la faz de la tierra, la perrita fue adoptada y pasó a vivir con la pareja joven. En cuanto la vió, tan bonita y elegante, la chica de la pareja pensó que se merecía un nombre de estrella de Hollywood, algo como “Vivian“, por Vivian Leigh, la de “Lo que el viento se llevó”. “¡Pero si es bizca, jajaja¡”, dijo él, entre risas. “Ay, pero eso le da encanto”, dijo ella. Y así, Vivian, bizca y con cara de haber sido hija de un golden y una galga, comenzó su vida en una casa donde podía correr en libertad por el jardín, dormir la siesta con sus dueños en el sofá, jugar con sus primos que vivían en casa de los padres de su dueño, comer bien, oler los rosales y de vez en cuando, ser algo traviesa y romper algún riego automático o comerse media bolsa de basura de la cocina.

Una mañana, el jardín apareció lleno de plumas. Vivian, jugando, había decidido comerse una colcha de Ikea. ¿Y pasó algo? No pasó nada. Porque así son los perritos y su amor lo compensa todo. Su naricita llena de plumas siguió oliendo la brisa como si fuera un tesoro.

Alguna vez, la chica de la pareja le ha preguntado quién fue su mamá o su papá. Y ella le ha respondido con un brillo muy especial en los ojos. Nadie parece entenderla. Pero yo, que soy la que escribo la historia, la chica de esa pareja, sé que detrás de su mirada, de su cuerpo algo sufrido, están Olmo y Brisa, un golden fuerte de ciudad y una galguita de vida triste, que juntos superaron todas las adversidades y tuvieron una historia de amor muy bonita. Fruto de ese amor nació Vivian. Y con ese relato en sus venas de superación, dolor, enfermedad, suerte, aventura, esfuerzo y ternura….sería imposible que nuestra Vivian no fuera lo que es, una joya que vino a nuestras vidas para quedarse y para darnos lo que sólo un perro puede dar: amor incondicional y puro. Por ello, porque Vivian ha sido en nuestras vidas una Brisa llena de esperanza, le he querido dar un pasado, una historia. Así ya no será nunca más una desconocida. Y con nosotros, queriéndola, ya no estará huérfana. Brisa y Olmo, donde quiera que estén, seguro que se sienten orgullosos de ella.

Gracias Vivian, por todo lo que nos das cada día. Nachito y yo somos muy afortunados. Eres el amor de nuestras vidas.

La historia del niño que tenía razón pero demasiado pronto.

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   Hace unos días recordé un hecho que me llamó la atención en su momento. No suelo acordarme de los pacientes que atiendo porque son muchos y con muy diversas historias. A veces cuento alguna anécdota que otra ( todos mis amigos ya han escuchado la famosa fábula del “Marroquí y el calabacín” o la otra no menos conocida superhistoria del “Señor de la palangana”) y siempre pienso que debiera recopilar estas historias en algún tipo de libro con viñetas, jejeje, desde el anonimato de estos personajes de la vida cotidiana pero sin obviar los pelos y señales de cada suceso ( nunca mejor dicho).

    Pero el otro día, sin embargo, tuve una de mis charlas profundas con un amigo, de esas de café largo y relojes parados. Y de pronto, no sé si por cuestiones de la crisis mundial y el desencanto de los ciudadanos, surgió ante mi una escena congelada en el tiempo: la de un niño de 9 años, diferente,  que acudía con su madre a una consulta de pediatría que yo atendía como suplente. Esa imagen siempre estará allí, como otras de la memoria laboral y humana.

     No soy muy afable con los pacientes, no cruzo una línea de intimidad como para tenerles afecto. Suelen calarme las historias de amor, eso sí, como romántica que soy. Una enfermedad grave, una escena escabrosa, un paciente psiquiátrico violento…. no me afectan ni en el momento ni días después. Pero aún recuerdo, de estudiante, una consulta en la que estaba frente a mi, sentada, una pareja de ancianos. Ella evolucionaba terriblemente en el duro camino del Alzheimer y él, cuerdo, entero, viajaba con ella viéndola perderse en el limbo del “no recuerdo”, “no sé”, “tú quién eres”, “dónde está mi muñeca”… y él, mientras, aún recordaba la mujer enérgica de la que un día se enamoró y quería seguir viendo en ella a esa luchadora. Pero la guerrera ya no estaba, quedaba tan solo una mujer frágil como una niña, que le sonreía porque siempre, siempre percibes en esas situaciones el amor que te tienen, él le cogía de la mano y ella notaba su tacto afable, su calor, esa delicadeza con la que se sujeta el cuerpo del ser que uno más quiere y aún con más temor cuando el que se ama ha sido el destinatario de tu amor por cuarenta o cincuenta años. Qué hermoso es tener un compañero de vida que camina contigo y evoluciona en cada etapa, de igual o distinta forma, pero que siempre es espejo para tus actos y almohada para tu descanso durante décadas de sufrimiento y cosas buenas. Ese hombre quería a su mujer como quien otorga al oxígeno su carácter de imprescindible, como quien saborea el agua de rocio sobre una hoja de nenúfar apreciándolo como a un auténtico tesoro. Amor es sentir lo que siente el otro en las entrañas. Mi madre siempre me ha dicho que cuando ella veía que yo mostraba dolor  lo padecía en su interior como si yo fuera carne separada de su carne, que eso era algo natural e inexplicable por el mero hecho de haberme parido. Y mi buen amigo, el de mis tertulias de café y recuerdos, siempre me ha reconocido que ama a su pareja como si ella fuera un brazo suyo, la siente parte de su cuerpo y así debe ser, no encuentra otra explicación a esa persona que le acompaña en la vida. Un brazo. Cuando yo miro a mi pareja veo su alegría o su dolor y esa conexión la tengo en mis entrañas de forma instintiva. No sé si a él le pasará lo mismo, no todos respondemos de la misma manera al amor, pero yo entiendo, comprendo el amor de esa forma. Cuando uno no puede explicar por qué quiere al otro, cuando uno no sabe por qué aguanta ciertas cosas, por qué se alegra de otras, por qué uno sufre, llora, se ríe con ganas, siente vacío en el estómago cuando el otro le falta… cuando uno no razona bien los porqués de esos mecanismos pero siempre encuentra a esa persona como desencadenante de todos ellos….sabe que ama a ese ser. Eso lo sabes. Y aquél hombre anciano y sano, cuerdo y amante, quería a su mujer por encima de la enfermedad y el tiempo. Y ella, delicada, recibía ese amor y se dejaba llevar, como una pluma, sin voluntad ni tesón, simplemente él soplaba y ella vivía sobre cada soplido esperando señales de su hombre ante tanto aturdimiento. Ella no le comprendía, ni tan siquiera recordaba quién era, pero una cosa era segura: gracias a él, esa mujer no tenía miedo. Porque la falta de entendimiento hace que todo sea feroz y cada elemento suponga algo hostil y aterrador. Y ella, tal vez de cuando en cuando, en ciertos segundos, sentía miedo, seguro, pero pronto  la mano de su amante se apresuraba a consolarla. Y así, poco a poco, esa velita se iría apagando encerrada en la soledad de su mente, pero con algo cálido rodeándola para hacerle más feliz en su camino a una muerte segura. Han pasado muchos, muchos años desde esa escena. Ella estará muerta. Y él también. La mujer habrá dejado el mundo casi sin notarlo. Él lo habrá dejado sintiéndose muy solo, sin ella, sin manos, sólo él con su cabeza cuerda. A veces, la mente es la peor compañera. Y pensar eso de ese hombre, imaginarme la soledad al no tenerla a ella, me duele. Y no eran nada mío, sólo otros seres humanos contando otra de sus múltiples historias a mi alrededor. No me afecta un atropello, ni un asesinato, ni una reyerta. Pero ese hombre, su amor, me afectaron y aún su recuerdo me afecta un día como hoy. No sé por qué escribo sobre él cuando iba a hacerlo sobre aquel niño. La mente es así, como una adicción que vuele. Igual que lo es el amor.

     Aquel niño de nueve años entró a mi consulta como lo hace otro cualquiera, con una cara normal, una ropa normal, una madre como todas.Ambos se sentaron y el niño adoptó una postura muy quieta. Lancé la pregunta que siempre hago, concisa y directa para que la gente no pierda el tiempo en detalles que no vengan a cuento: ¿qué le pasa?. Si hubiera sido en urgencias, la pregunta sería algo modificada: ¿qué le pasa urgente? (para que el que no venga por algo de gravedad, sienta un mínimo de vergüenza al acudir a un servicio de urgencias por un grano o un tapón de cera…).  Ante mi pregunta el niño se quedó callado. Y la madre también. Así que esperé…. segundos, minutos… y por fin la madre rompió el hielo.

– No sé lo que le pasa a mi hijo. Ha perdido las ganas de hacer cosas como todos los chicos de su edad, no sale, no juega, no se divierte, sólo está en su cuarto, sin hacer nada, ya no estudia, no tiene hambre…. está apático, es que no sabemos qué hacer con él… lleva así unos meses, pero la cosa va cada vez peor… y le preguntamos que qué le pasa. Y él dice que para qué hacer las cosas de siempre, para qué esforzarse, si todo va a acabar mal seguro, que tanto luchar, tanto luchar….

    Yo escuchaba la explicación con mucha cautela. Todo me sonaba a lo típico de una depresión…. pero no quería aventurarme.. Así que me dirigí al protagonista, que permanecía como una decoración más de la consulta, inmóvil como el ordenador.

– Cuéntame tú mismo qué crees que te pasa. ¿Antes te pasaban estas cosas? ¿Ha habido algún cambio en tu vida, algún disgusto, te ha pasado algo en el colegio o con algún amigo…?

-No me pasa nada. Simplemente…. que veo a mi alrededor que todo, todo, por mucho que te esfuerces, acaba mal. El que estudia luego no tiene trabajo, el que lo tiene, le despiden, uno lucha para no ser pobre y luego lo es, te esfuerzas en las amistades para que luego te traicionen, te esfuerzas en el amor y luego siempre sales dolido…. y todo eso, para qué, para qué estudiar, trabajar, tener contacto con la gente…. si ya lo ves venir es una tontería…. yo lo veo, lo veo y ya no quiero hacer nada porque sé que no sirve… me llaman al telefonillo los amigos y… en serio, para qué voy a bajar a la calle. Ya no me estimula nada, es que lo veo, lo veo. No tengo ganas de nada porque no sirva nada para nada. Y es eso lo que me pasa, nada más.

 Y nada menos, pensé yo….. escuchaba a ese niño de nueve años y me parecía estar en medio de un debate de adultos en un bar, ante unos gin tonics, arreglando el mundo o intentando asimilar la derrota ante él, como gente de vuelta de todo, gente que ya ha sufrido, perdido, trabajo, sudado, llorado…. como personas que, quemadas, ya no tenían muchas más fuerzas en la batalla que es la vida. Y a veces, las energías que has perdido, en seguida se recobran con unas charlas agradables en un pub, ante un Oxley con Fever Tree. Pero no. Allí no había ginebras ni luz oscura, no había adultos ni vidas aradas…. tan sólo un chaval de nueve años con la mente de un adulto quemado y con toda la razón del mundo. ESE CHICO TENÍA RAZÓN…. PERO DEMASIADO PRONTO. Yo no era quién para decirle a ese chico o a esa madre que nos encontrábamos ante una patología. Es que no la había. Pero claro, ese “demasiado pronto”… cómo estar seguros de que no había algo más (vana excusa, el chico era una mente socialmente prematura y privilegiada para lo negativo, y punto). Le dije a la madre que, en el fondo, cómo podíamos llevarle la contraria. Que desde luego no era normal una línea de pensamiento tan oscura en un chaval de nueve años (ahora me niego a llamarle niño, porque no lo era) y que, para quedarnos todos más tranquilos e investigar a fondo, desde luego iba a realizar un parte de interconsulta a psiquiatría infantil, pero vamos, sólo por ahondar y ver que no había ningún desencadenante atroz tras tanta clarividencia. Pero que aún así, con papeles y con especialistas, no descartara la familia que el chico era, simplemente, un adelantado a su tiempo y edad. Un realista-negativista, pero ante todo, un economizador de esfuerzos. El “para qué voy a comer si luego voy al baño” en realidad es gestión de esfuerzos, sin tener en cuenta que el comer es necesario igual que lo es el vivir experiencias. No importa si acaban mal o si un novio te deja. Las vivencias del amor, del trabajo, de la amistad o del esfuerzo tienen valor en sí mismas. Y con tanta economía nos perdemos las sensaciones. Yo soy fan del teléfono por permitir acercar a amigos lejanos o poder “tener contacto” con mi pareja aunque yo esté en el trabajo… pero nunca, nunca, ese aparato artificial tendrá el valor de un buen café en un sitio con encanto, con los amigos de siempre, recordando cosas viejas e imaginando las futuras. El sabor de ese café rodeado de cariño no tiene precio. Y ese chico se estaba perdiendo todo eso por tener razón demasiado pronto.

    Nunca supe nada de él. Quién sabe si cambió de punto de vista y se hizo más “pasota” o “positivo”, si tenía en realidad una depresión encubierta o se acabó suicidando, como tantos otros niños, por ver algo que los demás no habían visto. El suicidio infantil es un tema tabú pero en realidad, no debiéramos tratar a un niño como si fuera tonto. Siente, ve, razona, saca conclusiones…. y por qué tienen que ser tiernas y positivas. Cada mente es independiente y un niño que respire en el mundo puede alcanzar razonamientos de todo color y forma. Y los adultos nos arriesgamos a que no sean tan simples como queremos que sean. Las muñecas, las chapas, los dibujos animados…. tienen su importancia pero a veces, no poseen la fuerza para detener la evolución de la mente humana. Según mi madre, yo estaba enamorada de un compañero de la guardería. Y tenía muñecas. Pero no me sirvieron para no meter un pié en el mundo del amor romántico. La pobre no podía ni hacer la compra tranquila porque, como pasara el niño en cuestión por la zona, en seguida yo me ponía a gritar “mamaaaaaá, allí está Miguel Angel, allí está Miguel Angeeeeeeeel”. Y la pobre ni se enteraba del precio ni de lo que había pagado ni de nada. Y estuve así… pues probablemente un año. Hasta que pasé a párvulos y ya no estuvo ese chico en el panorama. Pero con todo esto quiero hacer ver que una niña de cuatro años se puede enamorar, desde luego no como alguien de cuarenta, pero tampoco como un ser candoroso e inocentón. A mi Miguel Angel me gustaba y hasta casi cogí obsesión, jejejeje. Ahora no le reconocería ni él a mi. Menos mal, qué vergüenza. “Mira chaval, esa es la locaza que se ponía tonta cuando te veía, jojojojojojo”. Uy, uy, uy, vamooooos. Jejeje.  También recuerdo que con diez años me tocó vivir el “Otan no, bases fuera” y que me dió mucha rabia no tener edad para votar porque estaba absolutamente en contra. Y sólo era un año mayor que el niño comentado. La inocencia se acaba pronto. Así que, padres del mundo, aprovechen ahora la etapa de bebés de sus nenes porque ésta, como viene, se va. Y luego entramos en el realismo atroz y la crisis y el sufrimiento, dejan huella.

     Ahora yo comparto mi vida con alguien que vino en el momento preciso y de la forma precisa. No hay nada que me haga más feliz. Menos mal que cuando tuve cuatro años no inicié una relación con Miguel Angel, de cuatro también. Si no, puff, ¡qué sería de mi ahora¡

El día en que no me dejaron ser primavera.

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Durante toda mi vida, siempre he pensado que Luisa es un nombre muy típico de abuela. Ya perdí la cuenta de cuántas personas me he cruzado a lo largo de los años cuya abuela se llamara así. Suena a nombre tradicional: la hierba Luisa, la zarzuela “Luisa Fernanda”… No es muy corto ni muy largo, cosa que está bien, y no  se le pueden hacer rimas “feas”. Pero aún así, creo que resulta muy fácil imaginarse a alguien llamado Luisa y que el rostro que nos venga a la mente sea uno maduro y serio.

    Yo no iba a llamarme así. Aunque venga de dos generaciones previas de “Luis”, el nombre previsto iba a ser el de mi abuela materna. Era el año 1976 y ya en España se permitían los nombres extranjeros (sobre la prohibición de lenguas extranjeras durante el franquismo se podría hablar horas y sobre la estigmatización del castellano en la actualidad en algunas zonas, también). Y claro, mi abuela tenía un nombre precioso y sonaba muy bien. Tenía un significado bonito y mucho más romántico que los nombres castellanos como tal. Es más, en Japón se escogen los nombres según lo que le quieras desear a tu hijo en el futuro, la sensación que quieras que le represente cuando se escuche su nombre e incluso los significados pueden ser frases completas si se enlazan nombre y apellido y sus contenidos forman un todo. Es algo muy complejo y cuesta mucho decidir cómo quieres que se llame un niño en ese país, no es algo tan aleatorio como aquí. A veces el significado japonés puede resultar simple, como por ejemplo llamarte “el primer hijo”, pero en cierto modo, si quieres que sea eso lo que le represente, bien escogido está. Con el mismo significado, hay muchas variantes de sonidos que se pueden combinar, vamos, que es un puzzle de signos, significados y fonemas que hacen del nombramiento de un vástago, todo un arte.

    18 de septiembre de 1976. Cuánto parece haber llovido desde entonces. Nací un mes antes de lo previsto. Pillé a mi madre en el día de su cumpleaños, cual regalo inesperado. La pobre se encontraba comiendo con mi padre en Casa Poli, un restaurante de la calle Infantas, en Madrid, que antes solían frecuentar. Empezó a encontrarse algo indispuesta aunque para nada se imaginaba que yo estaba “llegando”. Aún quedaba un mes para el trance de dar la bienvenida a una niña que venía de nalgas (todo un dilema en aquella época, de hecho, el tocólogo del seguro de la empresa de mi padre ya les advirtió que no se les ocurriera acudir a la clínica el día del parto, sino que directamente pensaran en La Paz). Ay, mi santa madre y las nalgas de su hija. Pero bueno, a lo que íbamos. Mis padres, como buen matrimonio sencillo de la época, volvieron en autobús a casa (nunca tuvieron ni tendrán coche ni carnet…). Al bajar del bus la tripa de mi madre mostró el típico descenso brusco y ahí mi padre dijo…. “uhhhhh, uhhhhh”. En casa, la pobre iba cada vez peor y al final llegaron a la conclusión de que…. estaba de parto. No me quiero imaginar el momento para una pareja sin coche, con bebé que viene de nalgas, mi madre hablando poco español, mi padre con gran tendencia al nerviosismo…. vamos, de película de situación. Ni Paco Martinez Soria podría haber retratado mejor el sinvivir de un matrimonio de la época como mis padres.  Encontraron a duras penas  un taxi y mi padre decidió hacer  lo que todos los padres de esa época hacían desde una ventanilla de coche cuando se llevaba a un enfermo de pasajero: SACAR EL FAMOSO PAÑUELO BLANCO. Y agitándolo como una barita mágica, fue barriendo por su camino a todo aquel osado que entorpeciera mi llegada, como un rotativo de luz celestial que paralizara con su vaivén el ritmo del mundo. Zas, zasss, zas, zasss….el pañuelo fue avisando de mi venida. Qué cosas. Ahora se me ocurre que para entrar en casa, le podría sacar a mi amado un pañuelo blanco desde mi coche para él supiera enseguida que soy yo, no una imitación, sino la auténtica Japochan que llega con el pan….

   Por fín mis padres llegaron al hospital. Me imagino que mi madre tendría los pensamientos revueltos en su idioma (llevaba un año en España) y la mezcla en su mente de las frases de las enfermeras en español y las de su cabecita en japonés debía resultarle trágica. Tuvo que venir a este país para dar a luz un mes antes de lo previsto a una nena que venía de nalgas…. qué vueltas tan curiosas tiene la vida. Ella, con su vida tan montada al otro lado del mundo, acabó en un país de costumbres totalmente distintas al suyo. Ya en la boda, en el 75, con la bandera del aguilucho y la del sol naciente presidiendo la mesa del banquete en armonía, esa mezcla de culturas avisaba de lo que estaba por venir. El aguilucho se marchó y el sol, aquel día, iba a nacer “de culo”.

     Después de horas de espera, a las 22:30h de aquel sábado, sucedió el parto vía vaginal: primero un pié, luego otro. Malabarismos del ginecólogo a la hora de colocarme en podálica para sacar los piececitos por orden. Porque un parto así,  como siga el parto de nalgas y haya una complicación ….. cesárea obligatoria. Pero no, fui buena y saqué los pies del tiesto como una buena chica.  En eso me mantengo: si me dicen que tengo que hacer una cosa siguiendo un protocolo, lo sigo. Faltaría más. Así que al final, vine al mundo precedida por un restaurante ( de ahí mi afición a comer…) pesando  dos kilos ochocientos gramos ( quién lo diría luego con mi cuerpo de pressing catch….) y con una ansiedad que me hizo adelantarme un mes. Eso, con ganas de ver mundo ya porque en la tripa se estaba bien pero todo era igual cada día. Y eso, a partir del séptimo mes… ya no mola tanto.

     Después de todo el proceso, de los nervios y demás complicaciones, mi madre estaba exhausta. Así que cuando tocó acercarse a la ventanilla de registro de nacidos del hospital… (sí, sí, existía en esos años esa ventanilla….), mi padre fué el encargado de acudir para reafirmar, bajo el amparo de la legalidad, que yo era yo, que existía, que estaba viva y me iba a llamar como mi abuela japonesa. Así mi sangre nipona iba a mostrar un bonito nombre por tierras castellanas y al pasar lista en mis futuras clases del cole, la gente lo iba a flipar con mi nombre japo. Pero no. Tenía que dar mi padre con un tío casposo  y rancio, pro-franquista y pro-españolista, que defendiera la norma antigua de ponerlo todo en “español”, no en castellano, sino en español como se decía antes. Y empezó con el sermón que se solía soltar en la época de Paquito: que no se podían poner nombres que no fueran españoles, que había muchos apelativos nacionales y que para nada iba a permitir una palabra extranjera, que se fuera olvidando mi padre de poner algo así…. Y claro. Ahí estaba mi padre, una persona nada dada a los cambios de planes, que todo lo quiere según lo esperado y que cualquier contratiempo le parece un mundo y le supone iniciar un cuadro de nervios que le paralizan la mente. Él, a día de hoy, me dice que insistió en su lucha por ponerme el nombre acordado. Pero claro, entre su excelente educación y su poco afán de discusión…. puff. Y encima sin estar mi madre allí para pelear ( porque ella será educada y callada como toda japonesa, pero cuando tiene que soltar un “hasta aquí”, lo suelta y uno se queda literalmente helado porque no se espera tanta dureza en alguien tan pequeño y delicado). Así que ahí estaba mi padre, sólo ante el peligro de un pasado nacional que aún acechaba en esos pequeños detalles. Y claro, había que ponerme un nombre y según él, ya se formaba una cola considerable tras él por tanta discusión…. y cuando la gente te mira con la “acidez” de la espera en una ventanilla….. la mente comienza a vomitar un magma espeso de nebulosas, ideas inconexas, palabras balbuceantes… y a mi padre sólo le vino a la mente el único nombre que tenía más a mano: EL SUYO. Así es como la estirpe de los “Luis” prosiguió una tercera generación. Y menos mal que no me llamó igual que mi abuelo, sino sería  “Dominga Luisa”  y eso…. es para digerir a parte.

     Mi madre, convaleciente, poco pudo hacer o decir. Y con su marido y su “Luisa”, regresó a casa. Ese capítulo de gestante finalizó y después vino otro, más amargo. Pero lo dejo para otra ocasión porque es algo tan complicado que merece un episodio propio.

     Pasaron los años y mi nombre ha sido aceptado con agrado por mi familia y amigos. Siempre me han dicho que suena agradable y que “me pega”. Y gracias a mi padre, no llevo el “María” delante, tan católico y tan común en todas las “Marisas” de España. Aunque siempre me toca explicar que no soy ni “María Luisa” ni “Marisa” ni cosas por el estilo, simplemente, “Luisa” a secas. Y punto. Agradezco a mi padre mucho, muchísimo, el no ponerme ese precedente tan religioso. Entre que él no era muy apostólico (aunque sí cree en un Dios superior, según dice él) y mi madre no es cristiana ni es nada en realidad (ella es práctica y ve las religiones japonesas como costumbres y filosofía de vida y no como dogma), pues no tenía mucho sentido el “María”. Y supongo que yo, siendo lo que soy en pensamiento, he tenido suerte de no llevar ese escudo tradicional.

    Así que aquí estoy, con este nombre tan castizo, tan de zarzuela, que poco pega con mi forma de vestir tan moderna ni con mi cara de mezcla racial. Pero bueno, es lo que hay. La pena es que el apellido japonés se perderá en la siguiente generación que nazca en España, si tengo hijos, y por parte de mis primas japonesas ya no se heredará, puesto que se casaron y lo perdieron como es costumbre en ese país. Así que lo único ( a parte de mi sangre) que hubiera perpetuado la estirpe japonesa hubiera sido mi nombre. Ahora soy “diosa de la guerra”, muy germánico y muy digno, evidentemente. Pero siempre, para los más íntimos amigos, he sido y seré HARUMI, al igual que la mujer a la que siempre admiré por su lucha en una época muy difícil de la historia de Japón: sobrevivió como mujer trabajadora durante la guerra, dió a luz como comadrona a cientos de niños, aguantó el machismo en casa y en la sociedad, cuidó de unos suegros durante toda su vida y sacó adelante a dos hijos aportando unos valores y un espíritu de curiosidad y fuerza que aún hoy, creo que perpetuo. Cuando pienso en ella, en su carita llena de arrugas comiendo arroz o mirando los pájaros del jardín, se me aparece el significado de su nombre y una calidez invade mi espíritu. Ella ERA SU NOMBRE, una auténtica “primavera hermosa“. Y así me siento cuando un viejo amigo pronuncia esa palabra. En los días en que la nostalgia cubre mi corazón y pienso en mi otro país, miro por la ventana y me imagino la primavera llena de cerezos en flor, la suave brisa meciendo las flores y ese olor a verde e incienso que todo lo impregna. Y con esa primavera hermosa mi alma suspira tranquila y sé que mi abuela, donde quiera que esté, cerrará sus ojos sintiendo los rayos de sol en cada arruga y descansará, junto a mi abuelo,  en esa estación eterna.

Por la memoria de ambos, cuelgo en mi blog una foto de nuestro pueblo.

SUEÑO – VELA EN UN TREN

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SUEÑO – VELA EN UN TREN.

Este enlace pertenece al interesantísimo blog de mi pareja, NACHO: http://losmomentosdenachete.wordpress.com/

En él se expone un poema escrito por mi padre en memoria de las vícitmas del atentado del 11 de marzo de 2004, una pequeña y tierna reflexión. Por ser de quién es y por el tema del que trata, quiero lanzarlo al mundo para que quien quiera pueda meditar unos minutos sobre el tema. Para el que lo lea, muchísimas gracias.

De lo que soñábamos a lo que alcanzamos.

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Cuando uno es pequeño observa lo que le rodea: unos padres, una casa, probablemente un coche, un colegio y unos compañeros. Todas las personas que alcanzas a ver conforman tu núcleo social y comienzas a aprender en él los distintos tipos de relaciones interpersonales que pueden existir: no es lo mismo el compi de clase al que le pides un sacapuntas que al que le pides cambiar cromos, no es lo mismo el compañero de grupo de juegos de recreo que aquél que te acompaña en las aventuras de por la tarde en tu barrio. No a cualquiera le das un trozo de bollo o le invitas a tomar el cola-cao en casa (ay, recuerdo las palmeras de chocolate que servía mi madre a todo niño invitado a casa, qué tiempos, hoy lo rememoro con añoranza por una época donde todo era sencillo y nada te hacía sufrir). Siempre agradeceré lo atentos que fueron mis padres con todos mis amigos, se interesaron por ellos de forma sincera y eso es algo que nunca podré agradecerles lo suficiente. Me inculcaron unos valores que ya quisieran otros, de verdad, gracias.

También aprendías sobre gerarquías: tus padres mandaban en casa, tus profes en el cole y los jefes de tu padre estaban por encima de él (cosa que entendías pero te costaba asimilar… “¡un jefe por encima de mi jefe¡”). Y así crecías recibiendo datos, valores, experiencias, sensaciones… todo iba pegándose en el álbum que formaba tu vida como pegatinas de un bollo exquisito que era el día a día. Todos las mañanas te sorprendía un sabor nuevo, algunos días digerías mejor que otros, pero te ibas a la cama cansado de tanto jugar, estudiar y ver.

Las amistades, con los años, iban distanciándose o en el mejor de los años, reforzándose. Muy difícil es conservar los amigos del cole pero sí es frecuente mantener los del instituto, donde ya eres mucho más adulto y sabes mejor lo que buscas en una persona y lo que no, lo que te hace feliz en la compañía y lo que te disgusta o aburre. Yo tengo la inmensa suerte de tener aún hoy, a algunas personas de esa época en la que viví con intensidad. Crecimos y maduramos juntos y eso nos unió al igual que la multitud de experiencias que compartimos en otra época que suele distanciar: la universidad. Allí conoces personas con las que compartes tantas horas del día (ay, dichosa sala de estudios, eso parecía un experimento del gobierno sobre cómo conviven varias personas 14 horas al día). Es difícil mantener las amistades o novios del instituto y yo tuve la suerte de mantenerlas y de hacer otras nuevas. En cada etapa eres algo distinto y te unes a personas también variadas. Luego es bonito celebrar un cumpleaños en la treintena y juntar a las personas de todas las etapas de tu vida y ver que congenian. Igual siempre buscas un rasgo común en todas ellas.

Y la vida avanza, avanza, y ves que poco a poco te acercas a la etapa en la que estaban tus padres cuando tú los analizabas desde tu pequeña estatura, teniendo que ir al trabajo, limpiar la casa, pagar facturas, ser responsables… De pequeño los problemas son que alguien no te hable en el recreo o que te pongas nervioso el día de antes de un exámen de sociales. Pero de adulto, el que no te habla puede ser un compañero de trabajo o un marido, y te pones nervioso cuando te hablan de un ERE o tienes que mirar la cuenta bancaria para comprobar que está más vacía de lo que tú querías imaginar. La vida cambia y con ella, la proporción de las cosas. Y tú también cambias y te haces duro, lo que antes no podías vencer ahora es pan comido pero tal vez, lo que antes no te agotaba, ahora te tiene ya desbordado. Y claro, pasan las décadas y en cada una de ellas, haces balance.

De los 0 a los 10 años:

Es una etapa que pasa con una lentitud tremenda para ti (no para tus padres, que observan aterrados cómo van perdiendo a su pequeñín y tienen en casa a un ser casi desconocido). Cada curso escolar duraba una barbaridad, tus amigos eran los compañeros de una vida eterna, siempre los mismos apellidos, sólo perdías a alguno que repetía, pero por lo general, los conocías mejor que a tus padres: sus gustos, sus berrinches, las veces que les había regañado el profe, cómo era su carpeta o su mochila, los salones de su casa donde celebraban los cumples, sus hermanos mayores (esos que nos parecían tan inacanzables). Es una época tierna donde es conveniente que todo vaya bien y con calma. Tus padres te dan de comer, te visten, te dan mercromina en los rasguños… todo es así, sencillo, la responsabilidad recae en otro. Y la fidelidad de las personas no es algo efímero. Es muy fácil levantarse para obedecer, todo lo tienes escrito.

 

De los 10 a los 20 años:

Esta etapa es muchísimo más interesante y ya pasa con más velocidad. Eres el malote de los últimos cursos del cole, tienes que estudiar un poco más “de verdad” (luego ves que las mates de octavo de EGB no son NADA en comparación con las matrices del instituto y por supuesto, con la estadística de la carrera….), empiezas a ver a las personas de sexo contrario como lo que son, seres interesantes y mucho más desconocidos de lo que parecía. Comprendes que los juegos ya no significan lo mismo, todo tiene dobles sentidos. Sales en pandilla al cine del barrio, ya no basta con correr por los portales jugando al escondite. Gastas tus primeros dineritos en chuches o meriendas (recuerdo las tardes de cine con kikos y Lollipops, ay, qué barato era y qué rico sabía en esas sesiones dobles con peli barata primero y peli buena después; el cine a los 13 años tiene una magia irrecuperable). Las primeras veces que te piden salir, los primeros “no”, los primeros “sí”, esa sensación de que eres alguien muy especial para alguien ( cómo envidio a las parejas adolescentes de los parques, veo esas miradas llenas de atención y de curiosidad por el otro, ese afán por escuchar lo que sea que tenga que decir tu pareja y por responder con todas las ganas del mundo a una pregunta simple). La ilusión que sientes durante esa fase, donde todo es emocionante e intenso, no se vuelve a sentir nunca más, no de esa manera llena de inocencia.

Recuerdo cuando hice por primera vez Scones ingleses en casa (vale, suena snob, pero era un reto y me quedaron riquísimos). Tenía quince años. El novio que tenía en aquella época vivía en Madrid y tenía que coger un autobús para volver todos los días. Siempre tendré grabado en mi memoria el momento en que preparé en un pañuelo varios de esos bollos y salí corriendo por las calles de mi barrio, con el estómago en la garganta por la maratón, hasta alcanzar la parada. Sólo quería que no se quedara sin merienda y la ilusión que me hacía que tuviera los Scones y la que yo vi en sus ojos al recibirlos, no tenían precio. Eso era inocencia pura y dura, sin artificios, sin resentimientos, sin las cicatrices por vivencias pasadas que malogran lo presente, sin las sombras de la sospecha que siempre percibimos los adultos cuando algo es demasiado bueno. No. En esas edades, lo que parece bueno lo es, y ya está. Y así debería ser siempre, pero es muy difícil. El ser humano tiene una gran losa que es la memoria sentimental, y esa no se puede borrar salvo ictus isquémico. Cuando veo a alguien adulto, de mi edad, siendo inocente, le envidio, envidio su capacidad para creer y para ilusionarse y me pregunto por qué no solemos poder. En la vida adulta ya no hay esfuerzo sin sacrificio, premio sin dolor, dinero sin suciedad, amor sin soledad. Todo es una moneda de doble cara y una de ellas nunca gusta.

Es cierto que en esa franja de edad sufres cambios y dudas y depende de tu buena base y entorno para pasar el trago de una forma sensata: te tienes que empezar a depilar porque si no, los chicos de tu clase te ponen a parir, das la bienvenida a la dichosa menstruación (que si me llaman para ir a la piscina y no puedo llevar compresa, que si me va a notar que la llevo atrás en los pantalones, que si me duele el abdomen, que si…..), empezar con las compresas de noche y asimilar su tamaño gigantesco y con los famosos Tampax, que si tienes acné, que si los chicos tienen dolores de cabeza en clase (algo frecuentísimo, yo siempre lo entendí como la “regla de los chicos” pero ahora, con mi profesión, veo que no tiene base científica…). Que si me gusta alguien que no sabe que existo, que si me regañan los profesores por algo que hace otro y no me cree, que si discuto con mis padres por la hora de volver a casa, que si los demás pueden volver de madrugada y yo no, siendo responsable y lista y no habiendo dado problemas nunca (cosa que me parecía injusta: siempre creí que con mis notas tenía todo ganado por mérito propio). Y lo más frecuente: que si estoy gorda, que si la ropa me queda fatal y no puedo salir así de casa (cuántas veces me quedé sin ir a la piscina porque tenía la idea metida en la cabeza, qué veranos y qué berrinches con mis padres, ahora lo pienso y me arrepiendo de las oportunidades de salir perdidas). Qué paciencia tienen los progenitores en esa época, de verdad, yo no podría haberme aguantado y eso que no fui de las más malas, fui normal pero con carácter, eso sí, yo fui adulta casi desde la década anteriormente comentada y claro, me crispaba ser menor de edad. Luego los padres también tienen que pasar el chaparrón de la famosa “selectividad”, periodo en el que el niño estuuuuuudia y se criiiiispa y es capaz de hartarse y salir por la tangente en cualquier momento. Es la primera gran prueba vital que tiene que superar y que avisa sobre estudios futuros y tensiones laborales que uno vislumbra en el horizonte. No es parecido, pero algo suena de lejos.

Así que bueno, se pasó la “edad del pavo” bien, con diversión y calma y ahora estoy orgullosa de haber sido de las últimas generaciones que fue sana y disciplinada. Todo lo que vino después…. dio y da miedo.

 

De los 20 a los 30 años:

Oh, qué época tan extraña. Tanto para el que trabaja como para el que estudia en la universidad, inicia un periodo en el que te das cuenta de que ya no eres un niño pero aún no te dejan ser independiente del todo. Para el universitario, sigues sin sueldo, sin casa propia, teniendo que acatar lo que dicen tus padres pero con una edad como para votar, delinquir y pagarlo con prisión, sufrir embarazos no deseados, vislumbrar futuros inciertos, luchar en el mundo de la competencia con otras hienas…. La mezcla es muy extraña. La presión en la universidad puede ser brutal (la mía era de las de aprobar con un 7 como mínimo y con asignaturas llave, luchas encarnizadas entre alumnos por conseguir libros de la biblio en el préstamo de Navidad y menosprecio por parte del profesorado si no eras de la élite de sobresalientes.., pero también hay otra universidad, la de los “petas” y las charlas en el cesped, allí sí que lo pasaban bien…).

Eso sí, ya tienes una edad como para salir hasta tardísimo, pasar la noche fuera, hacer cenas en casas, fiestas, callejear por los barrios más interesantes de las noches de Madrid, conocer restaurantes originales y pubs con historia…. Un mundo nuevo se abre ante tus ojos, viajas con amigos a sitios cada vez más lejanos, muchos ya tienen carnet y coche, vas a la playa con gente que no son tus padres y tienes tu propio horario, tu propio camino. La vida amorosa ya tiene varios volúmenes, tienes experiencias que te sirven para no tropezar en las siguientes relaciones, comparas, vives en definitiva, y eso te forma sin saberlo para lo que todo el mundo llama ” la relación definitiva”, que nunca sabes cuál es hasta que la ves. Eres dueño de tu tiempo salvo por los estudios (que te anclan un tanto a la vida adolescente y te retrasa la autogestión económica), eres dueño de las calles que pisas como si cada día de tu vida fuera propio de una “movida madrileña”, conoces grupos musicales impresionantes, vas a conciertos, vistes auténticamente como quisiste, mejoras y pules gustos, te refinas, lees mucho más y con más amplitud de miras…. eres….. un adulto. Y ahí vives los primeros problemas más serios: ya tienes motivos que te puedan provocar auténtica ansiedad o depresión, ya tienes algún amigo muerto en algún accidente de tráfico, los abuelos de alguna de tus dos familias empiezan a fallecer, incluso algún progenitor (porque ya toca, cuando tienes veintitantos, tus padres tienen cincuenta y….), tienes ya alguna relación amorosa más seria y el batacazo al finalizarla es aún más duro. Ya no se trata de amor inocente, es algo mucho más consciente y elegido y por tanto, mucho más doloroso de perder porque sabes qué pierdes. En la década anterior llorabas desconsoladamente en tu cuarto cuando dejabas a alguien o te dejaban pero el tiempo curaba mucho antes y con menos cicatriz. Ahora no, ahora todo deja huella profunda y públicamente más visible. Todo está más pensado y eso es bueno y malo a un tiempo.

Ésta es una década que para algunos pasa a una velocidad supersónica. Hace poco celebrabas tu mayoría de edad y ya estás temiendo los famosos “treinta”, puff, ver que a mitad de década ya no puedes disfrutar del Interrail (yo me perdí la oportunidad y aún lo lamento, dios, qué tonta fui). Muchas de las cosas para jóvenes son para menores de 25 años. Madre mía, con 26 eres viejo. A veces, la vida te obliga a vivir muy deprisa y no te da tiempo a abarcar, no puedes, es que no es posible hacerlo y vivirlo todo y si no lo haces, luego te pones a hacer cosas de mucho más mayor cuando ya no toca y no procede. Ojo a los que hacen botellón con cuarenta.

De los 30 a los 40 años:

Aquí la variedad de vivencias es tremenda. Para los que no hicieron estudios universitarios, esta década se adelante como 8 años. Muchos ya tienen marido e hijos desde la década anterior y sus “treinta” suenan a los “cuarenta” que me suenan a mi, que aún no soy madre y me puedo permitir vivir como una persona más libre. Ya tienen desde los veintitantos una buena hipoteca y llevan más años amortizándola. Van ya por su segundo o incluso tercer vehículo y han cambiado varias veces de empresa. A veces me sorprendo al ver a algún antiguo compañero de colegio en esta situación. Siempre pienso en ese momento “¿aparentaré la misma edad yo?”. Porque claro, me veo todos los días, no puedo sorprenderme de mi misma. Y mis amigos tienen siempre el mismo aspecto. Pero claro, de mis amistades de instituto ninguno ha cruzado la línea de la paternidad y los que lo han hecho, son tan modernos que no dan la impresión que daban nuestros padres en su situación. Así que cuando vuelvo a casa, después del encuentro con esos viejos compañeros, me miro al espejo y respiro aliviada. Pero al mismo tiempo me surge una duda: el estar, a lo mejor, retrasando algo inevitable. No tengo “síndrome de Peter Pan”, eso no es sano, pero siempre vivo como si mi cuerpo no tuviera treinta y tantos, trasnocho como hace una década y a todo plan digo que sí. Claro, puedo hacerlo, tengo ese tiempo libre.

Para los que estudiaron una carrera técnica, esta década se adelante unos tres o cuatro años, no más, pero sí es cierto que empiezan a tener una solvencia económica mucho antes que los “pringaos” que estudiamos carreras de seis años, con estudios de postgrado, oposiciones y periodos formativos obligatorios. A mi siempre me ha parecido antinatural vivir con los padres con más de 25 años. No es normal, uno necesita intimidad, ya no puedes seguir con unas normas que no son las tuyas, y te sientes un poco parásito, te pagan todo, te lavan la ropa… pero si tienes algo de conciencia y amor propio, en el fondo, te gustaría tener tu propio territorio aunque suponga tener que hacertelo todo tú.

Así que bueno, ésta es la etapa más difícil: sueles tener tu “pareja definitiva”, o eso quieres creer y luchas en esta década por mantenerla, te llevas tus primeros divorcios, tus primeros quebraderos de cabeza con los repartos de las posesiones, tienes tus primeros hijos (ya es lo normal que las mujeres tengamos el primero con treinta y …..), sufres de lleno las subidas de tu hipoteca, las bajadas de sueldo, las subidas de los precios, los despidos más graves, porque ya no eres joven, te adelantan otros, pero tampoco eres tan mayor como para tener las cosas pagadas, tienes personas a tu cargo y el peso de la responsabilidad recae sobre tí, no sólo las repercusiones de tu vida, sino la de tu pareja, hijos, padres mayores…

Ah, éste último punto. Tus progenitores, cuando tienes treinta y tantos, ya tienen sesenta y… o setenta y… Y claro, quieren aún vivir los tiempos y te preguntan constantemente dudas de informática de lo más inverosímiles, tienen sus primeros grandes achaques físicos, comienzan a no tener la memoria que tenían y a perder mucho más la paciencia y que la pierdas tú con ellos…. La relación con ellos se vuelve hostil, como en la adolescencia pero esta vez “los jovencitos” son ellos. Y tú te preguntas “¿será esto una venganza del destino?”. “¿Me mereceré yo que me ataquen desde arriba los padres, desde abajo los hijos, desde un lado tu pareja, desde el otro los problemas laborales, desde más lejos la familia política, desde dentro mis primeros achaques….?”. Y claro, explotas. Porque no puedes con tantos frentes, y no los puedes separar porque te acechan a la vez, diariamente, como si fueras tú la que lleva el timón de un trasatlántico. Y no tienes por qué llevar ese timón, es una responsabilidad tremenda. Puedes llevar el de una casa, pero no el de cinco o seis sitios a la vez. No hay superheroína que pueda y quiera asumir eso. Y comienzas con una presión torácica extraña y diaria. Puff, será un tirón muscular, una mala postura, alergia al polen, un infarto….. No. No. Es ansiedad. Y cuando nunca, nunca habías sido protagonista de una crisis de ansiedad y te creías que era cosa de otra gente de “otra madera”, compruebas que tú también eres candidata a esa lotería. Y es desagradable vivir con esa losa en el pecho. Cuesta respirar y no te concentras bien en nada, ni en la cuenta del super. Y la cuesta arriba se hace muy empinada. Te sientes así:

Esta década tiene cosas buenas, evidentemente. Recoges elementos que has sembrado en las décadas pasadas y compruebas cómo tu esfuerzo durante los primeros 30 años no ha sido inútil. Tanto estudiar, tanto perderte cosas, tanto aprender y sufrir… te llevan a ser quien eres, con tus cualidades y tus defectos, pero te han formado como una persona completa dispuesta a luchar. Y te sientes adulta y sabia sin ser vieja y ese punto es muy bueno. Ves todo con una perspectiva interesante. Hablas con tus amigos de la misma quinta y compruebas, respirando tranquila, que todos están bien, que todos han superado las mismas pruebas y han llegado vivos y sabios hasta aquí. Y en ese punto les recuerdas, cuando eran jóvenes y frágiles, y te sientes orgullosa de que se hayan convertido en grandes personas con sus vidas, sus trabajos y sus parejas. Has vivido con ellos lo bueno y las penalidades y viéndoles a ellos, te ves a ti mismo y te das cuenta de que durante todos estos años, no lo has hecho tan mal. Eres lo que eres y están en el punto en el que estás, más o menos bueno o malo, pero tienes recursos en tu interior porque los has ido guardando como las armas que ganas en las distintas etapas de un videojuego.

Y con todo eso haces balance en los días melancólicos como hoy, repasas tu vida y tu persona y te dices “el día está gris pero no negro, habrá soluciones o que venga lo que Dios quiera”. Y por lo menos, sabes que los pasos que has dado hasta ahora están bien, con sus errores, pero en el buen camino. Y relativizas sobre todo lo que te pasa en el presente. Cuando crees que todo es terrible y que nada puede ir peor, rememoras tu biografía, que ya es muy amplia, y te das cuenta de lo mucho que has vivido. Eso no te lo quita nadie, ya lo tienes en el album, todos los cromos valen. Y todos tienen un gran valor.

Con algunos lloraste, con otros fuiste feliz, pero te hacen ser quien eres y eso es bueno. Y esa es la pregunta clave: ¿soy quien quería ser?. ¿Llegué a dónde soñé llegar?. En días como hoy, con esas preguntas tan extrañas en la cabeza y con las respuestas tan borrosas, como en unos apuntes cuya tinta pasó por un chaparrón, recupero mi album. Es lo que le queda a todo ser humano. Sus cromos. Gusta ver a alguien de tu quinta con los mismos que tú en la colección. Y con ese tesoro cierro el repaso y me quedo más tranquila. Recomiendo a todo el mundo, en los días tristes, que utilice esa posesión de la memoria. Eso nadie te lo puede quitar, ni pasando por Guantánamo te pueden arrebatar tu memoria emocional. Y con ella la ansiedad se hace más leve y la losa ya es sólo una liviana hoja de papel.